«Fuimos el chivo expiatorio del gran circo mediático que montó Canadá»

Enrique Davila, capitán del «Estai», rememora el histórico apresamiento del barco

«Fuimos el chivo expiatorio del gran circo mediático que montó Canadá» Enrique Davila, capitán del «Estai», rememora el histórico apresamiento del barco

vigo / la voz

Eran las seis de la tarde del 23 de marzo cuando, entre las Cíes, apareció la silueta del Estai. Las emociones empezaron a aflorar entre los miles de personas que se habían concentrado en el muelle para dar la bienvenida a la tripulación. Suponía el final de una odisea que para algunos de los protagonistas, entre ellos el capitán del pesquero, Enrique Davila, aún no tiene explicación. «Fuimos el chivo expiatorio del gran circo mediático que montó Canadá, más en concreto Brian Tobin», afirma. El ministro de Pesca, empeñado en pasar a la historia, originó un conflicto de tales proporciones que obligó a emplearse a fondo a la diplomacia española y comunitaria.

Davila, hoy ya jubilado, recuerda que estaban faenando fuera de las 200 millas, «igual que otros barcos que había en la zona», cuando vieron acercarse dos patrulleras y un remolcador. Con un ojo en el aparejo y otro en las lanchas, siguieron pescando «porque teníamos cupo y las capturas que llevábamos a bordo estaban en regla».

Pronto comprobaron que aquella no era una inspección rutinaria y decidieron levantar la red. «Estaban a menos de 200 metros cuando arriaron una zódiac y subieron 8 o 10 personas armadas. Nos asustamos y cortamos los cables de la red para tener más maniobrabilidad y también para impedir que subieran a bordo. Desde el bote echaron una escalera que los marineros retiraron del costado. Tuvieron agallas», relata.

A partir de ese momento jugaron al ratón y al gato durante horas. Desde las patrulleras recibían órdenes de parar. La respuesta que recibían del Estai, al que se fueron acercando otros barcos de pesca, era que estaban en aguas libres. Entre tanto, el sistema de comunicación del congelador echaba humo hablando con España. Solo cuando empezaron a oir el silbido de las balas cruzando por proa, permitieron a los canadienses subir a bordo. «Nos dijeron que o parábamos o empezaban a disparar. Y empezaron», recuerda Enrique Davila.

Lo que no permitieron a los asaltantes fue hacerse cargo del barco, obligado a poner rumbo a San Juan. Eso sí, con varios inspectores armados vigilando cada movimiento. A algunos los conocían bien de otras campañas, incluso habían comido con ellos, así que les pidieron que dejaran las armas en una esquina para mayor tranquilidad de todos, cosa que hicieron. «Vieron que éramos pescadores ganándonos el pan, no malhechores». Iban siguiendo la estela de un remolcador que les abría paso entre las barreras de hielo. Davila sostiene que tenían los tiempos medidos. Tardaron más de dos días en llegar, los que necesitaba Tobin para organizar el recibimiento. «Menuda parafernalia tenían montada en el muelle», dice.

Después de días de idas y venidas diplomáticas, de mensajes cruzados entre Bruselas, Madrid y Ottawa, el buque quedó libre el 15 marzo y pudo regresar a Vigo. Así lo contaba la edición de La Voz del día 16: «El Estai y sus 25 tripulantes dejaron esta madrugada a sus espaldas el puerto de San Juan. El congelador fue liberado bajo fianza a las 18.30 hora española por el Tribunal Provincial de Terranova, pero no pudo abandonar el muelle hasta las 2, cuando en Canadá eran las 21.30».

A juicio de Enrique Davila, este retraso fue el último intento de ponerles la zancadilla. «Pese a que sabían que había una barrera de hielo en la salida y que no éramos un remolcador no nos dejaron salir hasta la noche. Ese día nadie se fue a dormir. Había más personas de las habituales en el puente y navegamos a poca máquina. A pesar de todo, venía la chapa fastidiada de chocar contra el hielo», recuerda.

Entre aplausos de miles de personas y sonidos de sirenas de docenas de barcos, el Estai atracaba en Vigo el 23 de marzo. «La emoción y la rabia contenida eran los sentimientos que más afloraban tanto entre los tripulantes como entre los familiares y amigos que los esperaban», decía La Voz en la edición del día siguiente.

«Aquella fue una campaña para olvidar», afirma Davila. No solo por el apresamiento, sino porque pocas semanas antes había fallecido a bordo un tripulante de un infarto. Y porque otro barco de la casa -la armadora Pereira- que pescaba cerca de ellos sufrió una avería y tuvieron que abandonar el caladero para traerlo casi hasta las Cíes, donde esperaba un remolcador. Hay campañas nefastas, pero Enrique Davila, que pasó más de 30 años en la mar, los últimos 21 como capitán, asegura que «pocas como aquella».

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