Domingo Villar, novela negra por sedimentación y de mirada humanista

El escritor gallego presenta esta tarde en Vigo «El último barco», la tercera entrega de su inspector Leo Caldas

El escritor Domingo Villar, en el taller de ceramistas de la viguesa Escola de Artes e Oficios, clave en su nueva novela, «El último barco»
El escritor Domingo Villar, en el taller de ceramistas de la viguesa Escola de Artes e Oficios, clave en su nueva novela, «El último barco»

Redacción / La Voz

¿Quién dice que se necesita al menos un charco de sangre para construir una buena novela negra? ¿O es un ruidoso tiroteo lo que ha de mejorarla? ¿Hace falta sembrar las páginas de cadáveres para rendir tributo al gran Raymond Chandler y obedecer los cánones del género policial? No, ni siquiera se precisa un detective con una pétrea mandíbula expuesta como reluciente porcelana al primero que lance un uppercut. Incluso sin las nieblas de la ingesta de un whisky barato el investigador puede avanzar en su pesquisa. Sí, dejen en paz a Philip Marlowe, Lew Archer y compañía. La fidelidad de Domingo Villar (Vigo, 1971) no es para con los principios del género sino para consigo mismo. Y le funciona muy bien, aunque siempre habrá quien oponga que lo que hace no es novela negra -como si esta fuese una finca que se acota con una vulgar alambrada de espino.

Han transcurrido diez años desde que publicó La playa de los ahogados, y al fin está lista la tercera entrega de las andanzas del inspector Leo Caldas, El último barco. Asegura Villar que se vio obligado a tirar cientos de páginas a la papelera, porque cuando las revisó no halló en ellas la emoción que él exige. Y no es este asunto baladí en su literatura, que está moldeada sobre un territorio cálido, en lo paisajístico y en lo humano. Sí, claro, emocional. En ese hábitat el lector se mueve como en un escenario familiar, confiado, porque todo es reconocible, acogedor, incluso en situaciones difíciles, hasta cuando la esperanza flaquea. Ah, la violencia mayor despunta quizá en el carácter del hosco ayudante del inspector, Rafael Estévez, incapaz de comprender y abrazar la idiosincrasia galaica.

Ni balaceras ni efectismos

Los fundamentos de la escritura de Villar llegan por sedimentación, lentamente; aquí no valen giros bruscos ni balaceras ni efectismos. Todo entra por la vía del paseo, la reflexión, la conversación sosegada, la observación... Pero ¿qué clase de investigador es ese?, ¿es posible un funcionario policial más tranquilo incluso que Jules Maigret? Ante Leo Caldas, la tozuda criatura de Georges Simenon parece el colmo de la actividad y la audacia.

El lector alcanza las doscientas páginas y se da cuenta de que no sabe siquiera si hay caso. Pero ha arribado al lugar cómodamente, sabia y cabalmente intrigado, con ganas de conocer más a esos personajes (más o menos testigos) que salen al encuentro del inspector y que perfilarán el retrato de esa mujer que es la protagonista del libro, Mónica Andrade, supuestamente desaparecida.

Poco a poco, cae como un velo la desconfianza que de inicio suscitaba el salto cuantitativo dado por Villar. ¿Quién le manda sumarse a esa dudosa moda que son las novelas negras de 700 páginas? Ha de decirse, lo ha hecho de modo natural, desde las doscientas de Ojos de agua (2006) a las quinientas de La playa de los ahogados (2009). Sobre todo, porque los acontecimientos, el desarrollo de la trama, también de los personajes, requieren su tiempo.

Lo que resulta ya indiscutible es que Domingo Villar no solo ha ido afianzando su cáñamo, su estilo -de tempo lento y lenguaje sencillo pero muy cuidado-, sino que tiene un universo propio. La humanidad de su enfoque empapa el relato, la credibilidad lo desborda, la cercanía lo envuelve. ¿De dónde emerge esa verdad tan reveladora?

Aquí no hay montaje cinematográfico ni acción trepidante. Sin eslóganes. El brillo de la obra es fruto de la hondura de la mirada del narrador, rebosante de empatía y conocimiento de la condición humana. Queda demostrado también en unos cuantos diálogos impagables, como algunos de los que el comisario mantiene con los vecinos, el inglés, el vagabundo Napoleón, los artesanos o su padre -en los que late un hermoso homenaje al padre del propio escritor, fallecido en el 2013-. Podría decirse que, de algún modo, el condimento autobiográfico salpimenta (enriquecedoramente) la escritura de El último barco. Y, cómo no, que esa mirada única de Villar no tendría una pátina tan desarmadora sin la nostalgia que ha de empañar la lente de un gallego de litoral que reside en Madrid y coloca el mar y la ría de Vigo en el centro (y de fondo, no solo en las portadas de sus tres novelas) de su universo literario.

Precisamente en Vigo, Domingo Villar presenta hoy su nueva novela, en sus ediciones castellana (Siruela) y gallega (Galaxia). Será esta tarde, a las 19.30 horas, en la Escola de Artes e Oficios, un escenario de gran relevancia para la trama de El último barco.

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