Adiós al proyecto de recuperación ecológica de Samil

Fracasa la idea de retirar todas las infraestructuras del espacio dunar


No todo es lo que parece y, a veces, como en El Gatopardo, es necesario que todo cambie para que todo siga igual. El anuncio de competencias y terrenos que Costas cede al Concello de Vigo y que en su día se celebró como «una de las grandes recuperaciones de la ciudad, la de su borde litoral», es un simple cambio de titularidad para seguir haciendo lo mismo, que es exactamente todo lo contrario, ecológicamente hablando, a recuperar el litoral. Ante todo, una despedida. Podemos decir adiós a la recuperación de Samil.

El proyecto de hace una década, avalado científicamente, partía de una condición imprescindible, retirar todas, sin excepción, las infraestructuras que habían ocupado el espacio dunar, empezando por el paseo y siguiendo por todo lo demás, que incluía el polideportivo municipal. Cuando se anuncia que no solamente desaparece de la agenda retirar esa infraestructura, sino que se añade a la misma cubiertas para las pistas de tenis, a lo que se suma la prórroga de concesiones hosteleras sobre las dunas, es tanto como decir que podemos dar por oficialmente por olvidado el proyecto de regeneración ecológica de Samil.

La idea de aprovechar el fin de la concesión del hotel Samil como una excelente oportunidad para recuperar una zona verde en el área de influencia dunar o, como mal menor, trasladar el polideportivo, se descartó.

Continuando el litoral lo mismo podríamos decir del paseo de madera en Bouzas, que va a ser reparado, pero en ningún momento se plantea la posibilidad de eliminarlo y de intentar reconquistar el perfil natural de lo poco que quedaba de esa playa, herida de muerte por el relleno, y que las especies extintas de flora y fauna pudieran regresar.

Y así llegamos al otro extremo, a la playa de A Punta, en Teis, sin olvidar que por medio tenemos el anuncio recurrente de posibles nuevos rellenos en el puerto.

En su día dijimos que retirar aquel espigón de la ETEA significaría la desaparición de la playa en seis meses, lo cual ecológicamente no era ningún drama, pues dicha playa, como la conocimos, nació de forma artificial precisamente por las barreras que cortaron la dinámica litoral y alteraron la sedimentación de arena.

Nos equivocamos y reconocimos nuestro error: la playa no desapareció en seis meses, sino en tres.

A lo anterior añadíamos la paradoja de que los mismos vecinos, que legítimamente y con toda la razón celebraron la retirada de muros y barreras, no tardarían en pedir que se construyeran nuevos muros y barreras, porque se quedaban sin playa.

En eso no nos equivocamos y ya está proyectado. Por medio, no podemos olvidar el fiasco de las toneladas de arena vertidas en el año 2010.

Decía esta semana el alcalde que aquello «no era la solución». El mismo Concello que aplaudía aquella solución cuando, junto a la entonces ministra de medio ambiente Elena Espinosa, se convocaba a la prensa in situ para inmortalizar la actuación al mismo tiempo que reconocían su inutilidad.

El problema es más serio que la crónica de una chapuza muy cara, además de anunciada. Y es que aquel aporte de arena precisaba un estudio de impacto ambiental de la dirección de Costas. De no existir la actuación sería ilegal. ¿Dónde está ese estudio y quien lo realizó? Por nuestra parte lo buscamos, pero nunca lo encontramos.

Lo que nuevamente va a hacerse en A Punta no es regenerar una playa, es construir una playa artificial que, como buen artificio, seguirá sin duda con su correspondiente bandera azul.

Esperemos que esta vez podamos ver el estudio de impacto ambiental que lo justifique e incluya su afección al conjunto de la ría, pues lo que se altera en un punto tiene incidencia global.

Nada se sabe, en cambio, de la reivindicación de recuperar para uso público todo el borde litoral de la isla de Toralla. Seguramente por despiste esa reivindicación se olvidó de incluir en la agenda.

En definitiva, sencillamente la «humanización» de Vigo se extenderá por el litoral y la naturaleza retrocederá.

Decía Aldo Leopold, uno de los fundadores del pensamiento ecologista, que deberíamos pensar como una montaña. Era una forma muy ilustrativa de recordarnos que todo lo que alteremos en los ecosistemas y los procesos ecológicos tendrá consecuencias para muchas generaciones venideras. Lo máximo que hemos conseguido es que las administraciones consigan pensar a cuatro años vista, en el mejor de los casos. En lo que se refiere a nuestro litoral, en lugar de como una montaña, pensamos como una musaraña.

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