Pimpinela


Anoche actuó en Vigo el famoso dúo Pimpinela. Nos referimos al clásico, formado por los hermanos Joaquín y Lucía Galán. El otro, el moderno, ya lleva unos meses actuando en todos los escenarios de la ciudad. Cuando a Teresa Pedrosa y a Abel Caballero alguien les regale un karaoke, el éxito se da por descontado. Nos morimos por escuchar en directo: «Olvida la Panificadora, olvida Balaídos y pega la vuelta». Pero, aunque esta columna va de música, no tratará hoy de Pimpinela. Ni de la nueva ni de la clásica. Sino de un Premio Nobel de Literatura que, de alguna forma, señala una tradición de esta ciudad. Porque reconocer el arte de Bob Dylan es hacerlo también con la literatura de trovadores, la que desde el siglo XIII ha hecho universal a la ría de Vigo.

Premiar a Robert Allen Zimmerman es valorar el carácter literario de unas estrofas compuestas para ser cantadas. Exactamente igual que hicieron, hace siete siglos, Mendiño o Martín Códax. Nadie discute la valía literaria de aquellos, como es absurdo que hayan surgido voces para sembrar de polémica la designción de este, el autor de Blowin’ in the wind, Like a Rolling Stone o Mr Tambourine Man. A los que ayer pedían también el Nobel para Melendi, hay que decirles que siempre hay clases. Y que Bob Dylan atesora literatura en su obra para sonrojar a más de un Nobel. El hecho de que la suya sea mayoritariamente cantada, no es un demérito. Forma parte de la esencia de un arte que nació para ser recitado. A menudo musicado. Como lo fue la lírica medieval de nuestra ría. Ahora, quienes quieran discutir, siempre pueden elegir Pimpinela. La antigua o la moderna.

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