Las estrellas del hotel Samil


Se abrió la puerta del ascensor y asomó Cruyff. Con un girar de cuello nervioso, como el de los gallos oteando el horizonte, sumó mentalmente cabezas de chavales y mientras me cogía el bolígrafo, y yo creía haber logrado el tesoro de mi infancia, quebró a todos como en el campo, cerró la puerta y desapareció. Ya no volvió a verle nadie hasta que llegó al campo. Desde entonces, cada vez que paso por delante del hotel Samil me acuerdo de Johan, pero también de mi Inoxcrom, regalo mítico de toda comunión de aquellos predemocráticos años setenta. Y me acuerdo al igual que los más experimentados en viguismo rememoran Samil antes de someterlo a experimentos pensados, o más bien no, para emular a Benidorm.

Los seis pisos del horrible adefesio levantado en los años sesenta, no mejor tampoco que el de Toralla o el que rompe en Coruxo todas las miradas, se convirtió en la excusa perfecta para dar al turisteo un paseo por el que contemplar la ría sin mancharse. Pero por utilizado, disfrutado y paseado, la senda de hormigón, piedra y losetas que recorre el arenal vigués no ha adquirido derecho de existencia ni de futuro. El paseo, como auguraron Valentín Paz Andrade, Blanco Amor, Fernández del Riego o Cesáreo Vázquez, se come Samil en silencio, sin pausa. Cuarenta y ocho años de atentado paisajístico son suficientes, y aprovechando el cambio de imagen con el derribo del hotel Samil y la construcción de otro complejo menos agresivo -aseguran-, es hora de que se piense en conservar la playa para que no quede solo en el recuerdo, como las de las estrellas que pasaron por el hotel Samil, donde Cruyff amagó con el Inoxcrom en mano.

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