El poder mortífero de los tejos está en la Alameda

Un árbol que crece en varias zonas del centro resulta muy venenoso

Amigos da Terra
Vigo

Justamente hace un año advertíamos que si solamente tuviéramos que conocer una seta, que al menos fuera la Amanita phalloides. Lamentablemente una persona fallecida y cinco ingresadas en solo una semana por su consumo en la zona de Vigo reafirman la idea. Pero como al menos estos días, y ya nos gustaría que fuera con mejor excusa, se habla mucho de las amanitas, que cunda el ejemplo y nuestro protagonista de hoy es un viejo y buen amigo, en este caso un árbol, que alguna relación tiene con lo dicho. El amigo se llama Teixo, tejo o si lo prefieren Taxus baccata. Visto de lejos parece un abeto, pero su aspecto es muy semejante hasta que en detalle comprobamos que sus hojas, pero sobre todo sus frutos que nada tienen que ver con las piñas, lo diferencian mucho de las coníferas. Nuestro amigo arborícola tiene una característica peculiar que es la que viene al caso: es muy venenoso, pero totalmente. Sus hojas son venenosas, su corteza también, sus raíces, su savia, vaya? todo es mortífero. Su única parte comestible es el arillo carnoso que recubre sus semillas, que también son tóxicas, por supuesto, pero aunque ese atractivo fruto, que desarrollan justo estos días de mediados de otoño y que destaca con su color rojo intenso sobre el fondo verde de sus hojas, resulte delicioso tampoco retengan esta información. Producir este veneno, como el de cualquier planta, no es por fastidiar, sino un eficaz mecanismo de defensa para evitar que nadie se lo coma, y hay que reconocer que a los teixos les funciona muy bien, porque a diferencia de otros tóxicos que afectan a unas especies pero son inocuas para otras, en el caso de nuestros amigos su toxicidad es generalizada y con alguna excepción,  matan a todo el que se le ocurra echarle el diente. La cosa viene de lejos y ya en el asedio romano a Numacia, cuando los defensores numantinos vieron que la cosa pintaba fatal frente al invasor, decidieron suicidarse colectivamente tomándose una infusión de teixo. Como comprenderán no tenemos datos fiables sobre si su sabor es bueno o malo y desaconsejamos vivamente que nadie haga el experimento. En cualquier caso la cosa les funciona bien, y compensan con este mecanismo de defensa su difícil tasa reproductiva. Sus semillas precisan una víctima propiciatoria para germinar, generalmente un pájaro, que se coma sus frutos y en sus jugos gástricos fertilice las semillas antes de que las mismas se lleven por delante a quien las ingiere. La idea es que a falta de ser eficientes en traer nuevos teixitos al mundo, por lo menos que los existentes duren mucho, y por eso, veneno mediante, no resulta extraño que vivan mil años. Etimológicamente les sonará la raíz común de teixos y teixugos, porque precisamente entre las raíces de los teixos les gusta especialmente a los tejones hacer sus intrincadas madrigueras, y justamente de madera de teixo cuentan que era el arco con el que Robin Hood organizó su célula comunista en el bosque de Sherwood, tanto es así que, por si acaso cundía el ejemplo, en el terruño medieval británico solamente la nobleza podía tener teixos plantados. La cosa viene a cuento porque los tenemos en el vecindario, aunque nuestros dignos teixos vigueses son apenas unos bebés que apenas superan los setenta años. Son poco más de media docena que tenemos en Castrelos, en la avenida Atlántida, en el jardín del colegio Apostol Santiago, en Pi y Margall, y el camino Atalaia. Pero los más accesibles, que coinciden con ser los más pequeñines, están en la Alameda.

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