Esta semana se desató una agria polémica con respecto a un artículo mío en el que descarto que algunas palabras sean propias y exclusivas del habla de Vigo. En concreto, tenis es castellano puro, recogido en el diccionario de la RAE, como zapatillas deportiva, en su acepción número 3. Choio es una palabra galega que significa trabajo, empleo. Jicho es otro vocablo galaico, enunciado con gheada. Y patatilla no se dice sólo en Vigo: también en las Baleares. En redes sociales no escasearon los insultos, fui acusado de enemigo de Vigo y se propuso arrojarme a los cascos de los caballos de la plaza de España. También me recomendaron viajar más, lo cual me divirtió enormemente. Y, por momentos, me vi protagonista de la inolvidable secuencia de la lapidación en La vida de Brian.

Sin embargo, de todo se aprende y he aquí un fenómeno: existe un poderoso sentimiento en Vigo en defensa de la ciudad y de su identidad. Puede que a veces se vuelva contra el enemigo equivocado, pero algo ha sucedido en los últimos tiempos. Y probablemente sea que en Vigo vuelve a haber vigueses. En rotunda mayoría, además. Porque hubo décadas de una cierta disolución de ese sentimiento. Desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, el tema de Vigo era algo importante en Vigo. La gente se preocupaba por su historia, por su urbanismo, por su progreso... Y luego esto se perdió con cierto aluvión de las décadas oscuras del desarrollismo. Pero ha vuelto. De nuevo hay vigueses y son mayoría. Y ha regresado algo muy parecido al amor por esta ciudad. Es toda una noticia, que explica muchas cosas... y me anima a perseverar en el experimento.

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