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Es inquietante la facilidad con la que se duda de las víctimas en los casos de sexismo. Está ocurriendo con el prestigioso biólogo Francisco Ayala, doctor honoris causa por la Universidad de Vigo en 1996. Ayala acaba de ser apartado de sus cargos por la Universidad de California Irvine (UCI), que además ha retirado su nombre de la Biblioteca de Ciencias de la institución. «Ante la cantidad y amplitud de las acusaciones, decidimos que sería erróneo mantener el nombre del profesor Ayala en una posición de honor», ha manifestado el rector, que agradece la «valentía» de las cuatro científicas que lo denunciaron por acoso sexual.

La UCI entrevistó a 60 testigos para comprobar las acusaciones. Y concluyó que Ayala había tenido un comportamiento impropio y reiterado. Por ejemplo, está demostrado que invitó a una científica a sentarse en su regazo mientras exponía un estudio ante el público. Si quiso ser una broma, fue algo humillante, vejatorio, indigno, inaceptable.

Amigos de Ayala han salido en su defensa, incluso con un manifiesto que desprecia a las víctimas y a la UCI. Porque muchos suscriben sus palabras de que se comportaba «como un caballero europeo». No importan 60 testigos, sino la fe: es un nuevo negacionismo. Que culpa a las denunciantes. En una entrevista se insinuaba que una de las víctimas lo acusó para quedarse con su despacho. Estas barbaridades no se leen en The New York Times ni en Science. La Universidad de Vigo tiene ahora la oportunidad de demostrar si su política contra el sexismo es real. Y si retirarán el honor a Ayala. O si todo es pose. Por ahora, no hay noticias.

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