¿Te atreves?

LA ADRENALINA Es la gasolina de muchos que no se conforman con una vida sin riesgo. Cuatro valientes nos dicen que hay que experimentarla una vez en la vida y nos advierten de que, tras el susto, una sensación puede con todo: las ganas de repetir.


Ahí lo tienes, tan tranquilo mirando a cámara como si estuviese boca abajo sobre el más cómodo de los colchones. Pero no. Alejandro González está en el aire. Cual Superman, nos mira con media sonrisa sobre el globo terráqueo. A eso se dedica en cuanto tiene la más mínima oportunidad. Coge el coche en Vigo y se planta en Braga con un único objetivo: saltar al vacío. A sus 30 años, se enganchó a la adrenalina hace menos de dos años con Paracaidismo Galicia. Hoy, este técnico de sonido tiene la licencia de paracaidista federado. «La primera vez salté de paquete con un instructor y fue una locura, brutal. Es de las típicas cosas que tienes en mente probar», explica Alejandro, que no tuvo paciencia para esperar al próximo salto: «Mes y medio después dije: ‘venga, vamos a intentarlo otra vez’, e intenté gritar menos y disfrutarlo un poco más».

A LA MÍNIMA, SALTA

Este valiente no necesita mucho para ir a buscar su paracaídas. «En cuanto tengo un día dos horas, cojo el coche y me voy. Prefiero eso a cualquier otro plan», señala Alejandro, que es capaz de todo por experimentar una sensación que dura poco: «Desde que sales hasta que tocas tierra pasan unos tres minutos». Pero volvamos a ese primer salto. «Había reservado para agosto y tuve que cancelar. Al mes siguiente hacía mal tiempo, así que tuve que esperar otro mes más. Estaba tan ansioso que cuando estábamos equipados preguntaron: ‘¿quién salta primero?, y dije: ‘¡yo!’». Y así fue como, a cuatro mil metros de altura, se vio con la puerta abierta y lanzándose al vacío con el instructor. «¡Esto es brutaaaaaaal!», gritó durante los cincuenta segundos siguientes. «En el vídeo solo se me ve gritando«, afirma divertido. Lo que vivió en el momento de la caída tampoco se queda atrás. «Sentí una explosión, una sobrecarga sensorial, porque el cuerpo no está acostumbrado a ello», recuerda, a la vez que indica que lo de caer de pie o de culo, «depende del viento». Ya en ese primer salto, se sintió libre. «El instructor a veces te permite incluso pilotar el paracaídas», asegura emocionado. Pero él necesitaba llevar las riendas, así que tras el tercer salto se decidió a hacer el curso para tirarse en solitario. No fue el único en engancharse. Tras enredar a un amigo, se llevó a su madre. «Le encantó y ya quiere repetir», señala. Ahora bien, ¿qué fue lo que le llevó a adentrarse en este mundo? «Yo el año anterior lo dejé con mi novia, mi padre atravesó una doble enfermedad y me sentía a punto de estallar. Me di cuenta de que las cosas hay que hacerlas cuando vienen, y no esperar siempre al mejor momento», confiesa. Explica que su primer salto le sirvió de terapia: «Me tiré un mes con pecho palomo, eufórico, porque acababa de hacer algo especial. Después de algo así, tienes cero problemas y dolores de cabeza, se te quitan todos los males». Y, por si no hubiese dado argumentos suficientes, se despide de la única forma que podía hacerlo. «¡Pruébalo!».

«¿PERO QUÉ HAGO AQUÍ?»

Otro Alejandro, pero terrestre, nos seduce con las virtudes del alpinismo. Tiene 34 años y lleva desde los 17 tirando de pierna para superar todo tipo de cumbres. El que a día de hoy es el miembro más ilustre de la Sociedad de Montaña Ártabros cuenta que todo empezó en el dique de abrigo de A Coruña: «Me comentaron que lo hacían allí y fui a probar, luego me pasé al rocódromo de Elviña y en el año 2000 acabé haciendo un curso de la UDC que se llamaba Prueba el mundo de la escalada». De ahí se fue directo al Monte Xalo, a los Ancares, a los Picos de Europa, a los Alpes y a los Pirineos. «Por aquí cerca fue lo primero que hice», dice sin darle la menor importancia. Después llegó su primera expedición fuera de Europa al Aconcagua, en Sudamericana, en el 2008. De ahí quiso saltar a otras expediciones, como la que hizo a la Moon Hill para luego pasar a las montañas de mil metros. «Yo venía de practicar deportes como el tenis o el futbito, nunca se me ocurrió meterme en esto. Hasta que un primo consiguió el récord de ascensión al Everest en el año 93 con 60 años. Ahí empezó a picarme el gusanillo», recuerda. Aún con todo, la experiencia no ha conseguido que se acostumbre a los retos. «En el momento te preguntas: ¿por qué estoy haciendo esto?, ¿por qué estoy aquí sufriendo? Vives condiciones extremas, por expediciones en las que pasas madrugadas a veinte grados bajo cero. El nivel de superación ahí es indescriptible, realmente es como una droga. Y esa resistencia te vale para cualquier aspecto de tu vida», indica. Y es que, explica Alejandro, «el sesenta por ciento de la actividad en montaña es psicológico. Donde va la mente, va el cuerpo». Lo que no es tan controlable son los riesgos. «Depende de las condiciones del terreno y de otros factores. Me acuerdo de una tormenta eléctrica en los Alpes y de alguna avalancha», asegura este intrépido que, en realidad, es abogado especializado en Derecho Deportivo y suele dejar la corbata para irse de escalada un fin de semana de cada dos. Cuando se va más lejos, coge vacaciones. «Recientemente estuve en Ecuador, en el Chimborazo y en el Cayambe -de 6.268 y 5.790 metros, respectivamente-. También viajé a Jordania, Islandia, la selva venezolana, a la Cordillera Blanca de Perú, al pico Lenin y al Margarita», relata Alejandro, a quien no le atraen nada los ochomiles «porque son más comerciales y están llenos de gente». ¿Pero eso son vacaciones?, le preguntamos. «La verdad es que no hay descanso, a las cuatro o cinco de la madrugada me levanto y empiezo la actividad», responde el alpinista, que se lleva a su novia a algunas de sus expediciones. «Ella también escala y subió un par de cincomiles», dice. Qué remedio le queda.

