«Los barcos gallegos no cometen más ilegalidades que los de otras flotas»

El holandés Harm Koster, primer director de la Agencia Europea de Pesca, afirma que los temores iniciales del sector se esfumaron al poco de arrancar el organismo

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vigo / la voz

«El Ministerio de Pesca confirmó ayer que la Agencia Europea de Control Pesquero se ubicará en Vigo. El departamento que dirige Elena Espinosa zanjó así las dudas sembradas el pasado miércoles por el comisario de Pesca, Franz Fischler, durante la presentación de este organismo». De esta forma contaba La Voz de Galicia el 30 de abril del 2004 que la ciudad había sido la elegida para implantar la Agencia, de la que hasta entonces solo se sabía que estaría en España.

«Fue el Gobierno español el que decidió que estuviera en Vigo», afirma el que fue su primer director, Harm Koster. La larga sombra del desastre que había provocado el Prestige dos años antes fue decisiva a la hora de tomar la decisión.

Aquello no fue más que la primera piedra ya que, en la práctica, la Agencia no echó a andar hasta el 2006. Lo hizo en una pequeña oficina en Bruselas. En realidad, no necesitaba mucho espacio ya que apenas tenía personal. «Éramos tres funcionarios», recuerda Koster, economista holandés con una dilatada experiencia en el sector que sumaba 25 años como alto cargo en la Comisión de Pesca. Por eso, sabía bien dónde estaba Vigo, «el puerto pesquero más importante de Europa y probablemente del mundo», dice. Primero, porque había ocupado la jefatura de la unidad que se encargaba de negociar los acuerdos con los países de África, y después porque el conflicto del Estai le pilló al mando de los inspectores comunitarios, lo que le convirtió en uno de los protagonistas de las intensas negociaciones que, a la postre, permitieron la liberalización del buque.

Recuerda que su llegada a Vigo no fue todo lo dulce que cabría esperar. «Había cierto temor y hasta nerviosismo en el sector porque los armadores no sabían muy bien cuál iba a ser nuestro trabajo». Ese temor quedó patente en una escena que algunos recuerdan ahora con humor, incluido el propio Koster, que no lo vivió en directo porque ocurrió antes de su llegada y se lo contaron después: un empresario agarró por la solapa al entonces presidente de la Cooperativa de Armadores, Ramiro Gordejuela, mientras le preguntaba por qué tenía que ser Vigo sede de la Agencia de Pesca. «Solo quieren controlarnos a nosotros. No puede ser», se lamentaba.

Aquellos temores «infundados» se acabaron tras la ronda de reuniones que mantuvo con los actores implicados para explicarl cuál era de verdad la tarea de la agencia. «Pronto descubrieron que se trataba más de una aliada que de un enemigo, porque para empezar cualquier agencia europea es un prestigio para la ciudad que la alberga. Además, en el caso de Vigo, con tanta industria asociada a la pesca y con tanta información de primera mano, se puede hacer el trabajo mucho mejor que en Bruselas», señala.

Reconoce que a los pescadores gallegos, igual que a los portugueses, les persiguió durante un tiempo el sambenito de depredadores, algo que no comparte: «Los barcos gallegos no cometen más ilegalidades que los de otras flotas». Koster habla con conocimiento de causa, ya que entre sus cargos a lo largo de una dilatada carrera profesional ocupó cuatro años la presidencia de la NAFO. «Siempre digo lo mismo: defendemos derechos».

Esa defensa, asegura, termina beneficiando también a los posibles infractores. Pone como ejemplo el atún rojo, con cuya pesca ilegal se acabó durante su mandato. «Fue la Agencia la que organizó con los armadores el control estricto en lo que era un caos. La alternativa era una moratoria. Ahora hay atún rojo frente a la costa Noruega como hace 50 años. Algo parecido logramos con el bacalao del Mar del Norte. Como apenas hay pesca ilegal, hay recurso».

En el 2011 Harm Koster le cedió el testigo a Pascal Savouret. Para entonces, de aquellos tres funcionarios iniciales se habían convertido en más de 60, progresión inversa a la del número de infracciones, en buena medida, dice, porque las inspecciones se multiplicaron. También por la mayor implicación del sector, consciente de que el mar es su vida y tiene que cuidarlo si quiere garantizarse el recurso.

Koster terminó haciendo buenos amigos en Vigo. Tan buenos que cuando entregó las llaves del despacho a Savouret no pensó ni por un momento en regresar a su Holanda natal, y mucho menos a Bruselas, una ciudad en la que el sol es un bien escaso y el pescado fresco una rareza. Vive en una casita frente al mar de Panxón y asegura que come pescado todos los días, algo tan impensable en el centro de Europa que cuando el médico que le estaba haciendo uno de sus últimos chequeos en la capital belga le preguntó si comía pescado y contestó que lo hacía cada día, el galeno no daba crédito. «Es que en Vigo puedes comprar pescado fresco en cualquier mercado a un precio asequible», le contestó. El médico no entendía nada.

Hay otra cosa que a Koster le gusta casi tanto como el pulpo o el lenguado: el fútbol. Presume de socio del Celta. «No me pierdo un partido en Balaídos», asegura. Se ha hecho tan celeste que incluso lamentó que perdiera la eliminatoria contra el Ajax, su otro club.

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