El nombre


El fantasma de Jules Verne se pasea cada noche por el Museo de Arte Contemporáneo de Vigo. Se acerca a la recepcionista y le pregunta: ¿Este es el Museo de Arte Contemporáneo? ¿Y el arte contemporáneo, dónde lo puedo encontrar? La recepcionista adopta esa imagen whatsappera en la que un icono levanta los brazos a la vez que encoge los hombros. Ni idea. Y mis contemporáneos, ¿dónde están?, vuelve a preguntar el imaginativo literato. «Están muertos», le contesta la chica que corta las entradas. Jules Verne se palpa, se pellizca y se reafirma: «¡Pero yo estoy vivo!», grita. «Sí», le dice ella, pero en cada uno de sus libros, cuando alguien los lee. Aquí no se pueden leer, solo ver y no tocar, y por favor, no pise esa raya, que es obra. «Entonces ¿qué hago aquí?», dice, deambulando por las estancias, buscando a los amigos que conoció, como Sanjurjo Badía. «Pues mire. señor, ese está en el Museo do Mar, que es donde están los barcos, los peces y los submarinos», le contesta la mujer.

Los nombres de las cosas, aunque no lo parezca, tienen su importancia. Están para algo. Lo primero, para identificar personas y cosas. Y si bien es cierto que hay personas que deciden cambiar de nombre porque no se sienten identificados con el que les tocó en gracia, suele ser una opción individual, ya que uno es dueño de su nombre y la ley lo permite. Pero nadie es dueño de los nombres de las cosas y menos, de las que son de todos. En todo caso, Dios es el único que puede. Porque como decía Bob Dylan en aquella canción: «God gave name to all the animals». Pero eso fue «in the beginning, in the beginning».

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