Festiseto


Ahora que en el mundo hay más festivales de música que torneos de fútbol, en Vigo nos hemos quedado sin ninguno con tirón. El Imaxina Sons, reconozcámoslo, no está mal pero es modesto y se desparrama en espacios, abiertos y cerrados, a lo largo de nueve días. El Marisquiño se sale del éxito, pero no es de música por mucho que el pulpo se disfrace de rapero. El Vigo Transforma se fugó a Tui, mudó en PortAmérica en Nigrán y se queda, feliz, a vivir en Caldas bajo una carballeira. El Sinsal San Simón también «bota por fóra». Vende sus entradas de lo desconocido a la velocidad de Bruce Springsteen. Pero no es de Vigo, es de Redondela. La Diputación de Pontevedra lo acoge, como a un puñado más, bajo un paraguas y sobre un colchón cuya penitencia será que no se conviertan en acomodaticios eventos que pierden su esencia y repiten más que los boquerones cuando se llenan de gente y de sellos oficiales. Tenemos un supuesto festival Illas Cíes que tampoco lo es: un festival tiene que celebrarse en un mismo sitio varios días seguidos, te pongas como te pongas. Y ahora, además, tiene que tener foodtrucks o chefs haciendo pinchos. Si no... ¡bah! Este año llegó el Sea Fest, que tiene muchos puntos para ser ese evento necesario.

 Mientras, en una ciudad que adora patéticamente a un seto, lo que tenemos es un parque con un auditorio espectacular que se usa exactamente cuatro días en todo el verano. Si el problema es que el público está acostumbrado a no pagar, habrá que desacostumbrarlo y rediseñar un recinto adecuado. También estábamos acostumbrados a fumar en el Vitrasa. Y a aparcar en la calle sin pagar.

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