La injusticia de una autovía


En su momento se consideraba que Vigo limitaba en uno de sus frentes con el mar. No había prácticamente acceso visual a no ser que se eligiera O Castro para ampliar el horizonte panorámico. Salvada la barrera con el cambio gradual de ciudad industrial y pesquera a la impersonal clasificación de localidad de servicios, que en realidad oculta el progresivo desmantelamiento fabril que ha afrontado Vigo, la urbe más poblada de Galicia corre el peligro de volver a ver como una nueva barrera se levanta a su alrededor. Ese muro cuya sombra se cierne sobre Vigo y todo el país se construiría con peajes, como los que ya se pagan en los desplazamientos por la AP-9 hacia el norte y Portugal, o los que conducen por la autopista autonómica hasta O Val Miñor. El ministro de Fomento aseguró ayer que es injusto que el mantenimiento de las autovías las paguen con sus impuestos contribuyentes que no las utilizan. Y sin duda sería así si alguien viviese en una burbuja, si a la inmensa totalidad de la ciudadanía no le llegasen los productos de primera necesidad y los demás por carretera, si por ellas no circulasen los raquíticos transportes públicos que asisten, entre otros, precisamente a los que no tiene manera de moverse en coche propio. A todos ellos les subirían los precios de sus compras o billetes si se generalizan los peajes en las autovías. Pero si hay que apelar a las injusticias, una y bien gorda es la que construyó el Gobierno del PSOE e inauguró a principios de los años noventa Josep Borrel entre Vigo y O Porriño. Sus curvas, accidentes, heridos y muertos sí son una injusticia, y lo es que la A-55 se llame autovía, y lo sería aún más que llegase a tener peaje.

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