Las otras esculturas mareadas

El conjunto dedicado a los héroes de la Independencia giró por varios espacios espacios de la ciudad


vigo / la voz

En Vigo hay tradición de marear las esculturas. En ella se encuadra el cambio de ubicación proyectado para Los Rederos, pensado por Ramón Conde para el arranque de la Gran Vía. No es la primera obra que se cambia de lugar. Hubo incluso varios casos en los que las piezas fueron paseadas inmisericordemente por la ciudad. El paradigma del baile de estatuas es el monumento a los héroes de la Independencia, actualmente situado en la plaza del mismo nombre. Su recorrido por los rincones de la ciudad podría servir para trazar el recorrido de una prueba atlética. Su construcción ya supuso una carrera por etapas, ya que los contratiempos fueron constantes en su nacimiento y crecimiento. La decisión de levantar este monumento se tomó en la corporación viguesa durante el primer centenario de la Reconquista, aunque no fue encargada a Julio González Pola hasta el año 1923. La muerte del escultor y la falta de presupuesto retrasaron su inauguración completa hasta el año 1947. No obstante, la parte inferior pudo ser vista antes incluso de la guerra civil en la plaza de A Pedra, entonces llamada plaza de Villavicencio. Su escalada por las colinas de la ciudad la llevó hasta el pie del Castro. Tras recuperarse del esfuerzo, el monumental recuerdo continuó su ascensión hacia la Plaza de España. Allí le habían prometido un puesto, que solo duró el tiempo que tardó Cesáreo González en donar una fuente a la ciudad. Morillo, Cachamuiña y compañía tuvieron que levantar el campamento y desplazarse nuevamente. La creación de la Plaza de la Independencia apareció como anillo al dedo para el molote. Las obras de humanización de la plaza todavía la desterraron por algún tiempo a la praza del Rey, para descansar por fin en la Plaza de la Independencia.

Otro ejemplo suficientemente grande, debido a su tamaño, lo protagonizó el monumento que guarda la memoria de José Elduayen y Gorriti. En agosto de 1896, la corporación inauguraba la figura en el lugar donde pocos años antes se erigía la batería de A Laxe. Un sólido pedestal, realizado por Jenaro de la Fuente, anclaba en tierra firme el trabajo realizado por el escultor Agustín de Querol. El político conservador murió año y medio después de verse perpetuado con la mirada fija en la bajada de A Laxe. Pocos años después, comenzó el movimiento. La estatua fue desplazada varios metros hacia el este y fue girada para que el prócer local contemplase el ensanche. Los innumerables cargos públicos que ostentó en vida Elduayen habían forjado en él un carácter cosmopolita y, quizá por ello, nuevamente decidió cambiar de lugar y paisaje. Ahora se en Montero Ríos pero ha sucumbido a la tentación de efectuar un nuevo giro corporal y dirige su mirada hacia sus antiguos emplazamientos.

El baile pétreo también afectó al archimillonario José García Barbón, aunque en este caso con menos virulencia que en el anterior. El ourensano, tras hacer fortuna en La Habana, se afianzó en Vigo. Importantes donaciones a la ciudad le valieron una estatua, que se encargó de plasmar Asorey. Cobijado por la frondosidad de los árboles, situados en la confluencia de su calle con Alfonso XIII, vivió tras la muerte el bueno del potentado indiano hasta que fue víctima del mal vigués de las estatuas. Un buen día, algunos ciudadanos creyeron verle sobrevolando la calle que lleva su nombre con destino a una rotonda. Ahora, descansa en la rotonda de Isaac Peral, de espaldas a donde se levantaba su mansión. La nueva situación dejó la estatua con las vergüenzas al aire ya que Asorey la ideó para apoyar la parte trasera contra un muro.

La estatua pública más antigua de Vigo es Neptuno. Dicen las crónicas históricas que se trata de una escultura del siglo XVII, que en su día adornaba una fuente en la Puerta del Sol. A finales del siglo XIX, cuando se abría la calle de Elduayen, la fuente fue desmantelada y la estatua estuvo a punto de perderse entre los cascotes. Le atribuyen al secretario municipal Manuel Olivié la salvación de la talla que, tras una temporada en su poder, fue traslada a los jardines del pazo de Castrelos, donde fue restaurada en 1986.

En el caso de Curros Enríquez se produjo el efecto yo-yo. Su estatua fue encargada a Coullat Valera por la sociedad La Oliva e inaugurada en 1911 en la Alameda. Sin embargo, varias décadas después alguien decidió esconderla en un rincón del parque de O Castro. Allí permaneció hasta que en el 2008, la efigie del poeta regresó al bullicio ciudadano, haciéndose un espacio en la prolongación de la Alameda.

Menos suerte tuvieron los aros olímpicos de Xuxo Vázquez, que en realidad se denomina Unidad abierta. Estuvo en un lateral del estadio de Balaídos hasta que fue traslada a la rotonda cercana. Claro, que su recorrido fue cortado de raíz cuando el actual alcalde la desmontó y la envió al depósito municipal de Lavadores. De ese mismo almacén salió hace diez años para desandar el recorrido realizado años antes la fuente de los tritones. Pensada por Jenaro de la Fuente para la plaza de Portugal, el conjunto estuvo allí situado hasta que se decidió enviarlo a Santa Cristina.

La efigie dedicada a Elduayen rotó sobre sí misma y se desplazó por

las Avenidas

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