Réquiem por los castaños de Indias de la Gran Vía

La futura escalera mecánica obligará a talar los árboles


Amigos da terra vigo@tierra.org

No es la primera vez que recordamos a García Márquez, y hoy otra vez tenemos una despedida, porque el día que iban a talar los castaños de Indias de Gran Vía florecieron. Se trata de la crónica de una muerte anunciada. Al menos esta vez tenemos tiempo para abrazarlos y despedirnos. Para ello, nada mejor que conocer a nuestros aesculus hippocastanum , que así se les llama.

Si tuviéramos que resumir las características de tan veteranos vecinos encajaría perfectamente el dicho de que las apariencias engañan, porque casi nada en nuestros primos es lo que parece. La primera sorpresa empieza por su nombre y sigue con su apellido porque para empezar nuestros queridos castaños pertenecen en realidad a la familia de los arces.

El siguiente juego al despiste tiene que ver con su origen. La denominación «de Indias» nos remonta quinientos años atrás, cuando Colón informó a los nativos americanos de que existían y, de regreso, se trajo unos cuantos bichos y plantas (y nativos también) para mostrar el exotismo del presunto nuevo mundo. Pero no, realmente el origen de nuestros amigos arbóreos nada tiene que ver ni con las Indias orientales ni las occidentales, sino con el Monte Pindo, pero tampoco el de Carnota, sino la cordillera que cruza el norte de Grecia y también es autóctono en los Balcanes.

Desde allí se fue extendiendo, fundamentalmente como árbol ornamental. Sus hojas son compuestas, con cinco partes dispuestas como una mano a diferencia de los castaños auténticos de una sola hoja; y sus flores, blancas y en racimo, sin apenas aroma, crecen como una pirámide hacia arriba a diferencia de las amarillas y olorosas candeas de sus primos.

El juego de las apariencias engañosas continúa con sus frutos, que asociamos a las castañas, que tampoco lo son en un doble sentido, porque ni son castañas, aunque lo parecen, ni tampoco frutos, ya que en realidad el fruto es el erizo que las contiene. Las aparentes castañas son simplemente semillas y aquí entra la sabiduría popular que las denominó castañas das bruxas como sistema de advertencia para diferenciarlas de las sabrosas semillas de los castiñeiros autóctonos, porque las castañas de los castaños de Indias no son comestibles, aunque tampoco especialmente tóxicas. Contienen un 25% de saponina, una sustancia similar al jabón, lo que las convierte en extraordinariamente amargas, lo que no ha impedido utilizarlas para alimentación animal (a los caballos les resultan especialmente agradables, tanto que lo conocen por media Europa como horse chestnut o castaña de caballo) y para extraer aceites similares al de cacahuete tan del gusto de los paisanos de Trump.

 

Propiedades

 

Pero entre sus propiedades y usos tradicionales destacan especialmente las sustancias vasoconstrictoras de sus hojas y corteza. Fueron utilizados tradicionalmente, y se siguen usando en la actualidad, para aliviar varices y hemorroides e incluso como fortificante tónico capilar en forma de champú.

En Vigo tenemos ejemplares notables de castaños de Indias, entre los que destacan, de momento, los trece ejemplares de Castrelos que superan los 120 años, apenas la mitad de su longevidad media. Pero en una ciudad tan propensa a la ironía no podía faltar un detalle simpático. Quien se encargó de las hermosas infografías que ilustran el proyecto del Vigo Vertical de Gran Vía las diseñó, suponemos, antes de saber que en la Praza do Rei se les había dictado la sentencia de muerte y así, hermosos, enormes, frondosos y heroicamente vivos, figuran nuestros castaños de Indias en la recreación virtual de cómo quedará el prodigio mecánico. Es una imagen tan bonita como falsa.

Hoy sabemos que mañana no estarán esos árboles que nos dieron luz, sombra, oxígeno, amortiguaron el ruido, mitigaron el cambio climático y convirtieron en respirable nuestro aire durante más de medio siglo pero que tuvieron la imperdonable osadía de crecer confundiendo libertad con libertinaje. Su castigo será la motosierra y seguramente en esta actividad forestal no veremos a nuestro alcalde en la foto rodeado de niños y niñas.

Pero antes, por última vez, podremos verlos florecer, nos podremos cobijar bajo sus hojas, y podremos ver sus últimos frutos antes de que los corten. O también podríamos intentar impedirlo, aunque solo sea para que conste que al menos lo intentamos.

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