La escala en Vigo de Stefan Zweig

En 1936, el genial escritor recaló en el puerto en ruta hacia América y contempló horrorizado el fascismo en acción


Vigo

Muchos personajes ilustres han visitado Vigo y dejado escritas alabanzas de la ciudad. Albert Einstein, que estuvo en dos ocasiones, anotó la belleza de las islas Cíes. Ernest Hemingway escribió aquí reportajes para el Toronto Star. Y la espía Mata Hari recordaría sus visitas durante su juicio en París. La lista sería larga. Sin embargo, no es el caso de Stephen Sweig, el genial escritor autríaco, que hizo escala cuando en 1936 viajaba hacia América. En unas pocas horas en Vigo, certificaría horrorizado cómo el fascismo se había apoderado también de España.

Tenía 54 años cuando llegó a Vigo y era una celebridad mundial. De hecho, se dirigía hacia América para impartir algunas de sus célebres e hilarantes conferencias. No es cierto que este fuese su viaje hacia el exilio americano, como se ha escrito en ocasiones, ya que más tarde vivió en París y en Londres, antes de instalarse en Brasil en 1941, donde se suicidaría en 1942. «Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra», escribiría en su nota de despedida. Seis años antes, en su breve paseo vigués, ya apunta su pesimismo ante el curso que toman Europa y el mundo.

Las palabras de Zweig sobre Vigo aparecen en un libro único. Por entonces, ya tenía fama planetaria por sus novelas, sus relatos y, sobre todo, sus asombrosas biografías de personajes célebres, un género en teoría menor pero que logró llevar al olimpo de la literatura. Pero el pasaje vigués no aparece aquí, sino en una obra diferente a todas: sus memorias, tituladas El mundo de ayer, que además fueron publicadas meses después de su muerte.

Zweig embarca en Southampton en el verano de 1936, poco después del estallido de la Guerra Civil española. Y está viviendo uno de los momentos más duros de su vida, pues ese mismo año su obra acaba de ser prohibida por el Tercer Reich. Era la culminación de años de persecución por el régimen de Hitler, que lo declaró «no ario» por su origen judío. De hecho, ya estaba exiliado porque su vida corría peligro en su Austria natal, aunque todavía no se había confirmado el Anschluss, la anexión oficial del país en 1938 como una provincia más de la Alemania nazi.

Stephen Szweig viaja rumbo a América pero no quiere hacer escala en España porque ha estallado la guerra civil, que considera «una maniobra preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque». Otro tanto sucedería luego en Vietnam. Porque las guerras, como las discusiones de pareja, no son lo que parecen: siempre suelen tener una causa oculta.

«Había salido yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el vapor evitaría la primera escala, Vigo, para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en este puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas», narra Szweig. «Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras». Y pasa a describir una escena que le horroriza: «Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que allí les daban de comer? Pero al cabo de un cuarto de hora los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron como un rayo de la ciudad». Se ve entonces transportado a sus recuerdos del nazismo: «Me estremecí. ¿Dónde lo había visto yo antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania! Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga estos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empuja a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo?».

Stephen Szweig deja luego unas líneas desoladoras y anticipadoras sobre el futuro de Europa: «Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que actuaba aquí y allá, un poder que amaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo». Viendo a aquellos jóvenes vigueses uniformados por los fascistas en 1936, Zweig anota: «Tuve el presentimiento de lo que nos esperaba, de lo que amenazaba a Europa». Y contemplaba «como instigadores ocultos proveían de armas a aquellos muchachos jóvenes e inocentes y los lanzaban contra muchachos también jóvenes e inocentes de su propia patria». El pasaje vigués concluye con una revelación: «Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa patria, cuna y partenón de nuestra civilización occidental».

Este texto sería publicado en 1942, poco después de su suicidio, en el que dejó una carta de extremo pesimismo, convencido del fin de la cultura democrática en el mundo en manos del fascismo. Una idea que le acompañaba y que también pudo ver en aquella breve escala en Vigo en 1936.

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