Einstein, embriagado por la puesta de sol en Cíes

El científico hizo dos escalas en Vigo en 1925 y elogió en su diario el espectáculo de la ría


Vigo

La luz del Sol tarda 8 minutos en llegar a la Tierra. Su velocidad es de casi 300.000 kilómetros por segundo, una constante universal que definió Albert Einstein en su Teoría de la Relatividad Especial, publicada en 1905.

Veinte años después de aquella revolucionaria teoría, el lunes 9 de marzo de 1925, un trasatlántico está amarrado al puerto de Vigo. Un hombre acodado en cubierta contempla el ocaso en las islas Cíes. Y escribe luego en su diario: «Riqueza de colores y puesta de sol en Vigo, incomparable». Ese hombre es el propio Albert Einstein. La luz, que ha sido protagonista de sus estudios científicos, la misma que se desliza por la curvatura del espacio-tiempo, es ahora para él un espectáculo: el del atardecer en la ría de Vigo.

Porque, en efecto, Albert Einstein hizo escala en Vigo en dos ocasiones, en marzo y en mayo de aquel año 1925 en que realizó una gira científica por Sudamérica. Y además dejó unas notas manuscritas con halagos hacia el paisaje de la ría viguesa.

Einstein ya había estado en España con anterioridad. En 1923, fue todo un fenómeno de masas su gira de conferencias por Barcelona, Madrid y Zaragoza. Acababa de ganar en 1921 el premio Nobel de Física y era ya una celebridad mundial. Pero muy pocos entendían la magnitud de su obra. «¡Viva el inventor del automóvil!», le espetó una castañera en Madrid al cruzarse con Einstein y su comitiva. Lo recoge en una monografía el historiador estadounidense Thomas Glick, que añade que no sólo la señora estaba bastante perdida. La inmensa mayoría de los científicos que asistían a sus conferencias no se enteraban de nada.

Dos años más tarde, su segunda escala española fue mucho más fugaz. De hecho, apenas hizo escala en dos trasatlánticos, a la ida y a la vuelta de América, en los puertos de Tenerife, Vigo y Bilbao.

Einstein zarpa de Hamburgo en el Cap Polonio, un lujoso trasatlántico de 20.600 toneladas. Y, tras una primera escala en Boulogne sur Mer, recala en Bilbao el domingo 8 de marzo de 1925: «Primera vez que brilla el sol. Alrededor de las 11 horas nos acercamos a Bilbao. Mar turquesa, orilla con colinas, primero plateada luego bajo un sol resplandeciente», anota el premio Nobel en su diario. El investigador Santiago Rementería, en un trabajo sobre estas escalas, relata que la visita no pasó inadvertida. Un comité de recepción subió al barco a cumplimentar al científico. El diario La Gaceta del Norte escribe: «El profesor Einstein sostuvo larga y animada conversación sobre los profundos temas de la teoría de la relatividad». Resulta altamente improbable tal conversación para las autoridades de la época, incluso siendo de Bilbao.

Por la tarde, el Cap Polonio sigue viaje a Vigo, donde llega el lunes 9 de marzo. Aquí nadie se percata de la visita y no hay comité de recepción. Einstein permanecerá a bordo, tomando el sol, según cuenta en su diario. Y también disfrutando de las vistas: «Vigo, bahía rodeada de islas montañosas con fascinante ciudadela con forma de pintoresca azotea», escribe refiriéndose a la fortaleza de O Castro. Esa tarde tiene con otros pasajeros una charla «sobre lógica». Y, antes de que el trasatlántico zarpe, se queda maravillado con el ocaso en las islas Cíes: «Riqueza de colores y puesta de sol en Vigo, incomparable. El sol del sur embriaga», escribe.

El Cap Polonio llegará a Lisboa al día siguiente. Aquí Einstein sí bajará del barco y hará una excursión hasta el castillo de San Jorge. Finalmente, llegará a Buenos Aires el 25 de marzo, iniciando casi dos meses de gira americana, recibido como la eminencia mundial que ya es.

Pasión por la tecnología

En el viaje de regreso, el padre de la relatividad volverá a hacer escala en Vigo. En esta ocasión zarpa de Río de Janeiro el 12 de mayo, a bordo del vapor Cap Norte, de 13.600 toneladas. A Vigo llega el 26 de mayo. Se desembarcan 25 sacas de correspondencia y casi doscientos viajeros. Y embarca un pasajero que tendrá una interesante conversación con Einstein. Se trata del ingeniero de minas Karl Lehmann, con quien departe sobre una brújula giroscópica que esta desarrollando. El invento pretende marcar el Norte con independencia del campo magnético. Y puede ser muy útil para orientarse en minas subterráneas o para prospecciones mineras de todo tipo.

Tanto interesa el invento a Einstein que escribe una carta esa misma noche, que franquea en Bilbao al día siguiente, dirigida al propietario de la empresa de ingeniería Anschütz & Co, con quien mantiene una amistad de muchos años. Y le sugiere algunas mejoras en el giroscopio, que considera que no funcionará tal y como está concebido.

Santiago Rementería destaca que esta carta nos muestra a un Einstein no solo interesado en los problemas de la física teórica, sino también apasionado por la tecnología. La carta, que incluso acompaña con un pequeño croquis dibujado, rompe «la imagen tradicional del teórico aislado de los detalles mundanos y centrado en abstracciones físico-matemáticas». No en vano Einstein había sido en su juventud inspector de patentes y había colaborado como técnico de la empresa Telefunken. Por lo que la ingeniería también formaba parte de sus pasiones.

Finalmente, Einstein llega a Hamburgo el 31 de mayo de 1925. En su diario recoge su cansancio por el viaje («al fin libre, pero más muerto que vivo») y valora especialmente haber podido disfrutar de «algunas semanas de descanso durante la travesía». También queda en su memoria la «incomparable» puesta de sol en la ría de Vigo. Y se rinde así a uno de los ejes de su obra científica: la luz. Como onda, como partícula y como espectáculo.

eduardorolland@hotmail.com

la bujía Por Eduardo Rolland

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