Panificadora


Poner el carro delante de los bueyes o vender la piel del oso antes de cazarlo son dos regalos del refranero español que bien se podrían aplicar a este castillo en el aire en que se ha convertido la rehabilitación de la Panificadora.

Esa obra arquitectónica, realizada hace casi cien años por el arquitecto Manuel Gómez Román y el ingeniero Otto Werner, se ha convertido en un símbolo de la recuperación del patrimonio en Vigo. Y secuencialmente es agitada desde diferentes puntos de la ciudad _quiero creer que de una manera honesta_ mientras sigue consumiéndose en pleno centro de la ciudad. Hace unos años, Siniestro Total mostró, durante un concierto en Castrelos, una grabación fija a cámara rápida del edificio durante 24 horas. Julián Hernández y compañía se permitieron una licencia para hacerle un guiño al Ulises, de Joyce, pero estaba bien traído porque exactamente esa es la postura de quienes rigen esta ciudad respecto a La Panificadora: un dejar seguir el tiempo mientras hablamos de ella.

Ahora, desde el Concello se sacan un concurso de ideas para reutilizar el edificio, mientras que nadie ha dicho que esté dispuesto a comprarlo. La Panificadora es un problema de dinero. De comprar a sus dueños la propiedad. Solo esta condición puede abrir espacios a la reflexión sobre qué queremos hacer en aquel lugar. Sin esa condición, que alguien debe considerar nimia, ya pueden exprimirse las mejores mentes del entorno que no pasará del proyecto imaginado. Dinero. Y que yo sepa, hasta ahora nadie ha dicho de cuánto dinero estamos hablando. Así que ya pueden pensar en el qué que sin el cómo no habrá nada que hacer.

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