Aniversarios del Museo do Mar

Se cumplen veinticinco años del proyecto del museo que diseñó Aldo Rossi, veinte años de la muerte del arquitecto italiano y quince de su inauguración


Vigo / La Voz

El edificio de Alcabre aún recibe excursiones organizadas de todo el mundo

Tiene una historia azarosa, problemas de acceso y unas cifras de visitas lamentables. Ha cambiado una y otra vez de titularidad. Y aún arrastra problemas soterrados entre administraciones. Fue inaugurado varias veces. Y, en conjunto, el Museo do Mar de Galicia es el mejor ejemplo de cómo ejecutar una auténtica chapuza. De principio a fin: desde que se improvisó aprovechar unos fondos sobrantes del proyecto Abrir Vigo al Mar hasta los resultados actuales, que no hay forma de edulcorar o maquillar.

Pero, con todos sus defectos, ahí está el Museo do Mar de Galicia, que este año cumple varios aniversarios. El primero, los 25 años desde que, en 1992, la Xunta de Galicia encargó el proyecto al arquitecto italiano Aldo Rossi, junto con el gallego César Portela. El emplazamiento se decidió en punta do Muíño, en la parroquia viguesa de Alcabre. Allí existía la vieja fábrica de conservas Molino de Viento, fundada en 1887, que había sido reconvertida en matadero y posteriormente abandonada. Rossi, que solo dos años antes, en 1990, había ganado el prestigioso premio Pritzker, estaba en la cumbre de su carrera. Y asumió el reto de diseñar un edificio que se inspirase en una antigua factoría conservera de la ría de Vigo.

Sin embargo, el proyecto se topó con toda suerte de dificultades. Y quedó definitivamente atascado con la temprana muerte de Aldo Rossi, en 1997. Así que en 1999, el Consorcio de la Zona Franca de Vigo firmó un convenio con la Xunta para asumir las obras y la futura gestión del museo. Para ello, pudo utilizar financiación europea que había logrado para una obra del proyecto urbanístico Abrir Vigo al Mar, que finalmente había sido descartada. Al tiempo que el museo parecía encajar con los objetivos de Zona Franca como agencia de desarrollo local, en su función de promoción sociocultural para mejorar la ciudad y hacerla más atractiva a los inversores.

César Portela se encargó de rematar las obras, integradas por dos naves con más de 8.000 metros cuadrados construidos, además de un espigón, un faro y un edificio para un pequeño acuario.

El diseño respetaba el proyecto de Aldo Rossi, por lo que el edificio aún recibe la visita de los admiradores del arquitecto italiano. Hay excursiones organizadas desde todo el mundo para maravillarse con el continente, aunque interese menos el contenido.

Portela siempre presumió de que el propio mar era un material protagonista de la obra. El autor pontevedrés lo resaltaba en la misma inauguración: «El espacio del Museo se ha concebido como un espacio real que permite realizar a su través un viaje ideal. Su recorrido debe constituir una aventura personal por el espacio y por el tiempo, que sirva para aproximarse y comprender un mundo: el del mar».

Nadie puede discutir hoy que el conjunto arquitectónico es espectacular y que está enclavado en un emplazamiento paradisíaco.

El contenido museístico iba a versar sobre el mar, su relación con los gallegos y su territorio. Así, la pesca, la salazón, la conserva o la construcción naval encuentran su espacio en Alcabre, mientras que un acuario permite a los visitantes asomarse a las especies que habitan los fondos marinos de la ría de Vigo.

Además, el proyecto permitió respetar la historia de un emplazamiento que tiene un importante pasado castreño y romano. Se conserva a la vista, e integrado en el conjunto, un poblado datado en el siglo VII antes de Cristo y, en sucesivas excavaciones, se han hallado piezas como hachas de bronce o un altar de estilo púnico, de clara influencia fenicia.

Este año se cumplen también 15 de su primera inauguración. Fue en el 2002, con una ambiciosa exposición encargada por Zona Franca. Se trataba de la muestra Rande 1702: Arde o mar, dedicada a la Batalla de Rande, de la que ese año se cumplía el tercer centenario. Lo más curioso es que el museo volvió a cerrar en cuanto terminó la exposición.

Cuatro años más tarde, en 2006, el consorcio concluyó, bajo el segundo mandato de López Peña, que la titularidad del museo debería corresponder a la Consellería de Cultura. Firmaron un convenio de cesión, con un período transitorio de tres años en los que Zona Franca aportó fondos. Finalmente, en 2009, la Xunta se hizo cargo de las instalaciones y de su gestión. Desde entonces, han continuado los debates sobre sus objetivos y sus colecciones. Todo se ha hecho a tumbos, con apariencia de total improvisación. Un desastre que sólo puede compararse con su vecino el Verbum, la prácticamente difunta Casa de las Palabras.

En estos años, ha vuelto a ganar premios internacionales, como el prestigioso Philippe Rotthier de arquitectura, concedido en 2005. Pero sigue siendo de esos museos en los que se hace difícil diferenciar un lunes de un martes. Es el Museo do Mar de Galicia y este año está de aniversario. ¡Enhorabuena!

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