La pasión por el chocolate sin aristas

El pastelero vigués Ángel López Vázquez disfruta creando figuras de chocolate desde la madrugada a la noche


vigo / la voz

El huevo de Pascua es una tradición que en Galicia no tiene tanto predicamento como el roscón, pero el huevo de chocolate y sus variantes también tienen su público. Los amantes del cacao, los enamorados de las filigranas artísticas y los niños son sus principales fans. En esta época no hay escaparate de pastelería que se sustraiga a atraer a la clientela con figuras más o menos originales, dependiendo de la habilidad de las manos artesanas que están detrás de su elaboración.

Las de Ángel López Vázquez están entre las que se lo trabajan duramente en la panadería Travesía de Vigo, en el 157 de la transitada vía. Para él, la Pascua no dura una semana, sino que empieza mucho antes. Prácticamente desde que acaba Navidad ya está en faena, haciendo y empaquetando huevos, dejando las figuras creativas para el final.

El vigués sabe bien lo que es estar metido en harina desde muy joven. «Mis padres montaron el negocio justo el año que yo nací, en 1987. Yo tengo vocación desde niño. Cuando no tenía colegio, en verano, a las 10 de la mañana ya estaba aquí, con mi madre, Marisol, en el mostrador. Lo mamé desde niño», cuenta. Su hermano, Óscar, también aprendió allí el oficio, aunque en este momento está en otro sector.

El establecimiento se creó como panadería y sigue siendo su punto fuerte, pero la segunda generación de los López añadió dulzor a la producción. Al incorporarse, reconoce que la pastelería le enamoró.

Su padre, Gabriel, le enseñó a hacer pan y todavía le echa una mano de vez en cuando. En su obrador se elabora de forma artesanal, al peso, amasando y dando forma a cada pieza. Cada jornada salen unas mil barras crujientes. Ángel empezó aprendiendo repostería con el empleado que tenían entonces. Así conoció las técnicas básicas. Pero quería más y en cuanto pudo se apuntó a cursos de formación. Y lo hizo cuando pudo, ya entró en el negocio con 17 años y a los 19 se responsabilizó de él.

Mientras tanto, devoraba libros, revistas de pastelería e Internet hasta que con 19 años se fue a Barcelona a aprender con uno de los mejores maestros, Claudio Uñó, de Mataró. Y después, cada vez que puede. La última fue a hacer un curso al lado de Raúl Bernal, otro gran maestro pastelero con estilo propio que ha creado una línea de monas de Pascua que elabora solo con esferas y huevos. Ángel se trajo la lección bien aprendida, aunque el profesor solo les enseña la técnica con un par de sus creaciones. Los alumnos ganan destreza practicando y usando la imaginación. Nada de líneas rectas. Adiós, tableta. Bienvenidos a un mundo sin aristas. De esa sesiones ha sacado este año una simpática fauna de chocolate de ojos saltones: cerdos, jirafas, elefantes, ranas, patos, cocodrilos e insectos que esperan a ser devorados con deleite.

«El chocolate no se estropea, si no lo has mezclado con nada más, se puede aprovechar porque se funde, como el oro», cuenta. Aunque se trabajan muchas horas, el vigués reconoce que la Pascua es la época que más disfruta, revela mientras remata un gusano gigante de chocolate blanco formado por un montón de esferas, que lo hace cuando finaliza la tarea del día y porque le gusta, aunque esté agotado. Ahora tiene en mente hacer un gorila gigante espectacular que vio en Internet y le gustaría ser capaz de reproducir.

En esta época, el pastelero vigués entra a las 5 de la mañana en el obrador y dan las 9 de la noche y sigue allí. Pero no le preocupa. Al contrario. «Me apasiona. Reconozco que es muy sacrificado, tienes que echar horas mientras tus amigos están por ahí, fines de semana, vacaciones Navidades..., pero si te gusta, lo haces con buen humor», argumenta. Su pareja, Rocío Fernández Borges, trabaja en una cafetería pero en Pascua acude en su ayuda al salir y de paso, aprende a su lado.

Ángel tuvo la oportunidad de firmarse en la mejor escuela de repostería que quisiera. «Mi padre me dio esa oportunidad en su momento y como entonces tenía una novia, dije que no. Ahora me arrepiento», lamenta. De todas formas, es consciente de que las florituras con mucho trabajo detrás no tienen mucha salida. «La gente quiere figuras que no cuesten más de 20 a 25 euros», lamenta. Las que son arte cuestan mucho más.

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