Medio siglo con prisa por crecer

Vigo se expandió de forma desordenada tras una gran explosión demográfica e industrial


Vigo / La Voz.

Vigo / La Voz. Tal vez no haya nada más vigués que la gallina que en las últimas semanas se ha instalado en los jardines de las torres Ifer. Esta urbe que es ciudad pero que se llama aldea -en latín, Vicus- esconde casas con huerta detrás de su centro financiero, que combina los señoriales edificios modernistas del centro con toda la profundamente rural área periurbana, que mezcla torres de viviendas con chalés unifamiliares sin solución de continuidad. Vigo es una ciudad donde la palabra centro alude a un lugar geográfico diferente dependiendo de la parroquia donde se pronuncie.

Este caos se explica en la historia. La Voz de Galicia se instaló en Vigo en el momento preciso para contarlo. La explosión industrial de los 60, con Citroën y el naval, la pujanza de las conservas y Pescanova y, en general, el acelerón que pegaba entonces el sector productivo eran un imán. Un aluvión de personas llegó casi al mismo tiempo, con prisa, dispuestas a instalarse aquí. En el último medio siglo la población va a duplicarse. Y necesita sitio. Así que la ciudad crece sin medida, de forma alocada, casi adolescente. No había tiempo para planificar. Ni se pensaba. A finales de los 60, Vigo es una mancha de aceite en expansión. Se construía sin cesar, y nadie veía extraño sacar el tranvía de las calles para sustituirlo por modernos autobuses o tirar edificios históricos para mudarlos con otros con menos porte pero más capacidad. El progreso estaba ahí y había que llegar rápido.

A ese fenómeno se le llamó a eso desarrollismo. El arquitecto Jaime Garrido lo ha estudiado a fondo. «En los 60 y 70 se tiraron edificios interesantes, se hicieron adiciones inadecuadas y se mutilaron plantas bajas de edificios para hacer grandes escaparates», explica, «pero lo más terrorífico es que en primera línea de mar, en Cánovas del Castillo y Teófilo Llorente, se edificó en altura». Se ponía un muro al mar, pero no importaba. Son los años de los hoteles Bahía y Samil, de la torre de Toralla, de la avenida de Castelao y de toda Coia.

En aquel 1967 en La Voz se hizo viguesa, el periódico contó cómo el Ayuntamiento que presidía Rafael Portanet aprobaba su nuevo Plan General de Ordenación Urbana. Que hasta entonces no existiese no quiere decir que la construcción estuviese parada. Se edificaba sin miramientos. Pero aquel documento, que hoy llamaríamos PXOM y que el periódico llamaba entonces solo PG, sería un símbolo de lo que fue el urbanismo de Vigo. Porque acabó como el rosario de la aurora.

La corporación había aprobado el PG, pero faltaba que el Gobierno diese su visto bueno. Aun así, en 1969 el Ayuntamiento aprueba una recalificación en la Gran Vía. El Ministerio de la Vivienda lo suspende y ordena hacer uno nuevo. Hay un terremoto político que acabará con la Audiencia condenando por cohecho a once personas, entre ellas dos concejales y el yerno del ya dimitido Portanet.

Así que la historia de los planes generales empezó con un documento anulado. Es la maldición del urbanismo vigués. El primer plan general que sí entró en vigor fue el de 1971. «Fue nefasto, permitía alturas según el ancho de la calle», protesta Jaime Garrido. La ciudad ganaba metros más rápido que servicios. En 1979 la corporación todavía debatía cómo llevar el agua y el saneamiento a lugares como Lavadores.

El segundo plan general fue el de 1988. Solo dos años después el alcalde Soto intentó cambiarlo por la puerta de atrás y la Xunta, por orden de Cuíña, lo suspendió. Era el segundo anulado. El tercer plan que sí que vio la luz fue el de 1993, actualmente en vigor. Porque el cuarto, el del 2008, estuvo vigente hasta que hace un año y medio quedó anulado por el Tribunal Supremo. Es el tercer documento urbanístico que cae.

Y eso explica mucho. Porque en Vigo la ley ha parado varios documentos de planificación, pero no ha detenido las piquetas. En los años 90 los jueces tuvieron que doctorarse en urbanismo para entender todo lo que ocurría en Vigo, donde la construcción seguía con su caótico frenesí. Las torres Ifer, el centro comercial Gran Vía, el Piricoto, los apartoteles de Samil... hasta la propia Xunta de Galicia construyó su sede de Montero Ríos sin licencia. Mientras esto ocurría, surgió una conciencia crítica un tanto melancólica a la que contribuyó el libro Vigo, la ciudad que se perdió, del propio Jaime Garrido. «Yo veía edificios interesantes que se destruían y me desahogué escribiendo», cuenta. A lo largo de los años fueron apareciendo catálogos de edificios que debían conservarse. El primero es de 1977 y contemplaba 55 edificios.

Al mismo tiempo que la ciudad crecía porque lo necesitaba, también el puerto se expandía sin miedo. La historia del puerto es una historia de terreno ganado al mar, eso que algunos llaman ampliaciones, y otros, rellenos y que han servido para consolidar un modelo industrial expansivo. A ninguno le falta razón.

El delegado de la Zona Franca de los primeros 90, Enrique López Peña, llegó a reconocer que hasta 1976 todos los rellenos se habían hecho ajenos a la ley. Era una manera de defender el penúltimo megarrelleno, que se ejecutaba entonces en Bouzas, para ampliar la superficie portuaria en 300.000 metros cuadrados. La obra acabó sentando en el banquillo a la entonces presidenta del Puerto, Elena Espinosa, que resultó absuelta de un delito medioambiental. Pero fue una especie de aviso: ya estaba bien de rellenos... aunque ya ocupan 2,5 millones de metros cuadrados.

Vigo es lo que es. Vista en su historia, el urbanista Salvador Fraga ofrece una perspectiva más esperanzadora. Su análisis es el siguiente. El puerto era un muelle de madera de A Laxe y creció hacia dos sitios: hacia el exterior de la ría y hacia el interior. El crecimiento hacia afuera es el relleno de Bouzas, que permitió la expansión de Citroën. PSA es lo que es porque la ciudad le dio su sitio y porque cambió su propia fisonomía para esa fábrica. El crecimiento hacia adentro es la terminal de contenedores de Guixar, uno de los principales músculos del puerto.

Con este doble movimiento, la arena desapareció del centro y de los barrios: en Bouzas y en Coia no hay playas y el nombre de la calle Areal suena nostálgico. Pero la zona de las playas sí quedó intocable desde Alcabre hasta más allá de los límites de la ciudad. Por tanto, «se abrió una tenaza que dejó la golosina en el centro», dice Fraga. Se trata de la zona del Náutico, para uso ciudadano, para paseo y recreo. Ahí surgió en 1993 el proyecto Abrir Vigo al Mar, del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, que pretendía precisamente recuperar el paseo de As Avenidas. Lo que se desarrolló no tiene nada que ver con lo que Consuegra quería. «Me duele el estómago cuando lo veo», dijo hace el arquitecto a La Voz en el 2000.

Cincuenta años han servido, al menos, para generar cierto consenso contra la falta de planificación. Otra cosa es lo que ocurra en el futuro en esta ciudad «eternamente inacabada», como la definió el arquitecto brasileño Paulo Mendes da Rocha. Porque en Vigo todo es posible.

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