A las 5.00 en Samil para vender

Los ambulantes madrugan en estos días porque el primero en llegar coge sitio; desde julio estará regulado

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vigo / la voz

A las once de la mañana el mercurio supera ya los 25 grados y Corina, una vendedora ambulante chilena, lleva sobre las espaldas seis horas de trabajo. «Llego a las cinco de la madrugada para coger sitio y me voy a las once de la noche», dice esta experimentada comerciante que trabaja junto a la playa desde hace 25 años. Quizá por eso luce un moreno envidiable, aunque no pisa la arena. «Desayunamos, comemos y cenamos aquí. Cada uno tiene su grupo de amigos», explica.

El sol comienza a apretar y el agua está llena de bañistas. Los policías locales se refugian en la sombra. «Controlan todos los puestos y solamente dejan montar a los comerciantes que son habituales», dice una vendedora.

En Samil se dan cita medio centenar de ambulantes. Los hay senegaleses, peruanos, ecuatorianos, chilenos, argentinos. Las 130 parcelas tienen tres metros de largo, por dos de ancho, pero estos días colocan puestos grandes que pueden ocupar en algún caso hasta 15 metros, según pone de relieve Begoña Martínez, presidenta de la Asociación de Mercaderes, que reclama una regularización de los tenderetes. No pagan nada por establecerse ahí de sol a sol con temperaturas que superan los 30 grados al mediodía y sin poderse dar un chapuzón como los miles de visitantes de la zona.

Los madrugones son obligados si se aspira a obtener un sitio preferente en primera línea de paseo. En esa franja ni siquiera montan un puesto sino que esparcen sus mercancías sobre una toalla donde hay desde balones de fútbol a cestos y cubitos de playa.

A partir del día 1 de julio, la situación se modificará y cada uno ocupará solo el puesto de tres metros que tiene asignado, asegura Corina. A pesar de las largas jornadas «no cambiaría este trabajo por nada en el mundo. Somos unos privilegiados», dice la experimentada comerciante que acude a Samil durante todo el año si el tiempo lo permite.

Otro vendedor, Ernesto Argibay, se muestra contento de que por fin haya llegado plenamente el verano y de que los turistas y vigueses acudan a Samil donde «se ha vendido por ahora muy poco». Ernesto es un habitual de los mercadillos de Vigo. Acude los miércoles a Coia, al parque de A Bouza y los domingos ofrece en terrenos portuarios de Samil ropa de mujer. «El mercadillo de Bouzas es el que tiene más público, aunque Coia a veces da la sorpresa», explica. En estas ferias las cuotas diarias son de doce euros. «Empezaron siendo de 36, luego bajaron a 18, pero no pagaba nadie y finalmente bajaron a 12», explica Argibay. Apostilla que al principio «el Ayuntamiento se creía que todo era Zara».

La Asociación de Mercaderes sostiene que el Concello hizo una política acertada en el mercadillo de Bouzas y que fue una estrategia planificada. «Al poner al principio cuotas tan altas se quitaron de en medio a personas indeseables», sostienen desde la entidad que recuerdan que antaño se producían casos de presuntas extorsiones a vendedores por la falta de control municipal.

Migrantes

El mercadillo de Samil actúa como un ámbito de protección institucional a los migrantes. Hace unos años, hasta octubre del 2014, se colocaban en la cuesta de A Laxe y en los aledaños de A Pedra. Allí se despachaban bolsos y prendas de imitación. El pool de marcas encargó a sus abogados a que acabasen con la piratería en Vigo y el reclamo de A Pedra desapareció. Pero al Concello le dio pena de los vendedores extranjeros y decidió reubicarlos en Samil. Junto a la playa hay menos puestos con marcas falsificadas, pero es ineludible encontrarse con mostradores con zapatillas Nike o Adidas por 20 euros.

Begoña Martínez considera necesario que en Samil se regularice la venta y se pague como en cualquier otro sitio durante el verano. . «El Concello es cercano a los mercaderes pero tiene que actuar para que no se produzca otro verano anárquico en Samil», señala la presidenta de la asociación. Begoña considera que la regularización del mercado establecería unas reglas de juegos democráticas y comunes para todos los vendedores y facilitaría la igualdad de oportunidades.

«Nos llevamos bien, no molestamos ni hacemos daño a nadie», sentencia la vendedora chilena Corina, que está contenta con el status quo actual.

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