«Los piratas consumían droga a diario. Estuvimos en mucho peligro»

Ricardo Blach, patrón del «Alakrana» en el momento del asalto, no olvida los angustiosos 46 días que pasaron privados de libertad y sometidos a vejaciones

«‘‘¡Son piratas, son piratas!’’ Este fue el último mensaje que se pudo escuchar del atunero vasco Alakrana, asaltado ayer de madrugada mientras faenaba a 600 millas de la cosa, en aguas internacionales del Índico». Así daba cuenta La Voz de Galicia el 3 de octubre del 2009 del secuestro del pesquero con 36 tripulantes a bordo. El baionés Ricardo Blach era uno de ellos. El entonces patrón del buque, ahora jubilado, revive aquellos interminables 46 días no solo privados de libertad, sino también sometidos a múltiples vejaciones por parte de sus captores. «Los piratas consumían droga a diario. Venía una avioneta desde Kenia y la lanzaba al barco. Eran unos fajos de algo parecido al laurel que llamaban cap. Se les salían los ojos», relata Blach, que asegura que aquella odisea sigue muy presente en su vida: «Eso no se olvida. Fue una tensión muy gorda. Estuvimos en mucho peligro».

Las personas sometidas a situaciones de estrés como la que vivieron los tripulantes del Alakrana procuran evitar sufrimiento a las familias -«Se van a enterar de algunas cosas hoy en el periódico; mi mujer ni lo va a leer», dice-, por eso cada vez que aquellos angustiosos días podían comunicarse con ellas, les decían que estaban bien.

«Los piratas consumían droga a diario. Estuvimos en mucho peligro» El baionés Ricardo Blach, expatrón del «Alakrana», secuestrado en octubre del 2009, no olvida los angustiosos 46 días que pasaron privados de libertad y sometidos a vejaciones en el atunero vasco por parte de piratas somalíes.

Pero no era cierto. «Por momentos, el puente del barco se convertía en un ring. Se peleaban entre ellos y tú allí en el medio, incluso se ataban y se ponían todo el día al sol. No sabías lo que iba a pasar», relata. El hecho de no entenderse, ya que no hablaban inglés ni francés, complicaba las cosas. «Marcaba el radar una nube de lluvia y pensaban que era un barco, o cambiábamos un motor auxiliar por otro y como hacía un ruido distinto creían que venía un avión y empezaban a disparar al aire con los Kalashnikov. No había manera de hacerles entender que era ruido de motor».

Pasaron días antes de que les permitieran ducharse, aunque apenas se mojó mientras le apuntaban por la espalda con un fusil de asalto. Para entonces, los piratas ya lo habían robado casi todo. «Tuve que ponerme la misma ropa porque en el armario no quedaba ni un calcetín», dice. Por supuesto, ya habían abierto la caja fuerte y se habían llevado los 30.000 dólares y los 50.000 euros que guardaban en ella.

La mayor preocupación de Ricardo Blach, que compartía puente con el capitán, era la tripulación, que estaba en otra planta del buque. «El temor a que alguno pudiera perder la vida era grande porque cada poco, para asustarles, disparaban. Como estaban drogados no se sabía lo que iban a hacer. No podíamos hablar con nadie. Menos mal que en un momento dado eligieron a Rafael, otro baionés, para que nos subiera la comida y pude preguntarle. Claro, sin dirigirme a él para que no nos descubrieran». Una comida que la mayoría de los días no probaba porque un secuestrador «con los dientes podridos» la pasaba por su boca antes de escupirla en el plato. Adelgazó 9 kilos.

Si algo querían los secuestradores era amedrentar y sobre todo hacerse hueco en los medios de comunicación para lograr su propósito. Por eso les dejaban hablar con periodistas. «‘Diles que te vamos a matar’, me pedían mientras me zurraban». En aquellos permisos para hablar con periodistas Blach encontró la fórmula para comunicarse tanto con su mujer como con el armador o la fragata Canarias, para cuya tripulación no tiene más que agradecimiento. «Se portaron de maravilla. Por si lee esto, le mando un abrazo a Manuel, el comandante. Cuando nos liberaron nos pidieron que les explicáramos cómo funcionaba el automático del barco y el radar para que después de 46 días de gran tensión pudiéramos descansar un rato. Cuando despertamos tenían todo el buque limpio y organizado».

Se emociona Ricardo Blach cuando recuerda el encuentro con la familia, la primera su hija Cristina, que había viajado a las Seychelles. Justo antes de zarpar para esa marea le había dicho al armador que casi seguro que sería la última. Y lo fue. Aunque a veces se ve con algunos compañeros de entonces, no hablan del secuestro.

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