«Mi padre llegó a los 107 años porque tenía un hígado a prueba de bomba»

Manuel Docampo recuerda la historia de su progenitor Antonio. Asegura que pese a todo el vino que bebía, no se emborrachaba y siempre estaba en pie a primera hora para trabajar


Vigo / La Voz

Manuel Docampo recuerda con cariño a su padre, Antonio, el hombre que el pasado mes de enero falleció a los 107 años, después de haber bebido vino la mayor parte de su vida. Su caso dio la vuelta al mundo después de que La Voz se hiciera eco de la prodigiosa salud de este labrego de Ribadavia que pasó en Vigo los últimos años de su vida.

-¿Cómo es posible que su padre viviera tantos años bebiendo solo vino?

-Tenía un hígado a prueba de bomba. Tranquilamente se chimpaba litro y medio en cada comida. En la vendimia traíamos gente a comer a casa y la tuna ensayaba en la bodega. Cuando mi padre se mandaba una jarra entera de penalti, quedaban todos asustados. Tomaba el vino que él hacía, auténtico, casero, sin conservantes ni colorantes, ni las sustancias químicas que echan ahora. Antes se abría una cuba de vino en la aldea y había un aroma fantástico. Ahora con tanta limpieza no cheiran las cosas.

-¿Pero no se emborrachaba nunca?

-Tocado venía alguna noche; pero alegre, borracho no. Aquellos vinos tenían poca graduación alcohólica. El que se hacía en mi casa andaba sobre los nueve grados. Beber un trago de aquello no era lo mismo que tomarse un Ribera del Duero o un Rioja.

-Pero algún otro líquido debería de consumir.

-Siendo un anciano se mandaba a la mañana medio litro de leche y otro medio litro de agua. La leche sola no le sentaba bien al estómago y el agua le venía muy bien. Y lo que le encantaba también era tomarse chupitos de aguardiente durante el desayuno.

-¿Cómo aguantaba la resaca?

-No le afectaba. Siempre madrugaba. Se levantaba temprano para ir al campo trabajar duro. Tenía mucho aguante, sabía la forma de mover grandes cubas, de mucho peso, esas de roble, que no flotan en el agua. Las manejaba con muy poco esfuerzo. El ejercicio físico que hacía era impresionante. Al día andaba a lo mejor 15 kilómetros para llevar estiércol con el que abonar las fincas. No tuvo la suerte de ser ciclista, sino ganaba todos los Tour de Francia por la capacidad pulmonar que tenía. Lo malo es si no haces ejercicio, que es lo que le pasa ahora a los chavales. Él hasta que murió anduvo siempre. En sus últimos años para adelante y para atrás en casa. Todo lo que comía y bebía lo quemaba.

-Pero, bebiendo tanto vino, su salud nunca se resintió?

-No porque además durante aquellos tiempos en la aldea se comían muchas cosas sanas y también se pasaba mucha hambre. No hay mejor medicina que el hambre. Siempre tuvo un buen apetito y cuando cumplió los cien años decía que volvía a poner el cuentakilómetros a cero. Con 103 años se encontraba estupendamente, pero su salud comenzó a flaquear después de sufrir varias neumonías.

-¿Qué opinaban los médicos que atendieron a su padre?

-A la aldea el médico llegaba todas las semanas y siempre le recetaba algo porque sino no cobraba. Incluso un oculista le recetó medicinas para la tensión ocular, que luego descubrimos que no tenía. Al llegar a Vigo, le hicieron una analítica y vieron que estaba en perfecto estado de salud. Entonces el médico le dijo a mi padre: «Antonio, que buen tinto se hace en Ribadavia, tiene usted una salud de hierro». Pero hubo que darle aspirinas porque si le quitábamos toda la medicación pensaría que le íbamos a matar.

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