Las otras luces que acaban en casa

Miles de vecinos y visitantes volvieron a colapsar el centro de la ciudad y sus negocios hasta la noche


VIGO / LA VOZ

Las luces navideñas de Vigo lideran el prime time de la ciudad. Tienen más poder de convocatoria que cualquier otra oferta lúdica, una vez caído el sol, de la principal población de Galicia. Pero también de las vecinas, de ahí que miles de personas lleguen en tren, barco o por Rande guiados por un faro de nueve millones de bombillas de led. Ayer, día grande del puente, la realidad volvió a superar todas las expectativas. «Cuesta andar, yo me siento aquí y hasta que venga la familia no me muevo», cuenta, pitillo en boca, Fausto, de Santiago, en la entrada del Marco.

La perspectiva, en lo alto de las escaleras, ofrece un nuevo abarrote en dos dimensiones. El primero, y más alto, con las guirnaldas que cuelgan de punta a punta de Príncipe. Debajo, cabezas y más cabezas moviéndose en procesión al son de la otra gran novedad de este festival lumínico: los globos sujetos a palos que, en ambos casos, tienen sus propias luces. Un vendedor que apenas habla castellano, y dice llamarse José, los despacha a 5 euros en la esquina de la calle Eduardo Iglesias. «Estamos haciendo el agosto», razona sonriendo.

Llegar al conocido como árbol de Navidad, poco antes de la nueve de la noche, suponía toda una gesta. Igual que encontrar una baldosa en la que pararse medio minuto para disfrutar del espectáculo de luz y música, muy cambiante y con un repertorio aleatorio que iba desde villancicos de Tom Jones a panxoliñas de la tierra. Aunque con sorpresas, como el tema central de Piratas del Caribe. «Llevamos 20 minutos esperando para entrar en el árbol de toda la gente que hay», explica Melisa, madre de Lucía y Teo, hipnotizados por las luces: «Es la tercera vez que venimos, no se cansan».

En el otro extremo de Príncipe, dentro de la gran bola, se va más rápido. En apenas cinco minutos se entra. «De tanto mirar hacia arriba nos va a doler el cuello», explica Rosa, una de las diez vecinas de A Cañiza que llegaron ayer en grupo a Vigo para saber si los anuncios grandilocuentes de esta decoración se ajustan a la realidad. «La verdad es que no sé si son mejores que las de Nueva York o de París, eso ya forma parte del juego del que las anunció. Lo que sí sé es que nunca vi, en este puente de diciembre, la ciudad con tanta gente».

Las ventas suben un 30 % gracias a las luces

luis carlos llera
Lleno total para disfrutar del alumbrado navideño en Vigo Niños y mayores inundan las calles de la ciudad, que vive un lleno total con el tirón de las luces

Hoteles, aparcamientos, cafeterías y tiendas notan el gran impacto del alumbrado navideño

La facturación de los negocios del centro de la ciudad, directamente beneficiados por la instalación de la decoración y el alumbrado navideño ha crecido un 30 % desde que se puso en marcha el último fin de semana de noviembre. Así lo corroboran hoteles, cafeterías y tiendas del de Vigo. Los aparcamientos subterráneos también se han visto directamente favorecidos por la llegada masiva de visitantes en automóviles y los fines de semana se llenan, como ocurrió ayer. Esto origina grandes atascos en las entradas al centro.

«Yo al principio era un poco escéptico, pero tengo que reconocer que el alcalde es un crac en esto del márketing», confiesa el presidente de la Asociación de Hospedaje de la provincia de Pontevedra y de la Federación Provincial de Hostelería, César González Ballesteros. La dueña de la cafetería Ecos, situada en Urzaiz, ratifica que en estas fechas las cajas están creciendo en torno al 30 %. En algunos locales, como la hamburguesería La Ruta, ha llegado al 50 %.

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El comercio de la zona tampoco descansa. Gente entrando y saliendo de unos establecimientos para meterse en otros desde la mañana y, principalmente, durante la tarde y la noche. Bolsas y más bolsas en las manos de los peatones evidencian que pasaron por caja. Pero no solo de ropa viven la mujer y el hombre. También de gofres: «Ni el año pasado vendimos tantos como en estos días», explica un dependiente. Ya en la Porta do Sol, en un puesto de la ONCE, la encargada lo cerraba fijándose en una joven. Levantaba las manos y las piernas, vestía falda y zapatillas de balé. Se llama Claudia Darriba y bailaba sobre el asfalto. A su alrededor decenas de personas disfrutaban el espectáculo. Era el complemento humano que necesitaba semejante alarde de luz y sonido.

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