A Guía cobija una de las plantas más tóxicas del mundo

Un ejemplar de gran porte de este exótico arbusto crece libremente en la ladera norte del monte


Amigos da terra vigo@tierra.org

Pasear por la cara norte del monte de A Guía, la que se orienta hacia el fondo de la ría de Vigo, todavía nos puede reservar algún descubrimiento digno de mención. Es una zona que aparentemente pocas sorpresas nos puede ofrecer más allá de las hermosas vistas y el espectacular paisaje. Por cierto ocupado por acacias invasoras taladas en su día sin que nadie se preocupase de evitar su rebrote. El paraíso de las especies exóticas invasoras que ya era esa ladera del monte, lejos de reducirse aumenta gracias a nuestra inestimable ayuda. Que esa zona sea una de las premiadas como sendero azul es un buen indicador del rigor ambiental que tienen estas banderitas azules que ya ondean por doquier.

El caso es que el pasado otoño descubrimos una planta que llamaba la atención creciendo a su aire y feliz en medio del monte. Era una planta enorme, en realidad un arbusto, que superaba los dos metros de altura, con unas hojas palmeadas con cinco lóbulos de un tamaño también colosal y unas flores amarillas dispuestas en racimo que se transforman posteriormente en una cápsula de pinchos del tamaño de una pelota de tenis cobijando sus abundantes semillas.

Algunas cosas llamaban la atención. Como que creciera en solitario en mitad de una ladera expuesta al norte sobre un suelo acidificado por las acacias, pero sobre todo, que semejante profusión vegetal no mostrase ni la más mínima señal de ser masticada por ningún bichito ni parasitada por ningún hongo. Los indicadores eran claros: o se trataba de una especie exótica (no invasora, pues solo encontramos un ejemplar) o de una especie altamente tóxica, sin descartar una combinación de ambas cosas.

El quebradero de cabeza fue importante, pero finalmente conseguimos identificar a esta especie misteriosa. Nuestra amiga es una vieja conocida popularmente por su aceite, pero originaria de África. Se trata del ricino, que en contra de lo que dice su nombre científico, Ricinus communis, no es nada común y, agárrense, figura entre las diez plantas más tóxicas del planeta.

Como todas las plantas, su veneno es un mecanismo de defensa, en el caso del ricino ciertamente eficaz, para defenderse de sus depredadores, pero con no ingerirla (mejor ni tocarla) se soluciona el problema. Pero una vez presentada nuestra amiga, nos sonará conocido, no por su agradable sabor, el legendario aceite de ricino que se obtiene a partir de sus semillas tras una cocción prolongada a alta temperatura para destruir la ricina, uno de sus componentes tóxicos. Se utiliza como un potente purgante estomacal. Ese mismo aceite tiene diversas aplicaciones cosméticas e industriales. Pero si habitualmente recomendamos prudencia y asesoramiento experto, en este caso toda precaución es poca.

 ¿Y cómo llegó nuestra amiga a crecer en medio del monte de A Guía? Lo más razonable sería pensar que en algún jardín próximo alguien la tiene plantada, pues se utilizaba mucho en jardinería por su denso follaje hasta que se fue conociendo su pertenencia a las plantas más venenosas del mundo (no se alarmen, muchas plantas de interior que tenemos decorando las macetas de nuestras casas son también muy venenosas) y en labores de limpieza tiró por allí sus restos. Tratándose de una especie exótica en nuestras latitudes pero no invasora, pues bienvenida sea a esta zona todavía no humanizada porque su toxicidad no es incompatible con su aspecto ciertamente impresionante.

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