Para ellos siempre es día de Difuntos

La visita obligada a los cementerios es, para algunos vigueses, una costumbre diaria


vigo / la voz

A las seis de la tarde, Manolo Martínez entra como un clavo por el portalón del cementerio de Pereiró. Gira hacia la derecha, baja unos metros y tuerce a la izquierda para su cita diaria con Digna Lorenzo, su mujer durante más de cuatro décadas. Manolo acude al nicho donde ella descansa desde hace diez años y lamenta la mala suerte que les persiguió justo cuando tenían todo el tiempo de mundo para disfrutar el uno del otro. «Ya que no pude estar con ella en vida, estoy aquí. Vengo cada día, ya no puedo hacer otra cosa», lamenta.

«Hacía año y medio que nos habíamos jubilado y al fin podíamos estar juntos a todas horas. Yo era mecánico en fábricas de conservas, en empresas en Holanda y aquí, desde Garavilla a Alfageme, donde estaba cuando me retiré», recuerda.

La pareja se conoció en 1959 en ese ambiente. Ella también trabajaba en el sector conservero y lo hizo durante 30 años. A Manolo le da rabia pensar ahora en todas aquella horas extra que tuvo que hacer para mantener a la familia, horas robadas a su compañía. Tiene tres hijos y seis nietos. Uno de ellos vive con él, pero esa compañía no suple a la de su esposa.

Los cementerios están a rebosar de vivos durante los días previos a la festividad de Difuntos. Hay quien solo va alrededor de esa fecha, hay quien no va nunca, hay quien no puede acercarse al epicentro de su dolor o quien no siente nada. Pero los hay que le enmiendan la plana al calendario y hacen lo que les sale de dentro. Porque los hay, también, que visitan todos los días a sus seres queridos como quien queda para charlar un rato e imaginar que al otro lado alguien escucha.

La de Manolo es una de esas historias. No hay muchas, pero sí hay más. Como la de María del Mar, que también es asidua a Pereiró y también elige la tarde para pasar un largo rato delante de la sepultura de su cuñada y a su vez, mejor amiga. «Para mí es mi momento de relax. Me tranquiliza», confiesa la mujer, que cuida a su madre, impedida.

Ambos suelen ser de los últimos en abandonar la necrópolis urbana. El vigilante hace sonar la campana un cuarto de hora antes de cerrar. Y lo hace de nuevo dos veces más, cada cinco minutos antes de que los muertos se queden solos.

En la otra esquina de la ciudad, ya casi rozando Chapela, también se aprecia más movimiento en la puerta del cementerio municipal de Teis. Celeste, la florista, tiene una semana cargada de actividad y es testigo de cómo cada día, una mujer de melena rubia sube las escaleras y se queda en la primera de las dos alturas en las que se divide el camposanto. Se llama Esperanza, pero le queda poca desde que hace diez meses su marido, Álvaro Gil, se fue a los 52 años, de forma repentina, tras un fulminante infarto. Estar con él cuando sufrió el ataque y que se le escapara la vida delante de ella sin poder remediarlo fue traumático para ella.

Que además sucediera un 25 de diciembre hace que aborrezca todo lo que huela a Navidad. Le dan ganas de salir corriendo y desaparecer. Esperanza Iglesias reconoce que su estado de ánimo es nefasto y solo encuentra consuelo yendo a verle cada día.

Durante casi dos horas se planta ante la sepultura. «Le echo mucho de menos y aquí me siento bien. Para mí es un consuelo, porque ya no hay otro. Siento la necesidad de ir y sentirlo cerca, a mi manera, porque me reconforta. ya no tengo nada que hacer», cuenta.

Esta viguesa explica que «llueva, truene, haga frío o calor, voy siempre». Y confiesa que es que, además, solo sale con ese motivo. «No quiero salir de casa. Mi vida se acabó y ojalá me fuera yo también, pero no tengo valor », asegura. «Si pudiera hacerme chiquitita, me metía allí dentro con él», declara reconociendo que no logra superar el dolor y la ausencia tras 33 años de casados. Era una persona muy especial y ni voy a encontrar a nadie igual, ni quiero».

Esperanza reside relativamente cerca del cementerio de Teis. A veces se acerca en bus y otras en coche. El tiempo que está allí es el que le ayuda a seguir. O quizás no, opinan otros allegados. «Me dicen que no venga tanto, que no puede ser bueno para mí, pero no puedo evitarlo y sé que no lo estoy superando y que los meses pasan pero sigo igual. Estoy sola y me siento sola. Muchas veces fijo para no amargarlos a ellos», manifiesta.

Lo mismo le ocurre a Manuel Álvarez. Tiene 83 años y solo necesita abrir la puerta de su casa y cruzar la carretera para encontrarse cada mañana con su mujer. Y así lo hace, sin faltar ni un solo día, como corrobora la florista. No falla desde hace tres años, cuando falleció su esposa tras una serie de episodios de mala suerte tras una caída que la llevó al hospital y acabó de la peor manera posible tres meses después.

Manuel es reacio a relatar su historia. Asegura que no tiene nada de interesante. «Estoy amargado y estoy deprimido», advierte sin fingimiento. Trabajó toda su vida en astilleros. «En Alonso, que fue después Cardama», recuerda. Su rutina comienza con una visita diaria al cementerio para estar lo más cerca posible de su esposa, Evangelina.

Manuel recuerda que estaban muy unidos y eso es lo que hace que ahora el vacío sea tan grande. «¿Qué hago yo aquí, tan solo?», se pregunta. El hecho de vivir en una casa alejada del centro de la ciudad hace que ahora se sienta aún peor. «Aquí no hay nada, no hay tiendas, no hay gente, solo están las tumbas del cementerio», lamenta.

Su tristeza se incrementa cuando se acuerda de otra de las razones para sentir desasosiego. Hace 16 años que uno de sus dos hijos se marchó de la casa familiar y dejó de hablarle. «Les habilité un espacio para él y su mujer, pero ella no me tragaba y eso lo estropeó todo». Lo cuenta y se le quiebra la voz. Sobre todo cuando añade que no vive muy lejos, que lo ve a veces, de lejos, y sigue sin acercarse a romper el hielo.

Regresamos a Pereiró, donde el monumento a Concepción Arenal preside la señorial entrada. Dolores Veiga y su madre, Josefa Ríos, salen con un cubo, unos cepillos y una escoba, como hacen muy a menudo, aunque no cada día. La tumba de Enrique Veiga, padre de la primera, marido de la segunda, está reluciente.

La hija se encarga de ello, ya que Dolores, a sus 93 años, y aunque está como una rosa, no puede dedicarse ya a ciertas tarea. Pero sacar brillo a la lápida no es lo que más les importa. Acuden a la tumba porque para ambas supone un momento de paz. Es una costumbre que no pierde vigencia.

Enrique era maquinista naval en el Puerto de Vigo y más tarde fue muy conocido en el sector hostelero, ya que en 1947, él y su mujer montaron el restaurante El Timón que hoy sigue abierto en Montero Ríos y que siguen llevando los hijos de Dolores tras hacerlo ella. «A mí los cementerios no me ha dado nunca mal rollo. Ni este ni ninguno. Al contrario», confiesa mientras se aleja llevando a su madre del brazo.

«Si pudiera hacerme chiquitita, me metía allí dentro con él», asegura Esperanza

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