La cuna de la ría de Vigo

Unas vistas insuperables aderezadas de flora, fauna, vestigios humanos y muestras gastronómicas

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Hoy proponemos un camino largo entre ríos que en buena medida nos mostrará el origen de la ría y que comienza en Ponte Sampaio y que en parte coincide con la ruta portuguesa a Santiago. Para empezar, contamos con la mejor referencia, el puente medieval (que no romano) de diez arcos, que sobre el río Verdugo marca el límite entre Arcade y Ponte Sampaio, en el que cuando la Reconquista las tropas francesas recibieron, al igual que en Vigo, las suyas y las del pulpo. Si prefieren el sistema tradicional estamos en la carretera PO-264, en el lugar de A Xunqueira, (si optan por el navegador 42°20’45.3» N 8°36’24.5»W). El recorrido, en general bien señalizado, nos llevará desde la desembocadura del río Verdugo hasta, cruzando el alto do Rañadoiro, hacer lo propio con el río Ulló. Tenemos mucho que ver y conocer, pues el sendero abarca mucho de naturaleza, historia, etnografía y, si se animan, gastronomía. En el fondo lo que vamos a hacer es cruzar la península granítica que marcaba el límite del valle fluvial que, con el tiempo, solo hace seis mil años, se fue inundando hasta formar lo que vemos hoy con las Cíes al fondo. La flora que encontraremos es una fuente de contrastes entre las zonas silvestres y las humanizadas. Las tierras de cultivo nos ofrecen un completo catálogo de frutales (ojo, recuerden que tienen dueño) junto al impresionante repertorio del matorral de montaña, ese considerado monte sucio fundamental para la biodiversidad y la generación del suelo fértil. En los bosques de ribera se conserva una parte de la vegetación autóctona presidida por los salgueiros y el fento real pero el resto, salvo la increíble carballeira de Cadillo (es milagroso que siga existiendo) es zona conquistada por los monocultivos de eucalipto y, con la inestimable ayuda de los incendios, las acacias y mimosas empiezan a ocupar el terreno a velocidad vertiginosa, especialmente en el siguiente tramo de nuestro recorrido que, a través del sendero empedrado de la capilla de San José y su rectoral (no dejen de fijarse en los restos del impresionante palomar que verán al fondo) bordea el pico de Acevedo. A partir de aquí empezaremos a encontrar y escuchar las huellas, rastros y señales de una fauna que discretamente invisible.

Las egagróplias al borde del camino nos indican que tenemos una gran actividad de rapaces nocturnas; las libélulas nos señalan la presencia de lavaderos y pozas de riego; el sonido entre los matorrales nos recuerda que estamos en un lugar óptimo para los reptiles especialmente en las rocas expuestas al sol, y siempre de fondo, el canto de las aves forestales entre las que tendremos que afinar la observación para distinguir la enorme variedad de currucas. Así subiremos en dirección al pico de Acevedo. No existe un camino que nos lleve a la cima, se trata de echarle imaginación (y un poquito de valor para enfrentarse a los tojos) y tirar para arriba pero el esfuerzo vale la pena. Estas cosas siempre son relativas y cuestión de gustos pero nos atrevemos a decir que las vistas sobre la ría de Vigo son difícilmente superables. Una vez en este punto tendremos que tomar una decisión: o bien regresar por nuestros pasos o continuar el sendero que nos llevaría al cauce del río Ulló.

Vale la pena optar por seguir caminando aunque solo sea por contemplar los molinos de cubo, que viene siendo una torre circular a la que, a través de acueductos de piedra llega el agua. Este sistema permitía aumentar la fuerza del agua al caer y de esta forma ríos con muy poco caudal conseguían mover las piedras de moler siendo un ejemplo de uso eficiente de los recursos naturales.

Fábrica de Álvarez

Siguiendo el río llegaremos a las marismas de Ulló, que a pesar de la degradación sufrida tras tantos años conviviendo con la fábrica del Grupo Álvarez, a la que aún hoy debemos los altísimos niveles de plomo en la ría, siguen siendo un importante refugio para las aves limícolas que se afanan estos días en buscar alimento para sus crías. A estas alturas de la caminata el asunto del alimento debería empezar a ser relevante. Ya puestos no dejen, con permiso de las ostras exóticas, de probar los chocos en cualquier punto de avituallamiento (en empanada, lo podemos afirmar empíricamente, son una experiencia mística). Las cofradías de pescadores de la ensenada de San Simón están haciendo un gran esfuerzo para su conservación y explotación sostenible. Disfrutar de sus excelencias in situ es una manera de agradecerles su trabajo.

Una mariposa para verla volar

Que se la llame chupaleches tiene delito, pero la Iphiclides podalirius (al nombre científico también le vale) es una de nuestras más hermosas y enormes mariposas diurnas. Nuestra amiga vive asociada a las zonas de cultivo, pues le gusta especialmente el polen de los frutales y las plantas aromáticas, por lo que es una especie cercana, en tiempos muy abundante y actualmente víctima e indicador del abandono del rural. Tampoco ayuda a su conservación, paradójicamente, su hermosura, que la convierte en objetivo preferente del coleccionismo. Mejor verla así viva y al natural que pinchada con un alfiler en una exposición.

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