«En las Cíes no se ponía coto a nada hasta que se declararon parque natural»

Felipe Bárcena participó en la primera junta rectora que acabó con el campismo salvaje

"En las Cíes no se ponía coto a nada hasta que se declararon parque natural" Felipe Bárcena participó en la primera junta rectora que acabó con el campismo salvaje.

vigo / la voz

Ahora que la ciudad ha empezado a remar para que las Cíes se conviertan en Patrimonio de la Humanidad, pocos recuerdan lo mucho que costó dar el primer paso para proteger las islas. Fue el 17 de octubre de 1980. Aquel día, el Consejo de Ministros aprobó el decreto que transformaba el archipiélago vigués en parque natural. Prueba de que no resultó una tarea sencilla es que el proceso, según contaba la edición de La Voz, había durado siete años. «La declaración de parque natural -relataba el periódico entonces- supondrá la calificación de su suelo como no urbanizable y el sometimiento de los edificios que se construyan a un plan de ordenación, en el que se señalarán también las zonas reservadas exclusivamente a la conservación de la fauna».

Una de las personas que más se alegraron de aquella decisión fue el conde de Torre Cedeira, Felipe Bárcena, zoólogo, considerado una autoridad en aves marinas. De hecho, él fue uno de los vocales de la primera junta rectora del parque, en la que había representantes de varios ministerios, la Xunta de Galicia, el Concello de Vigo, la Universidad de Santiago y las asociaciones ecologistas. El real decreto reservaba una última vocalía para «una persona de reconocida competencia en el campo de la conservación de la naturaleza». Ese fue Felipe Bárcena, que sostiene que «la primavera es la mejor estación para recorrer el archipiélago».

En aquel ya lejano 1980 era una de las contadas personas que conocía prácticamente cada centímetro de las Cíes, que había recorrido de norte a sur y de este a oeste desde la segunda mitad de la década de los 60 para realizar sendos censos de aves marinas. «Anillé más de mil gaviotas», recuerda.

Explica que el primer mandamiento que se impuso aquella primera junta rectora fue «poner orden en las islas, que siguieran siendo un destino de ocio pero preservando sus valores naturales y paisajísticos». Añade que alcanzar su cumplimiento no estuvo exento de dificultades, en gran parte derivadas de la batalla que emprendió Vapores de Pasaje, la naviera que entonces tenía el monopolio para trasladar visitantes a las islas, y que no estaba dispuesta a perder parte del negocio. «Llevaba más de 4.000 personas al día, lo que suponía una presión insostenible en una superficie tan pequeña. Estaba todo pisoteado, dejaban basura por todas partes... El daño era obvio porque los sistemas isleños son muy frágiles», dice.

Recuerda Bárcena que necesitaron tiempo, y hasta algún litigio judicial, para llegar a fijar un número máximo de visitas: 2.200 diarias a las que había que sumar las 800 de cámping. «Aquellos números son los que aún se mantienen hoy», dice. Vivió la batalla, también la judicial con Vapores, en primera persona, ya que cuando la competencia del archipiélago se trasladó a la Xunta, pasó a ocupar la presidencia de la junta rectora, cargo que ocupó hasta 2002. Ese año, las Cíes subieron otro escalón al convertirse en parque nacional, el primero de Galicia y único hasta la fecha.

Aquella ordenación incluía una tarea no menos importante: erradicar lo que Bárcena califica de «chabolismo». Afirma que como hasta la declaración de parque natural cada uno hacía lo que quería y prácticamente no se ponía coto a nada, proliferaba la instalación de tiendas de campaña en cualquier esquina. Cuenta que «pasada la duna, bien hacia el norte, bien hacia el Lago dos Nenos, te encontrabas numerosas tiendas cuyos propietarios acotaban el espacio con palos y cuerdas para impedir el paso y crear su parcela particular». La policía terminó obligando a los campistas salvajes a levantar sus tiendas en 1981.

Subraya Bárcena la libertad con la que desde el momento de su creación actuó la junta rectora. «Era un órgano raro e incómodo para la Administración. No dependíamos de nadie y eso nos daba total libertad para opinar y defender la conservación del parque. Tuvimos algunos encontronazos, pero terminaron superándose», sostiene.

Que la junta rectora de las Cíes no era una prioridad para la Administración lo demuestra el hecho de que durante un tiempo la sede fue la propia casa de Felipe Bárcena, a la que tuvieron que regresar después de una breve estancia en un local cedido por el Concello en la Casa de la Xuventude. Se siente orgulloso del trabajo realizado por aquella junta, que impulsó la creación del parque nacional. «Fraga asistió a una reunión en la casa forestal de las Cíes el 5 de julio de 1997 y le pedimos que hiciera suya la petición. Hoy están muy bien conservadas y los valores naturales no han variado», concluye.

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