Del infierno al refugio de Vigo

Una familia de El Salvador que huía de las maras logra residencia en la ciudad tras solicitar protección internacional. Cruz Roja se encarga de su inserción


vigo / agencia

Vivir como refugiado en Vigo no es ni mucho menos fácil a no ser que procedas de un país en el que te han secuestrado, golpeado, amenazado y una retahíla de penurias más. Entonces te parece el paraíso. Es lo que perciben Alberto y María, una joven pareja salvadoreña que reside con sus dos hijos en la ciudad desde hace poco más de un año.

«Pedimos protección internacional porque no podíamos seguir en El Salvador. A mí me secuestraron las maras, me llevaron a otra ciudad y me metieron en un cafetal. Como querían robarme el carro me golpearon y en teoría me dieron por muerto», relata el hombre.

Presentó una denuncia ante la fiscalía por la defensa de los derechos humanos y trasladó su caso a Acnur. Esta asociación le dirigió a Cáritas, donde le asesoraron para solicitar la protección internacional. Comprobada su situación les ofrecieron varios países europeos y se decantaron por España por el idioma y por residir una hermana. Reunido el dinero para los billetes, viajaron como turistas dejando atrás su hogar, el trabajo y una motocicleta. Tras pasar cuatro días retenidos en Madrid hasta lograr la carta roja del Ministerio del Interior, allí mismo contactó con ellos Cruz Roja, les facilitó billetes de autobús y bocata y emprendieron el viaje a Vigo. Al llegar fueron recibidos de nuevo por Cruz Roja, que les facilitó un piso con vistas al mar, algo con lo que siempre habían soñado. La organización también se preocupó de cubrir sus necesidades básicas a través del programa de acogida que tiene concertado con el ministerio.

Lo que más les llamó la atención de la ciudad fue la seguridad. Curiosamente les costó adaptarse hasta el punto de que al principio no se atrevían a salir a la calle de noche por miedo, como les pasó en Madrid. Todavía conservaban en la memoria las vivencias de su país. Incluso, no dejaban ir a la hija mayor sola al colegio pese a estar a cinco minutos. Durante los primeros seis meses participaron en cursos y talleres de Cruz Roja: gallego, derechos y deberes, igualdad, primeros auxilios, conocimiento del entorno... Una voluntaria les llegó a dar un tour por la ciudad para que se orientaran. En ese medio año no podían acceder a un empleo.

La formación le ha servido a Alberto para lograr un contrato en una empresa textil. También María se prepara para trabajar en la pescadería de algún supermercado. Ahora que ya pueden formar parte del mercado laboral confían en encauzar su vida y dejar atrás las terribles experiencias de El Salvador, pero no a su familia.

Alberto no fue el único de los suyos en sufrir la crueldad de las maras. Su padre ya había tenido amenazas, a pesar de pagar la renta que le reclamaban como empresario. Un hermano huyó a Estados Unidos, su hermana y el marido tuvieron que pedir también asilo en España, y al hermano de su cuñado le mataron. Los progenitores se niegan a abandonar el país y aguantarán hasta donde puedan para preservar lo que crearon a base de trabajo toda su vida. «A mí me amenazaron, me dijeron que no podía estar en la calle. También amenazaron a mi mujer y a la niña. Aunque ahora tiene 13 años, no la dejábamos ir al colegio porque las violan y la matan. A mí nunca me pidieron unirme a las maras, pero a mi padre le dijeron que colaborara y, como no quiso, le reclamaron más dinero, mandan a niños de siete años a las casas con el recado», comenta Alberto.

Advierte que lo mejor que te puede pasar es que te golpeen y te roben. Lo peor, dice, desaparecer del mapa, que es lo que sucede a menudo. «Desaparece mucha gente porque sin cuerpo no hay delito. Hay días de 20, 30, 40.... Un black friday es cualquier viernes. Los jóvenes no andan con documentos para que si te lo cogen, no sepan donde vives. La mujer que llevaba el pelo teñido de rubio se decía que pertenecía a la mara Salvatrucha y la que lo llevaban rojo, se suponía que era de la mara 18. Depende de los zapatos que uses te consideran de una mara o de otra».

«Alquilar un piso no fue fácil, pero ya lo tenemos y ahora nos hemos independizado»

En la actualidad Alberto, María y su familia han pasado a la segunda fase del programa del Ministerio del Interior para refugiados que gestiona Cruz Roja. Ya no residen en el piso que la organización les facilitó al llegar y se han tenido que buscar la vida, aunque siguen teniendo su respaldo. El Ministerio les ayuda con el pago del alquiler y las necesidades básicas y Cruz Roja mantiene con ellos el itinerario en temas de inserción laboral.

«Alquilar un piso no fue fácil, pero ya lo tenemos y nos hemos independizado. Pagamos 380 euros», indica el joven. Ahora espera que a él y a su familia les concedan la protección internacional solicitada, que aún puede tardar en torno a un año y medio, salvo en caso de colectivos vulnerables.

«Al principio nos hubiera gustado ir a la misma ciudad española que mi hermana, pero ahora ya nos planteamos una vida en Vigo. Hemos quitado el miedo a perdernos, la niña va y viene sola al colegio y estamos bien. No podemos volver a nuestro país por el peligro que sería», comenta casi emocionado. Sabe que lo más probable es que no vuelva a ver a sus padres, algo que ellos mismos le advirtieron al marchar.

En El Salvador, dice, el problema no es económico, es de seguridad. Mucha gente no trabaja por no salir de casa. Otros huyen como ilegales a Estados Unidos pagando entre 7.000 y 9.000 dólares a los intermediarios, los llamados coyotes. También están los que optan por meterse en las maras para evitarse problemas. «Para que te dejen ser marero tienes que matar antes a alguien y puede ser cualquiera que pase por la calle. A veces se encuentran brazos y piernas de los cadáveres, del resto del cuerpo no se sabe nada», apunta el ciudadano salvadoreño.

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