«Jichos» de los cinco continentes

Músicos, abogados, hosteleros y deportistas extranjeros han hecho de Vigo su hogar


vigo / la voz

Existen infinitas razones para hacer las maletas. Por motivos laborales, por amor, por dar un giro radical a la vida, por verse obligados a huir de su país... Sea cual sea el motivo que los ha traído a Vigo, el efecto es siempre el mismo. Flechazo inmediato. Sus gentes, sus playas, su gastronomía. Sobran los motivos para enamorarse de esta ciudad. Tanto, que a ninguno de los cinco vigueses de adopción procedentes de rincones de los cinco continentes reunidos por La Voz se plantea abandonar su nuevo hogar. «Todo Vigo es mío, aquí está una parte de mi alma», exclama Rimas Zdanavicius, el músico lituano de 80 años que dirige el coro Apóstol Santiago y que ya lleva aquí un cuarto de siglo.

El amor fue lo que trajo a Alí Salem Mohamed a Vigo hace 42 años. Sus visitas a la ciudad eran habituales para visitar a su hermano, en una de ellas conoció a la madre de sus hijos y decidió establecerse en la ciudad. Luego regresaron al Sáhara, pero el estallido de la guerra con Marruecos lo obligó a hacer de nuevo las maletas para asentarse de forma definitiva en Vigo. «Pasé unos años malos, al principio me costó mucho por el frío y la humedad, parecía que la ropa estaba siempre mojada», recuerda Mohamed su período de adaptación. Ahora es un vigués más y está plenamente integrado en la sociedad. Es entrenador de baloncesto del Seis do Nadal e incluso participa activamente en los actos que organizan los jubilados en defensa de las pensiones. «Tienen que estar los jóvenes también, nosotros estamos acostumbrados a luchar y seguimos peleando, pero esto le va a afectar más a ellos que a nosotros», reclama.

El objetivo de cambiar el mundo, al menos el de su país de origen, fue lo que trajo a Lisbeth Rojas a Vigo. «La situación en Venezuela se iba a poner cada vez peor y vi que era el momento de emigrar», explica Rojas por qué abandonó su país en el 2007. Abogada de profesión, Rojas trató de luchar contra el régimen de Chávez desde España pero pronto se dio cuenta de la ardua tarea que se había marcado así que recientemente orientó su activismo a prestar ayuda a compatriotas que como ella llegan a Vigo en busca de un futuro mejor. «Elegí Galicia porque en Venezuela había muchos gallegos y pensé: es hora de que nos devuelvan la moneda», reconoce Rojas, que no pudo resistirse a los encantos de sus nuevos paisanos. «Los gallegos al principio son un poco cerrados pero cuando te los ganas, tienes un amigo de verdad», confiesa.

Natsumi Tomita dirige junto a su pareja el restaurante japonés Roku Seki, en el mercado del Progreso. Con solo 26 años decidió explorar el mundo para conocer otras culturas. Abandonó su hogar al norte de Tokio, Saitama, para recalar en Barcelona. Allí se enamoró de un ourensano, juntos se mudaron a Valencia y seis años después se instalaron en Vigo. «Llevamos un año y medio aquí, montamos un restaurante y estoy muy contenta, pensé que iba a ser peor la acogida, pero la gente es muy abierta y tuve suerte porque conocí buenos amigos», relata esta nipona que también en España apostó por romper clichés y abrió un restaurante japonés que no prepara sushi.

El continente oceánico es una de las mejores canteras del mundo del rugby. Desde Tonga, llegó Maka Tatafu en el 2013 para dar un salto de calidad a la plantilla del Vigo Rugby Club, pero la ciudad le devolvió su aportación con creces. «Vigo es una ciudad muy cómoda, la comida es muy buena y la gente fue muy amable conmigo. La gente me reconoce por la calle», destaca el deportista que acaba de ser padre hace escasos meses.

La estancia de Rimas en Galicia iba a ser corta, pero tan pronto como puso un pie en la tierra de Breogán supo que el idilio iba a ser largo. No fue el mar ni la playa lo que lo cautivó, más bien las montañas de Ourense y del Xurés. «Conozco toda Galicia y ya tengo fama de ello entre mis amigos», presume Zdanavicius. El tiempo libre que le deja la música lo dedica a conectar con la naturaleza. «Me gustan los pueblos de montaña, su arquitectura y su naturaleza, esquié mucho en Manzaneda y hago andainas por el monte», señala este lituano, que llegó a Vigo para dar clases durante un año en el conservatorio Mayeusis, lo que más le gusta de su segundo hogar.

Morriña sí, regresar, no

Aunque es una palabra gallega, la morriña es un sentimiento universal. «Como se dice aquí, a terriña tira moito», dice Ali Salem que visita todos los veranos a su familia saharaui. Zdanavicius también sigue muy ligado a su Lituania natal al igual que Tatafu, aunque solo volverá a Tonga para «visitar a la familia y amigos». Rojas y Tomita no volverán a su país ni de vacaciones. «En Japón a los 20 años tienes que hacer tu vida», explica. Mientras que a la venezolana que ya trajo a su familia a Vigo, «le da miedo volver».

Vinieron de fuera pero no son extranjeros. Por su integración y participación en la vida social viguesa son jichos de verdad.

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