Una oportunidad perdida

Los menos habituales desperdiciaron el partido, marcado por la falta de peso del centro del campo y el ataque


Vigo / La Voz

Por nombres, el once que Juan Carlos Unzué calcetó para calentar la fría noche de Balaídos era un equipo aseado que más de un entrenador de Primera querría para su alineación inicial. De hecho, prácticamente todos los jugadores podrían ser titulares y en la zaga no había ni una rotación. Sin embargo, el espectáculo que el Celta ofreció fue gélido y los hombres menos habituales, los que en teoría debían dejarse la piel para reivindicarse ante su entrenador, tiraron por la borda una oportunidad de oro. Un par de conducciones de Mor, alguna carrera de Hjulsager, y poco más.

El Celta no funcionó en grupo. De hecho, apenas funcionó. Le faltó intensidad, presión, ganas, velocidad y sobre todo, balón, y aunque quizás era en los últimos metros donde más se veían las deficiencias, posiblemente era en la sala de máquinas donde se encontraba el problema.

Radoja regresó al ralentí al once titular. El serbio, que tan buenos partidos ha regalado al celtismo, funciona en modo diésel y le cuesta coger ritmo. Si a eso se le añade que su confianza puede estar maltrecha, el resultado es un partido como el del martes, en el que ni puso músculo ni creatividad. Lo mismo que un Brais Méndez que sí está contando con la confianza de Unzué, pero al que todavía le quedan unas cuantas etapas antes de rodar a nivel de Primera División. El tercero en discordia, el Tucu Hernández, hizo el martes uno de sus partidos más flojos en mucho tiempo. No puso ni el peso ni la experiencia que acostumbra a aportar a la medular, de manera que los tres jugadores que debían hacer funcionar al grupo, los encargados de cortar y crear, no hicieron ni lo uno ni lo otro.

Fútbol con poco sentido

El Eibar les comió todo el terreno y la iniciativa, aunque en la segunda mitad los célticos intentaron refrescar su imagen. El escaso fútbol que propusieron los de Unzué surgió a borbotones, sin mucho sentido, y una vez se adentraba en territorio eibarrés se desnortaba. No había pases filtrados ni balones con criterio. Mucho menos jugadas trenzadas y bien llevadas, de manera que los tres hombres de arriba, todos nórdicos y necesitados de minutos, apenas dispusieron de balones para intentar hacer algo.

Hjulsater probó a tirar de velocidad en un par de oportunidades, Emre Mor presumió de conducción, de clase y de cegarse a la hora de la verdad, y Guidetti se cansó corriendo como pollo sin cabeza a ver si pescaba un balón con el que ver portería. Mucho sudor para nada.

El Celta de otros tiempos, que jugaba de memoria, de forma coral y con una idea muy clara en la cabeza, no apareció en la Copa del Rey. Quizás le faltó motivación, se creyó ganador antes de arrancar la contienda o se contagió de la noche helada que azotaba el triste estadio de Balaídos. Lo positivo es que incluso así el equipo está en octavos. Lo malo es que los suplentes se mostraron desconectados, pésima noticia. Además, a la vuelta de la esquina espera el Barcelona, y ese es otro cantar. Claro que también habrá otra actitud. Mal consuelo.

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