Un museo en la ruta del bacalao

El antiguo buque hospital Gil Eannes muestra la importancia de rescatar los barcos que hicieron historia


En Vigo sabemos hacer barcos, navegar con ellos y pescar en los siete mares del mundo. Pero aún no sabemos cómo convertirlos en museo. Fracasamos con el Hydria II, un barco aljibe que es el último buque de vapor de España y que envejece en O Grove víctima de la burocracia. Tampoco pudimos salvar al Campaláns, salido de Barreras en 1934 y el primero construido en Vigo con casco de hierro. Terminó desguazado en 1997, pese a que la corporación municipal, en 1990, había votado su restauración. Mucho menos pervivió el mítico crucero Islas Ficas, un clásico del transporte de ría. Y, por último, el Bernardo Alfageme es el único que se ha librado del desguace, aunque para encaramarse en Coia a una rotonda.

Pero todo esto no sucede en todas partes. Porque en Portugal, muy cerca de la frontera, tenemos un gran ejemplo de cómo un buque con historia puede convertirse en un museo y en un boyante atractivo turístico. El lugar es Viana do Castelo y el barco es el Gil Eannes.

Botado en 1955 en los astilleros navales de Viana, el Gil Eannes está ligado a la epopeya de la pesca del bacalao, que por algo es una enseña gastronómica de Portugal. Desde el puerto a orillas del río Limia zarparon flotas durante siglos para pescar en aguas de Terranova y Groenlandia. Y en las calles vianesas quedan los soberbios edificios que construyeron los armadores locales, en el que llegó a ser el principal puerto bacaladero de la Península Ibérica.

Pero las distancias hasta los caladeros eran enormes. Y las tripulaciones vivían aisladas durante meses en cada campaña. Así que Portugal decidió que un buque hospital atendiese a aquellos trabajadores. En 1927, envió al primer Gil Eannes, que en realidad era un buque llamado Lahnek, que había sido capturado a los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Su sucesor, el actual Gil Eannes, ya fue construido en astilleros lusos, a pocos metros de donde hoy se expone como museo.

El barco tenía 98 metros de eslora, casi 14 de manga y 3.467 toneladas brutas. Y fue reforzado para la navegación en mares con hielo. Sin embargo, no ejerció su vida útil solo como hospital, sino que a lo largo de los años tuvo diversas funciones como buque correo, de abastecimiento a la flota, remolcador y rompehielos. Como buque hospital, estaba equipado con quirófanos, habitaciones para los enfermos y equipos avanzados de rayos X. Durante cada campaña el Gil Eannes realizaba entre 4.000 y 4.500 consultas en alta mar y alojaba a unos 400 pacientes accidentados o con enfermedades que precisaban hospitalización.

Además, cada año realizaban una media de 60 operaciones quirúrgicas, junto a unas 200 extracciones de piezas dentales, además de exámenes radiológicos e incontables pequeñas cirugías diarias. Estremece pensar en las complicaciones de operar a un paciente a bordo, con mala mar en el Atlántico Norte.

Hay que pensar que las tripulaciones de la llamada flota blanca que pescaba el bacalao en Terranova tenía que trabajar en condiciones muy penosas, bajo un intenso frío, sumado a una alimentación deficiente, jornadas de trabajo agotadoras y el aislamiento continuado durante meses. El resultado era una salud precaria, por lo que la sola presencia del Gil Eannes confortaba a estos bravos marineros.

Además de como buque hospital, el barco también transportaba el correo hacia los caladeros del norte. Cada campaña repartía 70.000 cartas entre los marineros y sus familiares en tierra.

En 1975, incluso fue destinado a la guerra de Angola. Y en 1984 se produjo su amarre definitivo. Comido por la herrumbre, fueron pasando los años en una dársena del puerto de Lisboa, hasta que, en 1997, fue vendido para chatarra. Pero entonces se desató una campaña desde el Ayuntamiento de Viana do Castelo, secundada por empresarios, vecinos y colectivos sociales de la ciudad. Con los 250.000 euros recaudados, se hicieron con el barco, que fue rehabilitado.

Finalmente, en 1998, abría al público el Gil Eannes convertido en un barco museo. Veinte años más tarde, conocerlo resulta emocionante. El visitante puede recorrer las cabinas de la tripulación, las salas de máquinas, los quirófanos que conservan un aire tétrico con su tecnología de otro tiempo, los camarotes con camas para los enfermos y la inmensa cocina dotada con su propia panadería.

Amarrado al puerto de Viana do Castelo, el Gil Eannes merece una visita. Y nos recuerda que recuperar la historia naval es posible.

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