¿Cuál es nuestra huella ecológica y cómo la reducimos?

Ambas cosas se pueden saber y hacer. Por ejemplo, empezando por la escuela


amigos da terra vigo@tierra.org

Algunas preguntas tienen una respuesta sencilla. Por ejemplo, ¿cuál es la superficie de Vigo? Aunque hay movimiento de marcos por la parte de Mos, podemos decir que vienen siendo 10.906 hectáreas. Hoy vamos a complicar esta pregunta. ¿Qué tamaño tendría Vigo si en su término municipal se generase su propia energía, se cultivasen sus alimentos (añadan ganadería y pesca) y se procesaran sus residuos? ¿Cuánto espacio necesitaríamos?

Si Vigo tuviera que ser autosuficiente ocuparía 66.000 hectáreas, o lo que es lo mismo, superaríamos el tamaño de toda la provincia de Pontevedra y anexionaríamos un buen trozo de las limítrofes. Este cálculo se aplica para determinar la huella ecológica que produce una persona, familia, ciudad, país o el conjunto de nuestro planeta. Esto significa que, a ojo, cada vigués y viguesa necesitaríamos por cabeza

2.229 metros cuadrados de terrenito para satisfacer nuestras necesidades básicas. Evidentemente, en este cálculo hay algo que no funciona si lo aplicamos directamente, porque si lo llevamos a escala global nos indica que ya superamos en terreno necesario un planeta y medio, y en apenas 30 años nuestra huella ecológica global superará los dos planetas y medio.

En estos casos hay que añadir un factor de corrección para que nos salgan las cuentas. Ese factor tiene que ver con lo que son actualmente lo que consideramos nuestras necesidades básicas. Ustedes y yo, en Vigo, no consumimos ni demandamos la misma cantidad de energía, alimentos, recursos naturales ni generamos los mismos residuos que la mayoría de nuestros hermanos y hermanas de África, Asia o América Latina. Así se explica que nuestro ecosistema global no llegue todavía al colapso por sobrepasar sus límites biofísicos, porque una parte de la población tiene (tenemos) sus necesidades sobrecubiertas a costa de que otra parte no llega a cubrir sus necesidades esenciales, pero todos los indicadores nos advierten que nos falta poco para

llegar a ese colapso.

Evaluar nuestra huella ecológica es un ejercicio muy saludable para tomar conciencia y consciencia de la falacia que supone plantear la posibilidad de un desarrollo sostenible en un planeta limitado. Es un oxímoron. O es desarrollo o es sustentable, las dos cosas a la vez, sencillamente, son imposibles.

Estos días, las amigas y amigos da Terra estamos empezando una campaña para implementar ecoauditorías escolares en los centros educativos de Vigo y alrededores. Se trata de un proyecto de investigación y acción que tiene como objetivo hacer un diagnóstico del impacto ambiental, la huella ecológica, de un colegio o instituto y, a partir de ese diagnóstico, establecer una estrategia para minimizar dicha huella. Hacer educación ambiental, en resumen.

Varios centros están empezando este proceso participativo y horizontal que implica a toda la comunidad educativa y, como mínimo, un par de cursos por delante. Estamos ahora haciendo el diagnóstico en grandes indicadores: consumo de energía, de recursos, transporte, generación de residuos, contaminación acústica y lumínica, huella de carbono, impacto climático, alimentos kilométricos, y un largo etc. De este diagnóstico se afinarán los indicadores. Por poner un ejemplo, la energía. No se queda solamente en conocer cuánta energía consume el centro y lo que cuesta (eso es muy sencillo, solo se necesita ver la factura) sino identificar de dónde viene, de qué fuentes procede, cuál es el impacto de dichas fuentes y optar por comercializadoras de energía que solamente distribuyan la que se genera por fuentes renovables. A partir de ahí llegan las propuestas de minimizar el impacto. No solo la eficiencia, sino el ahorro de consumo, incluso con sistemas más eficientes. Reducir la generación de residuos como prioridad y compostar en los propios centros la fracción orgánica, reducir la huella de carbono en el transporte, conocer los kilómetros que recorren los alimentos y buscar alternativas locales y de temporada, ahorro y eficiencia en el consumo del agua, mobiliario escolar sostenible y certificado, compra pública de comercio justo y ecológica.

Apenas estamos empezando a cubrir las fichas de tomas de datos de la primera fase. Por supuesto esta es una invitación a todos los centros que quieran sumarse. El objetivo final es la gran pregunta: Si un centro escolar, de forma participativa, puede reducir significativamente su huella ecológica, ¿cómo es posible que un municipio, una comunidad autónoma o un país no pueda hacerlo? ¿No saben cómo? Pues vuelvan a la escuela, y aprendan de la ecoauditoría escolar.

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