Vigo, capital del Miño Bajo

La primera capitalidad de Vigo, con el rey José Bonaparte quedó inconclusa por la derrota francesa


La ley de área metropolitana, que seguimos esperando, parece que podría dar a Vigo cierta consideración capitalina, para que pueda asumir algunos servicios propios de una cabecera provincial o autonómica, como la deL 2002 que confirió a Compostela el estatuto de capitalidad. Es una decisión esperada. No por el título, que a nadie interesa. Sino porque acercará la administración al ciudadano. Y esto, en la mayor ciudad de Galicia, es indispensable.

No es lógico que los vigueses tengan que seguir desplazándose para algunos trámites cotidianos. Lo de la palabra, el grado, el título o la nomenclatura... todo ello es lo de menos. La ciudad más importante del mundo, Nueva York, no es capital de nada. Aunque nadie en su sano juicio obligaría a los neoyorquinos a desplazarse a Albany, la cabecera del estado, para resolver ningún papeleo. Aunque allí esté nominalmente, por ejemplo, la sede de la Corte federal.

Así que lo de capital es como lo de ciudad. Vigo no recibió este último título hasta 1810, en reconocimiento a su heroísmo en la Reconquista frente a los ocupantes napoleónicos. Pero esta distinción tampoco es tan importante. Pontevedra, por ejemplo, tardó 25 años más en ser ciudad, concedida en 1835. Y Madrid sigue siendo una villa, sin que nadie le discuta su posición central en el Estado.

Que te nombren ciudad o capital es una cosa bastante medieval. Un poco de carta otorgada. Con un tinte rancio y carpetovetónico. Y ser capital de provincia ya es definitivamente provinciano. Así que lo importante son los servicios para los ciudadanos, los derechos que puedan ejercer y la eficacia de la administración sobre el territorio.

Lo de menos es que una ley te proclame antemural del chichinabo. Para Vigo, además, la consideración de capitalidad no es nueva. Suele señalarse que la ciudad fue cabecera de provincia en dos ocasiones. La primera, en 1822, durante el Trienio Liberal, cuando desaparece la división del Antiguo Reino de Galicia y se divide el país en cuatro circunscripciones: A Coruña, Lugo, Ourense y Vigo. La segunda, durante unos meses de 1840, cuando se devuelve a la ciudad olívica su capitalidad e incluso se publica de nuevo el Boletín Oficial de la Provincia de Vigo. Sin embargo, solemos olvidar una capitalidad anterior, en la que Vigo se convirtió en cabecera de la provincia de Miño Bajo. Fue el rey José Bonaparte, el hermano de Napoleón, quien hizo a Vigo capital. Utilizó para ello el proyecto de los ingenieros José María Lanz y Juan Antonio Llorente, que emularon la división territorial francesa.

Así, se crearían 38 prefecturas en España, cada una de ellas con su audiencia y universidad. El objetivo era superar la obsoleta organización administrativa del Antiguo Régimen. Y, además, favorecer un estado centralista, al estilo de Francia. En el propio proyecto, que las Cortes estudiaron en diciembre de 1809, se citaba como objetivo «evitar la rivalidad que se ha observado entre los habitantes de las diversas provincias de España, efecto necesario de su antigua independencia, de sus guerras y de sus privilegios posteriores, sería conveniente que por una ley constitucional se dividiese la España en pequeñas provincias... Entonces desaparecerían los nombres de vizcaínos, navarros, gallegos, castellanos, etc.».

Además de ser centralizadora, la división departamental de España imitaba el modelo francés en los nombres de las prefecturas, que se denominarían por los nombres de los accidentes geográficos más notables en cada zona. Se intentaba con ello borrar cual vestigio de identidad nacional.

En abril de 1810, el rey José I aprueba el decreto. Y Galicia queda dividida en cuatro prefecturas: La de Tambre, con capital en A Coruña; la de Miño Alto, con cabecera en Lugo; la de Sil, liderada por Ourense; y la de Miño Bajo, con capital en Vigo. Miño Bajo ocupaba prácticamente el mismo territorio que la actual provincia de Pontevedra y tenía dos subprefecturas, localizadas en Tui y Pontevedra.

Sin embargo, las cuatro nuevas provincias gallegas -Tambre, Miño Alto, Sil y Miño Bajo- nunca fueron constituidas, pues los franceses ya no dominaban el país, tras la derrota del mariscal Ney en la batalla de Pontesampaio, en junio de 1809. La provincia de Miño Bajo, con capital en Vigo, y subprefecturas en Tui y Pontevedra, fue así la primera ocasión en la que la ciudad olívica lideró su propia área administrativa. Más tarde, con el Trienio Liberal, vendría la propia provincia de Vigo. Que resucitaría brevemente en 1840.

Así que hoy, casi dos siglos más tarde, nos van a dar una capitalidad -insistamos en el término- de chichinabo. Pero lo importante es que sirva para dar mejores servicios a los ciudadanos. Si esto se cumple, para nada importan las distinciones, honores, títulos y demás parafernalia. Seguimos esperando...

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