«Viajar me ha hecho más humilde»

Con 65.000 kilómetros a sus espaldas, se propone conocer Europa en cuatro años


vigo / la voz

Después de cruzar 19 países de América y con 65.000 kilómetros a sus espaldas, el argentino Matías Amaya ha cruzado el Atlántico y ya ha hecho con su bicicleta el Camino de Santiago de ida y vuelta. Este hombre de 33 años, natural de la ciudad de San Juan, lleva cuatro años y medio conociendo las más diversas culturas con su bicicleta. Matías decidió que quería dedicar años de su vida a viajar cuando su empresa farmacéutica se vino abajo de la noche a la mañana. Y no se arrepiente de ello. «Moverme de un lado a otro me ha hecho una persona mucho más humilde, compartir lo poco que tengo, he aprendido mucho de las personas que no tienen nada», asegura a su paso por Vigo.

En el continente americano ha podido subsistir viajando gracias los trabajos temporales que le iban ofreciendo a su paso. «He sido albañil, pintor, he cuidado gente y he estado en hoteles lavando platos», asegura. Se desplaza sin tarjeta de crédito y sin teléfono móvil y va narrando en su portátil la historia de sus viajes, que algún día le gustaría ver publicada. «Básicamente la plata la necesito para comer y para dormir, por lo que si alguien me lo garantizaba trabajaba gratis», afirma.

Pero en España, siendo extranjero, no es tan fácil encontrar un trabajo aunque sea temporal. Por eso, gracias al consejo de un amigo, reveló las mejores fotografías que ha realizado con su cámara de los lugares más interesantes que ha visitado, que ofrece a los viandantes a cambio de la voluntad. Vivir en la selva amazónica con los indios, contemplar un volcán en erupción en Ecuador o estar en el Caribe son algunos de los lugares que han quedado especialmente marcados en su retina. «La primera vez que fui al Caribe me pareció impresionante el color del agua y lo cálida que es», asegura. Reconoce que de lo que más ha aprendido ha sido de la propia gente. «Pese a ser de diferentes culturas, todas tienen el mismo corazón, gracias a la gente soy quien soy, más humilde y más agradecido», asegura. 

Matías tiene previsto continuar al menos durante cuatro años más viajando por Europa. Todo viajero debe marcarse un objetivo. Y sus miras están puestas ahora en los mundiales de fútbol de Rusia de 2018. Después de haber conocido todos los países del viejo continente, quiere entrar el país soviético para animar a la selección argentina. No es que sea un gran apasionado del fútbol. «Me puse ese objetivo porque a quienes nos gusta viajar tanto tenemos que tener un objetivo para continuar porque si no nos perdemos en el camino», afirma. Después de los mundiales piensa seguir su camino para recorrer Asia y conocer la India a fondo.

Errores

La llegada de Matías Amaya a España está precedida de un cúmulo de equivocaciones que ha podido ir solventando gracias a la solidaridad de las personas que se ha ido encontrando a su paso. Cuando por fin pudo llegar a Santiago se dio cuenta, al contrario de lo que pensaba, que era un punto de llegada y no de partida de la ruta jacobea. Un párroco de la ciudad compostelana le impuso el castigo de ir con su bicicleta hasta Roncesvalles y volver, «porque en su vida había encontrado a un peregrino tan despistado». Así que Matías hizo una primera ruta al revés, cruzándose con cientos de peregrinos. Al llegar a Roncesvalles se dio cuenta de la existencia de varios caminos de Santiago y regresó desde Irún bordeando la costa Cantábrica.

Su llegada a España también fue una odisea porque, tras gastarse todos sus ahorros en el billete, en el aeropuerto le hicieron ver que necesitaba un billete de vuelta. Tuvo que recurrir a su madre, que le facilitó los números de su tarjeta de crédito. Y cuando quiso cruza la aduana, también se dio cuenta de que necesitaba una carta de invitación. Al final todo salió bien gracias a una constante en su camino: la solidaridad de la gente que se encuentra.

Su objetivo, los mundiales de Rusia. Se ha fijado acudir al campeonato mundial de fútbol en 2018, «porque siempre hay que tener un objetivo para no perderse».

Vende sus fotografías. En Estados Unidos trabajaba a cambio de techo y comida. Aquí lo tiene más difícil y vende las fotos que hace.

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