Todos los beneficios que genera el arbolado urbano

Las nuevas talas previstas en Gran Vía, O Castro y Castelao solo suponen pérdidas de calidad de vida


Amigos da terra vigo@tierra.org

Pronto no estarán muchos de los árboles de gran porte que, a medio camino entre lo heroico y lo milagroso, todavía sobreviven en Vigo. Ya hemos perdido la cuenta de las bajas, incluidos árboles catalogados como singulares que, según el propio Concello, deberían merecer una especial protección. En breve caerán más en Gran Vía, O Castro, Castelao y en tantos otros sitios víctimas del paroxismo electoral. En algunas zonas los árboles serán sustituidos por arbolitos, o por macetas, y en otras ni eso. Lo inminente de las motosierras en acción nos parece una excusa pertinente para recordar la función vital que cumplen los árboles en las ciudades para saber al menos lo que, si no lo evitamos, vamos a perder.

Quizás resulte chocante empezar con un dato económico, pero un diseño paisajístico urbano que respete los árboles, especialmente los de gran porte, incrementa en un 20 % el valor de las viviendas. No hay mejor ejemplo en Vigo que el apenas medio kilómetro cuadrado en el que los pisos tienen el récord de precio, la alameda, pero en general podemos establecer una relación directa entre el aumento del valor de una vivienda y la abundancia de arbolado en su entorno inmediato.

La Gran Vía sirve también de ejemplo. No se trata solamente de una cuestión estética, que también, sino de calidad de vida. Un solo árbol en la ciudad, con un tamaño relevante, puede absorber hasta 150 kilos de CO2 cada año, además de ser los más eficientes filtros para micropartículas en suspensión. Nos ayudan por tanto a respirar, no solo generando oxígeno sino limpiando el aire y reduciendo la contaminación atmosférica (un árbol genera y purifica el aire que respiran tres personas) y de paso nos ayudan a mitigar el cambio climático. A esto debemos añadir su efecto de pantallas acústicas. Una calle densamente arbolada reduce en un 25 % los decibelios producidos, por ejemplo, por el tráfico. Y por si fuera poco estamos descubriendo su papel fundamental para ayudarnos con otra gran contaminación difusa con efectos negativos para nuestra salud, especialmente relevante en la ciudad, la contaminación lumínica. Son además unos eficaces aliados para nuestra economía doméstica por la vía del ahorro energético, pues su colocación estratégica cerca de los edificios puede reducir entre dos y tres grados la temperatura del aire en verano y aumentar la incidencia de la radiación solar en invierno. Esto se traduce en un ahorro de un 30 % en aires acondicionados y de entre un 20 y un 50 % en calefacción. Hagan la traducción a su factura de electricidad. Calidad de vida y salud porque pasar tiempo cerca de los árboles, especialmente en las grandes ciudades, mejora la salud física y mental, aumentando los niveles de energía y la velocidad de recuperación, a la

vez que descienden la presión arterial y el estrés como argumenta una institución poco sospechosa de ecologismo radical como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que nos facilita estos datos sobre la importancia del arbolado urbano.

No queremos dejar de mencionar a los grandes olvidados, a los expulsados de las ciudades: la biodiversidad. Lo árboles son especialmente vitales para no quedarnos solos, para evitar que las muchas especies de flora y fauna asociada puedan sobrevivir todavía en un entorno hostil para la naturaleza, es decir, para todos y todas y para todo, que son unas ciudades desarboladas.

Es justo reconocer, sin duda, que también se están plantando árboles en Vigo y pocas cosas merecen una mayor y más sincera felicitación, con frecuencia sustituyendo unos por otros pero a veces también incrementando su número. La cifra de los que se talan sigue siendo un misterio insondable, por más que se pregunte, y la información de los que se dice que se van a plantar no hace falta ni pedirla pues, de esa parte sí, se nos informa diligentemente a través de los medios de comunicación. El problema es el balance global. Si calculamos la masa forestal perdida con la incorporada el balance nos sigue saliendo negativo. Necesitamos plantar más árboles nuevos, muchos más, tanto como necesitamos no perder ni un solo árbol de los que ya tenemos.

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