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«La gente pobre se vuelve invisible»

Leticia Álvarez cuenta a La Voz cómo acabó vendiendo poesías en Vigo


VIGO / LA VOZ

«Hola, soy escritora, vendo poesías a la voluntad. Me da igual lo que me deis, lo que quiero es que, si os gustan, os las quedéis». Probablemente a algunos les resulten familiares estas palabras. Su nombre es Leticia Álvarez. Es una mujer viguesa de 40 años que se recorre día tras día las calles de Vigo vendiendo pequeños poemas. Así se gana el pan desde hace año y medio. En el pasado trabajaba de educadora social. «La vida da muchas vueltas», advierte. Admite que la poesía la ayudó a salir de una terrible depresión.

Le gusta vivir en la humildad: considera que el dinero no es imprescindible. «Lo tuve y ahora no lo tengo. No me preocupa más allá de cubrir mis necesidades básicas». No quiere poner un precio a sus poesías, es el lector quien lo hace. Su objetivo diario son quince euros. Cuando lo alcanza termina su jornada. «Una vez, una chica me dio un billete de 50. Dijo que le ayudó mucho. Me vino genial porque tenía cosas urgentes que comprar». Rechaza tajantemente el «tanto tienes, tanto vales». Es lo único que le critica a la sociedad. «El trato recibido se mide en dinero. Cuando eres pobre te vuelves invisible: no existes, no te miran a los ojos», matiza.

Lo cierto es que escribir poesía es para Leticia una afición reciente. Lleva tres años elaborando una pieza diaria. Se le hace más cómodo transmitir sentimientos en verso, pero prefiere escribir relatos. Ya no recuerda cuándo le cautivó la prosa. «Tenía una novela policíaca escrita, pero se me estropeó el portátil. En ese momento me di cuenta de lo importante que es Internet», rememora risueña. Sus relatos no los vende, los regala. «No me gustaría que los valorasen a la baja», especifica. Tiene un sueño: encontrar una editorial que le permita publicar un libro con todas sus obras.

Reconoce estar enamorada de Vigo. «Detrás de la estación de Urzaiz hay un lugar en el que puedo disfrutar de unas vistas a la ría». El océano Atlántico es una de sus principales fuentes de inspiración. También le apasiona la arquitectura de la ciudad, en especial la del vigués Manuel Gómez Román. De la escultura, destaca la historia del Sireno. «Es increíble la cara que ponen los turistas cuando se lo cuento», señala.

Leticia Álvarez admite que su vida no ha sido plato de buen gusto: «Lo ha pasé realmente mal». No tuvo los apoyos suficientes. Finalizados los estudios trabajó siete años de educadora social: «Eran contratos por obra, pero siempre salía algo». Trabajó también para el Ayuntamiento de Vigo. «Luego estuve diez meses de baja porque padecí una hernia discal», continúa. Su mayor temor era perder movilidad. En consecuencia, por problemas económicos se quedó sin hogar. Se encontró sin lugar donde dormir. «No quise pedir ayuda: no quería ser un lastre para nadie», explica. En ocasiones no era capaz de reunir lo necesario para pernoctar en un hostal. Recuerda que pasó nueve días sin techo en los que se preguntaba el porqué de ese devenir del destino. Dos noches muy duras perviven en su mente: «Aprovechaba unas pocas monedas para que no se me cerrasen los ojos. Los cafés me ayudaban a no tener que dormir en la calle». Así, saltaba de cafetería en cafetería hasta el amanecer. Confiesa que la situación la obligó a ser una okupa. «Antes vivía otra gente en aquella casa. Yo la limpié y la dejé muy impoluta, pero la tapiaron pasado un mes», recuerda. Cuando su economía se lo permitió consiguió una nueva vivienda, donde se encuentra actualmente.

«Busco trabajo con calma: me gusta lo que hago. Estoy feliz porque nadie se junta conmigo por interés», dice. Habla de su rutina diaria. Emprende su busca de empleo por la mañana y por la tarde vende poesías siguiendo una misma ruta: desde Llorones hasta Rosalía de Castro. «Si encuentro un trabajo estable, seguiré vendiéndolas», concluye.

Del aprendizaje de la universidad a la enseñanza de las calles de Vigo

Además de escritora, es devoradora de libros. Destaca algunos autores contemporáneos como Pérez Reverte u otros literatos más lejanos en el tiempo como Galdós o Balzac. Dice que sus amigos destacan de ella su inteligencia. Le gusta formarse e informarse. Siempre quiso estudiar Periodismo, aunque no superó la nota de corte. Se define como una persona curiosa. En la universidad pasó por Filosofía y Filoloxía Galega hasta llegar a Educación Social en Santiago de Compostela, donde se graduó. Eligió esta titulación tras observar cómo trataban ciertos trabajadores sociales a la gente más necesitada. «Quise cambiarlo desde dentro». Explica así los motivos que la empujaron a ser educadora social. Después, realizó un posgrado en Orientación Laboral. «Ayudar a buscar trabajo se me da mejor con los demás que conmigo misma», apunta.

Leticia no oculta su devoción por los viajes. Recuerda con cariño una experiencia en Barcelona en su etapa estudiantil. «Me robaron la cartera y tuve que arreglármelas para volver a Santiago sin dinero. Descubrí lo buenas que pueden llegar a ser las personas», cuenta. Ella, que se considera políglota, mantiene que los idiomas son una herramienta muy útil. Conoce el gallego, el alemán, el ruso, el italiano y el inglés. «Me encanta hablar. No me imagino llegar a un país y no poder conversar con nadie»

Leticia no presenta objeción alguna en mostrar su preocupación por la política: «Ahora se utilizan parches que de cara a la galería quedan bien pero en la vida real no son tan efectivos». Ilustra esta óptica con la reciente propuesta de reforma del Código Penal sobre los delitos sexuales. «Esperaba algo más objetivo», añade. Mientras tanto, sueña con una sociedad más igualitaria.

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