UN, DOS, TRES... ¡YA!

A otra que le gustan, y mucho, los deportes de aventura es a Pili. Esta viguesa de 27 años tiene callo. Y no practica cualquier deporte. Lo suyo es, entre otras cosas, el puenting. Licenciada en Magisterio y en pleno estudio para sacarse una oposición, entre libros y apuntes saca tiempo para el salto más crudo. Todo empezó por el parón que sufrieron las convocatorias. «Mientras no salían, decidí estudiar algo para pasar el tiempo y me saqué un ciclo de Técnico en Actividades Físicas y Deportivas en el Medio Natural. Con las prácticas, en las que hice un poco de todo, me empezó a llamar la atención el puenting después de probarlo en Amextreme Aventura en Galicia», dice.

A pesar de su experiencia, reconoce que cuesta lanzarse. Y la primera vez más. «Es de estas cosas que imponen, porque con eso de tirarte de un puente abajo la cabeza te dice que no saltes», narra Pili, que no obstante asegura que el monitor te tranquliza: «Te dicen que estés tranquila, que no hay ningún tipo de peligro, y te das cuentas de que es así. No vas sujeta por una cuerda, sino por dos. Lo mismo pasa con los arneses, así que si falla un sistema de seguridad tienes otro de reserva. Y luego, ellos colocan las cuerdas en un punto y distancia que hacen imposible que te golpees con nada cuando haces péndulo». La decisión más difícil es la de lanzarse al vacío, porque nadie te impulsa. «En el momento de saltar te dicen que no te van a empujar porque no es bueno. Lo que hacen es darte la cuenta atrás: ‘tres, dos, uno... ¡ya!’». Es ahí cuando se supone que uno tiene que coger carrerilla y saltar. Se supone, porque no es tan fácil hacerlo. «Yo me lo pensé. Hice un amago de ‘venga, voy’. Y no fui. Ja, ja, ja», reconoce la joven, que fue a la segunda cuando consiguió tirarse: «Pegué un grito que no sé cómo no me quedé sin voz. Veía negro con puntitos blancos, aunque más que el primer salto me dio mayor impresión el segundo tirón, con la salida para el otro lado, porque primero piensas: ‘Ya pasó’, pero no».

«¿Pudiste disfrutar más el segundo salto?», le preguntamos. «¡No! ja ja ja Quizás me dio más impresión que la primera vez», responde. Suele saltar desde el puente de Ponte Nafonso, en Noia, que tiene una altura de treinta metros. «Hasta que no se tensa la cuerda te estás tirando al vacío. Yo creo que esa experiencia hay que vivirla al menos una vez en la vida», indica Pili, que también practicó otros deportes de riesgo como el kayak, el barranquismo, el rafting o el hidrospeed. Al puenting le pediría un poco más de duración: «Es muy adrenalítico, pero solo dura unos segundos», se queja. Ella aún quiere más.

«CASE TEÑO BRANQUIAS»

Cambiamos de medio, porque Tono García vive entrando y saliendo del agua. Es lo primero que te dice cuando coge el teléfono. O está entrando, o está saliendo. Pasa muy poco tiempo en la superficie. Con 33 años, trabaja desde hace diez reparando barcos para la Cofradía de Malpica y, además, es gerente e instructor de Buceo Malpica. Vamos, que su vida transcurre entre mareas. «Levo con título desde os 19 anos, e no 2005 saquei o título de buceador profesional para obra hidráulica», explica. Y eso, querido amigo, le prepara hasta para desactivar explosivos bajo el agua. «La reparación de barcos tiene un punto bastante peligroso, ¿no?», le decimos. «¿E logo conducir non é perigoso?, ¿e cambiar os tellados ou andar coas correntes? Todo o é, aínda que é certo que a auga é un medio que non é o noso», señala como si tal cosa. Y es que Tono asegura que no es fácil sufrir un accidente: «A non ser que che pase algo como que che dea un infarto, é difícil porque hai moita seguridade. O que hai que facer é coñecer o mar e non bucear só. Normalmente a xente que morre é por incumprir as medidas de seguridade». Claro que qué va a decir él, que no entiende la vida fuera del agua. «Para min é o meu medio de vida. Vou a Madrid e pregunto: ¿onde está o mar? É case como se tivese branquias», indica el buceador, que acusa en su piel los males del salitre, aunque juega con la ventaja del que sabe: «Teño un traxe seco co que non mollas a roupa. Poño o chándal, cérroo e cando o quito o único mollado é a cara e as mans. O das mans xa non ten solución, as teño desfeitas», dice. Aun así, afirma que la sensación que experimenta cuando se encuentra inmerso en el agua lo compensa todo: «Perdes o control da gravidade, e co chaleco consegues flotar dunha maneira que nin subes nin baixas, é como voar». Y volando piensa irse pronto a Tailandia, para sumergirse en sus aguas. Quizás allí experimente más emoción que la que siente en su día a día: «Buceo tanto que vou polo fondo e xa non me dá nada, nin medo nin graza nin nada», confiesa. Lo que le apasiona de las profundidades marinas, dice, es adentrarse en un mundo ajeno a la mano del hombre: «É outro mundo». Y tiene razón.

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