«Comer y rezar», secreto de la viguesa Carmen Cabrinetty para llegar a los 107

Antigua vendedora de zapatos, celebra su cumpleaños en la residencia Santa Marta


vigo / la voz

En la residencia de ancianos de Santa Marta, en Alcabre, un trajín de personas pasean por los pasillos y los jardines. Cuesta quedarse en la habitación a 30 grados. Las hermanas con sus hábitos negros caminan con prisa para que todo esté en orden. Las residentes pasean charlando y riendo como niñas en un patio de colegio. Al fondo del pasillo se escucha una silla de ruedas. A media mañana, Carmen Cabrinetty está cansada. Se deja empujar por Sor Manuela con una media sonrisa en la cara. Es la mueca de la que se siente querida.

Hoy es el cumpleaños de Carmen (Figueirido, 1911). Ya pasaron 107 años desde que vino al mundo, casi al tiempo que Cantinflas, Ernesto Sabato o Álvaro Cunqueiro. Piadosa, como lo ha sido siempre, no entiende por qué Dios «no me llevó con él». Manuela se ríe y, mientras se arregla el hábito, le dice que «San Pedro perdió su ficha», y que por eso se tiene que quedar en la residencia con ellas. Su memoria salta de año en año sin pararse en ninguno, cuenta anécdotas con sus sobrinos y con familiares, pero lo que repite en todas es que su vida está marcada por el «amor de su familia».

Se crio en Figueirido, una aldea cerca de Pontevedra. Su padre era jefe de estación de ferrocarril y la niñez de Carmen estuvo ligada a las vías de ferrocarril. Pasó por Arcade y Pontevedra hasta recalar en Vigo. En esta ciudad creció y, ya de joven, comenzó a vender en la zapatería Laite. Allí, cada día, atendía a los clientes que llevaban su calzado a arreglar o simplemente iban a comprar alguno nuevo. Ella recuerda sus días en la tienda con orgullo y cariño. «Todos me querían mucho», explica con una sonrisa. Además, cuenta que en los diez años que lleva en la residencia de Santa Marta recibió visitas de «muchos amigos de la zapatería».

A la cumpleañera sus compañeras le llaman Pitusa, mote que se ganó por ser «muy presumida». «También la conocemos por Cabrinetty», explica Sor Manuela. Es un apellido que responde a los orígenes italianos de su familia. Cuando llegó a la residencia en el 2007 rápidamente se hizo notar. Sus compañeras explican que siempre «las ayuda en todo» y, además, es «muy limpia y ordenada».

Todos los días se levanta pronto. Da un paseo con sus compañeras y juega con el gato y el perro de la residencia. Le encanta salir al jardín y simplemente disfrutar de la compañía, hablando o en silencio. Es el placer de contemplar y sentirse viva. «Yo soy de poco hablar ahora», explica Carmen, «pero aquí estoy muy contenta», cuenta desde su silla colocada a la sombra.

Su rutina diaria solo se ve interrumpida por las visitas habituales de sus familiares o de alguna amiga. Aquí echa a muchas personas en falta. En sus 107 años de vida son muchos los que se han ido. Esto «es lo peor» de vivir tanto tiempo porque «casi todas mis amigas murieron», explica Carmen. Eso es lo duro de una vida «que da muchos cambios» y que ella «está pasando bien a su manera».

«No sé por qué el Señor aún no me ha llevado», se pregunta Cabrinetty. En su vida no hay ninguna clave que explique su longevidad, aunque ella da la receta: «Rezar mucho y comer bien». Sor Manuela cuenta entre risas que le encanta el pepinillo con aceite y vinagre. Puede que ahí este «uno de los secretos para vivir tantos años».

Hoy, para Carmen será un día más. «Ya son tantos años que no sé cuántos tengo», explica. Las amigas que le acompañan no están de acuerdo: explican que se pondrán todas «guapas» porque es un día muy especial en la residencia y para ellas.

A su aniversario, además de su familia y todas sus amigas, tiene previsto acudir el alcalde Abel Caballero, para felicitar en persona a Carmen por sus 107 años de edad. Sus amigas le preparan una jornada llena de cariño y fiesta, donde también habrá algunos «bailes», porque es un «día para divertirse».

«Soy una vieja», dice con una sonrisa la cumpleañera. Aunque sus amigas la toman en serio y responden rápidamente con un «estás perfecta, Carmen». Sor Manuela explica que hace cuatro meses «se puso muy mal», pero que ahora ya comienza a «recuperarse» con el cariño de todas. Esperan que, si sigue así, pueda volver a andar por sí misma. Y si eso ocurre, la cumpleañera arreglará su armario porque no lo tienen como a ella le gustaría.

Carmen se despide en su silla de ruedas rodeada de sus compañeras y de Sor Manuela. Entran de nuevo al pasillo, donde el trajín de hábitos negros y de reencuentros familiares continúa.

«Lo mejor de la vida es poder estar acompañada de tu familia y de tus amigas»

«Lo peor es ver cómo las personas que quieres van muriendo y tú sigues aquí»

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