Los picaouros sobreviven al temporal

Estos pájaros, que ni en el mejor de los casos superan los cien gramos, pudieron llegar a Vigo desde Cantabria


Vigo / La Voz

Y de esta forma un grupo de pajaritos nos ilustra la teoría de la sincronicidad, que definía el fundador de la escuela de la psicología profunda Carl Jung. Disculpen la licencia de empezar por el final lo que solo es una excusa para dar la bienvenida y presentarles a unos amigos recién llegados. Nuestros protagonistas son los picaouros (lúganos, úbalos o Carduelis spinus para los íntimos). Como suele suceder, su nombre común ya nos ofrece muchas pistas sobre su aspecto y sus costumbres. Se trata de unos pajaritos del tamaño y aspecto similar al jilguero, de quienes son primos cercanos, pero de un color mayoritariamente dorado y que solemos ver siempre picoteando las semillas de los árboles.

Afinando un poco más diríamos que tienen un capirote de plumas más oscuras en la cabeza y bordes de las alas. Notarán que nos referimos a ellos en plural, porque esa es también una de sus señas de identidad: gregarios por naturaleza, más o menos numerosos, pero siempre van en grupo.

Hace un par de semanas una docena de ellos estaban en las riberas del río Nansa, en Cantabria, allí los vieron nuestros amigos Sonia y Mikel, que se dedican a estas cosas de la educación ambiental, y nos comunicaban la noticia. Nos acordamos de ellos porque ayer exactamente el mismo número saltaban entre los árboles en el curso alto del río Eifonso en Vigo. Podría ser casualidad pero es posible que fueran los mismos desplazándose por la costa. Esto tiene que ver con lo que les decíamos sobre darles la bienvenida.

Las aves migratorias nos visitan en dos períodos, algunas vienen a pasar la primavera y el verano y otras, como nuestros amigos, nos visitan en otoño e invierno. En ambos casos el motivo es la búsqueda de alimento y refugio por este orden, bien para criar a sus polluelos en las mejores condiciones (lo que hacen las estivales), o bien porque en invierno carecen de alimento en sus zonas de residencia, cosa que hacen las invernantes.

En el caso de los picaouros sus migraciones no son regulares. Dependen en buena medida de lo riguroso que sea el invierno en el norte de Europa (sus zonas de cría estival). Si un año los vemos mucho por aquí significa que en Suecia y Noruega, por ejemplo, hace un frío que pela y nieva con intensidad. Ningún pajarito se pega un viaje de miles de kilómetros si no existe una razón poderosa, y ninguna tan poderosa como el hambre, como bien sabe nuestra propia especie tan poco solidaria hoy aquí con los emigrantes, olvidando que no hace mucho éramos nosotros los que escapábamos del hambre saltando ilegalmente las fronteras.

Analogías al margen, imaginen lo que acaban de pasar nuestros primos. Los temporales de estos días se los encontraron por el camino añadidos a miles de peligros más y los superaron heroicamente hasta donde los dejamos hace un momento, picoteando los árboles en el río Eifonso. Pónganse en su lugar, es un mérito enorme para unos bichitos que ni en su mejor momento superan los cien gramos de peso

Estos días, con el retraso habitual derivado del cambio climático, están perdiendo las hojas sus favoritos: los bidueiros y sobre todo los amieiros (Alnus glutinosa, o alisos, como prefieran, nuestros más emblemáticos árboles de ribera). Con una metódica precisión nuestros picaouros se posan en un amieiro al que la pérdida de hojas deja expuestas las piñas que contienen sus semillas facilitándoles la labor. Una vez consumidas las mismas (y colaborando de paso a la dispersión de unas cuantas haciendo una involuntaria pero imprescindible labor de repoblación forestal de los bosques de galería fluvial) pasan al siguiente y así sucesivamente. Aquí estarán hasta finales de marzo cuando, si todo va bien, emprenderán el camino de regreso a la península escandinava, en donde tendrán sus crías que, una vez adultas, les acompañarán en su regreso el próximo otoño en el que otra vez será una buena noticia darles la bienvenida cuando los veamos alimentándose de las semillas de nuestros cada vez más escasos bosques de ribera.

Por eso cada vez que perdemos un árbol recordamos las vidas (empezando por la nuestra) que dependen de ellos. Y de esta forma las nevadas en Suecia, la caída otoñal de las hojas de los amieiros en el río Eifonso de Vigo y una docena de picaouros sobrevolando Cantabria nos muestran la perfecta sincronicidad de los ciclos de la naturaleza, que diría Carl Jung.

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