Patrimonio histórico deteriorado, maleza y abandono en Freixeiro

El muro del pazo da Pastora tiene desprendimientos y el templo de Santo Tomé, del siglo XVII, sufre pintadas políticas

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vigo / la voz

La asociación de vecinos de Freixeiro está recogiendo firmas para denunciar el abandono del barrio. La propia entidad vecinal se encuentra en precario. Los socios apenas caben en la sede y el dueño de la casa donde se ubica va a venderla y no tienen local para trasladarse. La presidenta, Generosa Acosta, Geni, hace honor a su nombre y no escatima detalles en un recorrido largo por la parroquia en la que residen 5.000 almas y se encuentra situada junto al cinturón de circunvalación y Castrelos, con la que limita. Flanquean a la presidenta otros miembros del colectivo como Jesús Manuel Pérez Gestoso, Manuel Jesús Pérez y Generosa Longa, además de María Pérez, presidenta de la Federación de Asociaciones de Vecinos. Todas estas personas corroboran el malestar por «el abandono de Freixeiro».

El origen de la parroquia es la iglesia de santo Tomé, fundada por un fraile en el siglo XVII. Al contemplar su impresionante fachada se observa una pintada de Briga, el grupo independentista que afea un monumento histórica de granito con gran valor patrimonial. La iglesia se encuentra vacía y los vecinos reclaman que se le de uso cotidiano. Detrás de ella se construyó un templo moderno de factura horrible, que es el lugar de las celebraciones religiosas. Pero otros elementos patrimoniales también presentan deficiencias a simple vista. En el muro que rodea al pazo da Pastora se puede observar una construcción de hormigón que divide el jardín del pazo en dos. Los vecinos señalan que el reparto fue una cuestión de herencias. «Una parte del muro está bien pero otra está muy descuidada y hay desprendimientos de piedras. Es peligroso. El otro día cayó una piedra justo cuando pasaba yo por la calle y casi me golpea», asegura Rosa, otra vecina.

El pazo se encuentra cerca del parque del Pontillón, situado junto al río Lagares y pegado al cinturón de circunvalación. Hasta hace dos años había mesas y sillas de piedra. Ahora parte de este mobiliario urbano se encuentra desaparecido. Alguien se lo llevó en una camioneta. La maleza crece en la zona, muy húmeda. La hierba está muy alta, lo que dificulta pasear con comodidad. El lugar «se ha convertido en un sitio para sacar a los perros», dicen los vecinos, que llevan dos años quejándose de esta situación. El pequeño parque tiene una fuente que antes procedía de manantial y ahora arroja agua de la traída. Es lo único que parece funcionar correctamente porque en la valla que separa del cauce del río cuelgan bolsas de basura, lo que indica que no se recogen mucho los residuos en este entorno en el que antes se celebraba la fiesta de San Xoán.

Cerca del río, Josefina Rivas arrastra su carrito de la compra por runa estrecha acera. En la parroquia son más angostas que en otros lugares de la ciudad. La maleza exuberante de las fincas sin limpiar dificulta el paso de los peatones. Hay un gran pino inclinado junto a unos cables que afean la fachada de un edificio. «Tenemos miedo de que por los temporales y las luvias la base del pino se socave y el árbol caiga sobre el cableado y tengamos una avería importante en el alumbrado», dice los vecinos.

Una de las travesías de la calle A Pastora está sin asfaltar y olvidada por los barrenderos. «No la tenemos en el mapa», se disculpa una de las empleadas de FCC que pasa la escoba por el barrio. La calle de tierra está llena de viviendas humildes. Se hallan pendientes de que el plan de Urbanismo las derribe y el solar de paso a grandes edificios. Mientras eso sucede, o no, los propietarios de las casas sufren las incomodidades de unos accesos que se embarran continuamente por no estar alquitranados. En la zona también hay una vivienda abandonada que fue pasto de las llamas. Se encuentra en ruinas y a punto de caerse. Antes vivía un okupa en ella, ahora parece abandonada.

En la zona no hay demasiada luz de noche y tiene una explicación, la farola del alumbrado público que se encuentra en la esquina con el muro del pazo da Pastora está oculta por las grandes ramas que la rodean. Nadie ha podado los árboles. Ni el dueño de la finca ni subsidiariamente el Concello. Los vecinos piden un poco más de atención. «Los que estamos en el rural pagamos impuestos como todo el mundo», concluye Geni, la presidenta de la asociación vecinal

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