El profesor que veía las estrellas

El hermano del músico Pablo Novoa, que daba clase en Salesianos, es un auténtico astrónomo


pontevedra / la voz

Aparentemente, entrevistar a alguien capaz de hacer tantas actividades a la vez como se proponga no parece fácil. Pancho Novoa -natural de Vigo pero vecino de Pontevedra-, profesor jubilado, músico y presidente de la Agrupación Astronómica Rías Baixas, recibe en su salón. En la tele Nadal trata de ganar en el Open de Australia mientras Pancho comenta que a él le gusta ese deporte, que juega y que hasta le liaron para ser directivo del club pontevedrés. Empieza a contar su historia, a explicar que desde pequeño le apasiona la ciencia y la geología y, cual niño emocionado, va trayendo fósiles y minerales. Hasta saca un pedrolo que, cree él, podría ser de un meteorito. Dice que también toca la guitarra y compone. Y no se resiste a hacer sonar un disco. Hay música, Nadal gana, hay piedras... «Mucho, mucho ruido», que canta Sabina. Sin embargo, Pancho habla y cada palabra suya tiene un poder de atracción inmenso. Su voz apaga cualquier distracción.

Pancho nació en Vigo. Desde pequeño se sintió atraído por la ciencia, tal y como le había pasado a su tío, el astrónomo Rafael Cid Palacios. También le gustó siempre la música, igual que a su hermano Pablo, excomponente de Golpes Bajos que lidera la banda del programa de Andreu Buenafuente. Pancho se marchó a Santiago a estudiar Biología. Y mientras hacía la carrera se ganaba la vida de concierto en concierto, tocando la guitarra y cantando en los bares los temas de Simon and Garfunkel o de James Taylor. Cuando terminó, la música le siguió dando de comer. «Mis primeros trabajos fueron de músico. Llegué a irme de gira con Xil Ríos. Era el momento del Xirarei y él nos pagaba bien y nos tenía en consideración».

Cuando la carrera musical parecía encauzada, Pancho tuvo una proposición y, como suele pasarle con todo, no logró decir que no. Le llamaron para dar clases en el colegio Salesianos de Vigo. «Era algo seguro, un sueldo... y además me apetecía probar la docencia», dice. ¿Adivinan qué le pasó? Sí, le apasionó dar clases. Lleva un año jubilado y, aunque no tiene horas libres, echa de menos a los chiquillos.

Cuenta que todos los años se topaba con alguno de los que él llama «objetores de las matemáticas», es decir, chavales que por una cosa o por otra le tenían tirria o pánico a la asignatura. Esos jóvenes eran su reto. Dice que trababa de convencerles de que las matemáticas estaban en todo, les hacía visionar el documental Códigos secretos o, en vez de machacarles una y otra vez con el método para resolver logaritmos, les explicaba qué son y para qué sirven. Si de algo está orgulloso es de que alguno de esos objetores «acabó estudiando la carrera de Matemáticas».

Los ojos curiosos

Confía en la juventud actual. Dice que se topó con muchos alumnos «que miraban el mundo con ojos curiosos» y que los últimos años de docencia, haciendo observaciones astronómicas nocturnas o llevando a los chavales a Atapuerca fueron apasionantes.

Años antes de jubilarse, comenzó a darle suelta a su pasión por la astronomía. Siempre le gustó leer sobre ello, hacer observaciones. Una vez vio que había un curso de astronomía en Vila de Cruces. No lo dudó. Allí se plantó y, casualidades de la vida, falló un ponente y él mismo acabó dando una charla. En ese foro entró en contacto con algunas personas que estaban formando la Agrupación Astronómica Rías Baixas, que ahora preside él. Dio y da muchas charlas sobre astronomía.

Le gusta especialmente hablar del sistema solar. Su planeta favorito es Saturno, «con esos anillos tan llenos de misterio», cuenta mientras se apura a buscar fotos de un satélite bajo el que se cree que hay un océano. Acaba de ir a dar una charla a niños de cuatro años. Nunca se había enfrentado a tal reto con críos de tan corta edad. Como siempre, Pancho, el eterno profesor, buscó alguna manera de llegar a los pequeños. «Me llevé a un muñeco Pluto, porque Disney lo creó a raíz del descubrimiento de Plutón... y por ahí empecé, dice.

En realidad, Pancho no fue a una clase de cuatro años cualquiera. Era el aula de Candela, su nieta, una precoz aficionada a la astronomía. Juntos hacen sistemas solares que pintan de colores. Ella empieza a aprenderse el nombre de los astros. Y él ha descubierto que ni la música ni la astronomía o el tenis le generan tanta pasión como ser abuelo. «Si tengo que elegir entre todo lo que hago -ojo, también va a clases de inglés y grabó un disco llamado Regresa el sol- me quedo con compartir tiempo con Candela, con ir a pasear con ella descubriendo luciérnagas y esperando a que se ponga el sol para ver los planetas. Ojalá pueda seguir viviendo esto con ella y con los otros dos nietos, que aún son bebés», dice, mientras la emoción se asoma en su cara.

Pancho lo revisa todo antes de cada charla de astronomía. Pero le falta algo. Debe saber que el centro de su sistema solar ya no es el sol. Su sitio lo ha ocupado otra estrella: Candela.

Daba clases en Vigo y le gustaba llevar a sus alumnos a hacer observaciones astronómicas

«Si tengo que elegir entre todo lo que hago elijo estar con mi nieta», dice lleno de emoción

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