O tren que me leva


En Vigo, mejor que arreglen el tren será que lo dejen como está y lo declaren Patrimonio de la Humanidad. De hecho, la línea con Ourense, que es la única salida de la ciudad hacia Madrid, Irún o Barcelona, data de 1881, el mismo año en que fue inaugurado el Ferrocarril Darjeeling del Himalaya, cuyo trazado fue reconocido por la Unesco hace ya dos décadas. Aquél discurre entre barrancos por la región de Bengala. Y el nuestro lo hace paralelo al río Miño, por unas vías obsoletas, entre terraplenes que se desmoronan casi todos los años. Sin ir más lejos, en el recién terminado 2018, estuvo suspendido dos semanas al desplomarse el trazado a la altura de Arbo.

Además, los dos trenes ?el del Himalaya y el de Vigo con Ourense- mantienen casi el mismo trazado que en 1881. Y prácticamente las mismas infraestructuras. El primero fue construido por las autoridades coloniales británicas. Y el gallego fue trazado en tiempos del rey Alfonso XII, tatarabuelo del actual monarca Felipe VI, siendo presidente Práxeles Mateo Sagasta y cuando aún había colonias en Cuba y Filipinas.

Así que, ¿para qué seguir pidiendo que la mayor ciudad de Galicia tenga un tren del siglo XXI? A estas alturas, ya casi es mejor resignarse y pedir una declaración de protección del patrimonio. Que lo musealicen. Que lo usen para llevar turistas como el Tren de la Fresa de Aranjuez.

Vigo comprende bien el cabreo de Extremadura con su tren. Porque Adif y Renfe, al alimón, ofrecen allí un servicio tercermundista, al igual que sucede aquí. Tenemos un tren del siglo XIX. Ya sólo falta que la Unesco nos lo bendiga.

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