Troncos para no olvidar

El catálogo de la Xunta incluye el olivo del Paseo Alfonso y otros de Castrelos, Alameda y zona de O Castro


Amigos da Terra vigo@tierra.org

En Vigo podemos presumir de tener ciudadanos famosos más allá de las fronteras del alto de Puxeiros. Hoy nos gustaría presentarles algunos, pues se trata de vecinos ejemplares… y menudos ejemplares. Nos referimos a los árboles vigueses incluidos en el catálogo de árboles singulares de Galicia. Este listado incluye aquellos árboles gallegos que por su edad, belleza, tamaño, ubicación, cultura, etnografía o rareza merecen ser considerados excepcionales y consiguientemente merecedores de una protección especial.

No están todos los que lo merecerían, pero algo es algo. Hacerse una ruta de los árboles singulares vigueses incluidos en el Catálogo de Árbores Senlleiras de Galicia puede ser un buen plan para el domingo, por lo que aquí tienen sus nombres y su localización aunque cada uno merecería individualmente muchas páginas. No olvidemos que la historia asociada a estos árboles es también un indicador de singularidad, por lo que empezando por este último criterio ya se imaginarán que el primero de nuestros árboles singulares es el olivo (olea europaea) del Paseo de Alfonso. Sin duda, nuestro árbol más querido y emblemático y también el más conocido.

Podemos seguir la ruta por la Praza de Compostela y allí encontraremos las casuarinas (casuarina equisetifolia), unos árboles australianos de aspecto plumoso y cuyos ejemplares vigueses ya superan los 120 años, un récord para la especie.

Desde la Alameda saltamos a Castrelos, y aquí empieza la fiesta, porque este lugar histórico concentra la mayoría de nuestras especies singulares. Con permiso del olivo, otro árbol emblemático es el camelio (camelia japónica) con varios ejemplares que superan el siglo; a su lado algunos inconfundibles eucaliptos (eucaliptos globulus), tan inconvenientes como monocultivo forestal pero en este caso admirables por su valor ornamental y gigantescos, con más de 130 años en sus raíces.

En el límite occidental de su distribución europea encontramos allí a las hayas (fagus sylvatica), también centenarias y haciéndoles amable compañía las tulipífero de Virginia (liriodendron tulipifera), cuyo nombre ya indica su procedencia y son inconfundibles por sus hojas en forma de tulipán. Uno de los ejemplares de Castrelos, con más de 40 metros, probablemente sea el más alto de Europa

Planta escolar

Una década después del decreto (67/2007, de 22 de marzo) con el que se creaba este registro y las normas de protección consiguientes, las cosas se movieron muy poco a efectos de añadir nuevos ejemplares al listado, pero en Vigo nos llevamos una alegría el año pasado cuando el ombú (phytolacca dioica) del instituto de O Castro se incorporaba al catálogo gracias al tesón del equipo docente del centro. Este centenario árbol argentino plantado hace un siglo por un emigrante es nuestra más reciente incorporación. Paralelamente tuvimos la mala noticia de una baja. Una de las hayas de Castrelos sucumbió víctima de un temporal.

Lamentablemente, estos vecinos árbóreos son y parecen exactamente eso, árboles. Por mucha imaginación que le pongamos es imposible encontrarles forma de dinosaurio. Quizás por eso son más conocidos fuera de Vigo que dentro. Ojalá este recordatorio sirva para que también los admiremos aquí, y los protejamos. Si quisieran ustedes documentarse al respecto podríamos facilitarles algunas referencias, pero lamentablemente nuestros árboles singulares no son ajenos a las plagas forestales y las broncas políticas son una más.

En su día, la Xunta editó un hermoso libro (Árbores e Formacións Senlleiras de Galicia 2008) fruto del trabajo de los maestros Antonio Rigueiro, Gaspar Bernárdez y Carlos R. Dacal con fotos de Miguel Montero. Tristemente, ese libro salió de imprenta en plena transición política del bipartito al monopartito, y claro, volvió a la imprenta para corregir algún desliz como que, lógicamente, figurase la firma de quienes eran entonces responsables políticos del invento.

Una vez actualizada la edición se metió en un cajón, aunque no pregunten como, pero tenemos un ejemplar. La rocambolesca historia de ese libro secuestrado daría para un buen guion de Berlanga. Con su versión digital no tuvimos mejor suerte y si intentan buscarla a través de sus múltiples enlaces se encontrarán con una web en blanco anunciando que esa página no existe. Si la misma Xunta no hace el menor esfuerzo por divulgar su propio catálogo esperemos que al menos la ciudadanía se eduque ambientalmente por su cuenta.

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