«La ría se llenaba de espectadores de noche para ver arder el 'Polycomander'»

En el año 1970, el bombero Vicente Fernández patrulló las playas en «jeep» mientras ardía el petrolero

"La ría se llenaba de espectadores de noche para ver el Polycomander" El bombero Vicente Fernández patrulló las playas en jeep mientras ardía el petrolero

vigo / la voz

El incendio del petrolero noruego Polycomander puede considerarse como la primera gran marea negra que hubo en Galicia. Ocurrió el 6 de mayo de 1970, pero los restos de aquel chapapote siguen impregnados en algunas rocas de la costa de Vigo y de Nigrán y periódicamente se descubren.

El barco encallado junto a las islas Cíes y en llamas era una bomba de relojería en medio de la ría porque todavía conservaba 40.000 toneladas de crudo en sus tanques por lo que fue necesario enviar remolcadores como el Centinela para lanzar agua. También colaboraron pesqueros de la ría. A la vez, el petróleo vertido a través de las grietas de un costado llegaba en oleadas a las playas de la ría de Vigo.

La delegación de Vigo de La Voz de Galicia hizo una amplia cobertura del siniestro marítimo. En una crónica del 9 de mayo de aquel año, se explicaba que las autoridades viguesas hicieron un cerco a base de paquetes de paja y de boyas succionadoras, una barrera que traspasaron parte del fuel y las manchas de aceite. La preocupación era la ruina del marisqueo y la pesca. «La operación de limpieza de playas ha sido aplazada y sustituida por una maniobra conjunta y exhaustiva de depuración de la bahía. A las dos menos cuarto de la madrugada, las primeras autoridades de la provincia esbozaban un ingente plan de actuación», contaba La Voz.

Vicente Fernández López, de 73 años, tenía 25 cuando intervino como bombero durante el incendio del Polycomander en medio de la ría de Vigo. Él y dos compañeros patrullaron en un jeep toda la costa, desde Samil y Canido hasta Panxón y Patos, para apagar brasas de fuego que llegaban volando a las playas o al muelle de Canido aunque nunca llegaron a actuar. «Al barco no fuimos porque solo interveníamos en buques atracados en puerto como mercantes o congeladores. Vigilamos la costa durante dos días. Venían bolas de fuego del mar», recuerda. «El barco se veía al lado de las islas Cíes, en la boca norte. Veíamos cómo saltaban bolas ardiendo al aire y luego se apagaban», relata.

Fernández había entrado en el cuerpo en 1967, recién cumplido el servicio militar. Llevaba tres años como bombero cuando ocurrió el incendio marítimo. En aquel entonces, el parque estaba ubicado en la calle García Barbón, pasada la Metalúrgica. Estaba integrado por 83 hombres. «Entré en el turno nocturno y el accidente fue a las cinco de la madrugada. Nos mandaron a patrullar la costa por si pasaba algo. En aquella época, casi no había teléfonos y teníamos que pedir uno en una casa particular o volver al parque. Fuimos el chófer, el mando y el ayudante en un jeep americano de la guerra. Recorríamos noche y día pegados a la costa. Eran coches pequeños y la única forma de pasar por las trincheras, lo que estaba vetado a camiones más grandes», relata.

Es imborrable su recuerdo de «aquellos trozos de gasoil volando». Lo que hicieron fue vigilar «pegados a las playas». «Hicimos kilómetros y kilómetros entre Saiáns y las Cíes. Fueron 24 horas seguidas y más de noche. Ibas a comer y volvías, había muy poca gente entonces. Por la noche es cuando vi más peligro y, a pesar de eso, se llenaba de espectadores porque las bolas de fuego solo se veían bien por la noche. Al final, no tuvimos que apagar ningún fuego, algunas brasas se estrellaban contra la arena y no era necesario hacer nada. Pero estábamos por si acaso», añade.

En Cabo Estai vio caer una de las bolas de fuego sobre una piedra «y se rompió». La mayoría de las llamas se perdían en el mar. El desastre ambiental afectó a toda la ría y especialmente a las playas. Recuerda en concreto una cala en Monteferro: «Quedó llena de petróleo. Fue un mal para todos, me daba pena verlo todo negro, hubo chapapote en gran cantidad».

De aquellos días de vigilancia costera no olvida el «calor» que hacía a mediados de mayo. «No había dónde tomar agua; entramos a las cinco de la madrugada en un club de Canino y no nos quisieron cobrar el agua», señala.

Vicente todavía conserva su uniforme y el casco de bombero. Está completo salvo la gorra de plato. «Nos los cambiaron a finales de los años 90 y era de los últimos que quedaba. Es un buen recuerdo porque estoy orgulloso de haber pertenecido al cuerpo», afirma.

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