Réquiem por Policarpo Sanz

Vigo se preparó durante semanas para recibir los restos del donante de una gran fortuna


vigo / la voz

«El excelentísimo Ayuntamiento determinó recibir aquellos restos al costado del vapor que los transporte, acompañarlos hasta el cementerio y hacerles después los funerales correspondientes», dice el acuerdo municipal adoptado el 8 de julio de 1891. Aludía a los restos mortales de José Policarpo Sanz Soto, un marinense de nacimiento y vigués de adopción que, tras vivir en América, donó una gran fortuna a la ciudad de Vigo.

Había fallecido en París el 9 de septiembre de 1889 y se había embalsamado su cadáver a la espera de cumplir sus deseo de ser enterrado en el cementerio de Picacho, en Vigo. Su viuda, Irene Ceballos Sánchez, inició desde el balneario francés de Néris-les Bains los contactos con el Ayuntamiento de Vigo para organizar aquel magno entierro.

Una comisión comenzó entonces a preparar el recibimiento, que sería por todo lo alto. El 12 de agosto, la corporación, presidida por Joaquín Yáñez Rodríguez, aprobaba los gastos de las honras fúnebres, que ascendían a dos mil trescientas cincuenta y cinco pesetas con cinco céntimos.

La implicación de la ciudad fue absoluta, no en vano, el dinero legado por Policarpo Sanz permitiría construir un instituto de primera enseñanza y un hospital, además de recibir Vigo una gran colección de arte.

A primeras horas de la mañana del 1 de septiembre de 1891, el patrón del pesquero Ángeles se ponía al costado del vapor Medoc. Los marineros vigueses recogían el ataúd donde llegaban a Vigo los restos mortales de José Policarpo Sanz. Al mismo tiempo doblaban a muerto las campanas de las iglesias de la ciudad.

La primera etapa de su regreso tuvo su meta en la colegiata donde a las diez de la mañana tendría lugar una misa. La compañía de zarzuela dirigida por Pablo López se ofreció para interpretar la misa de réquiem del maestro Hilarión Eslava. No tuvieron mucho tiempo para ensayarla, pero fue del agrado de la concurrencia y el Concello les compensó su actuación con quinientas pesetas.

Fue de la iglesia de Santa María esperaba un lujosa carroza funeraria construida por Bonifacio Rodríguez. Este artesano cobró mil ciento cincuenta pesetas por este trabajo y la confección del catafalco y adorno de la capilla ardiente. Esta se situó en el ex convento de las monjas, situado en donde hoy se abre la calle Inés Pérez de Ceta.

Sombrío y triste

El recorrido hasta la capilla ardiente estuvo presidido por el luto más riguroso. Los establecimientos y talleres de la ciudad habían cerrado, y los balcones mostraban colgaduras de grandes lazos negros de seda y gasa. «Sombrío, triste y melancólico», definía la prensa la imagen de la ciudad aquel día de verano.

Ya a las cinco de la tarde se preparó la comitiva para realizar el último recorrido por las calles céntricas de Vigo. Los niños de las escuelas públicas y los asilados en los establecimientos benéficos de la ciudad abrían la comitiva. La carroza fúnebre iba tirada por cuatro caballos empenechados y seguida por los gremios, la Cámara de Comercio, las sociedad recreativas y de negocios, el clero, la corporación y un largo etcétera, mostrándose presente toda la sociedad.

El cortejo pasó por la calle que desde hacía poco llevaba el nombre del ilustre vigués. Se podía ver la placa de mármol y las letras de bronce elaboradas en La Industriosa. La empresa de Antonio Sanjurjo Badía cobró 77,75 pesetas por «veinte letras de bronce, espugos, tuercas, clavos y emplomaduras en la lápida comprendida». José Carro fue el encargado de colocar aquella lápida en la calle, que anteriormente se llamaba de Circunvalación. En la esquina del Picacho, los gremios y representantes de las sociedades viguesas siguieron camino por la carretera de Baiona ya que la bajada al cementerio impedía la marcha de toda la comitiva. A las puertas del camposanto, el féretro fue portado a hombros hasta la sepultura. Los restos mortales del filántropo permanecieron en el antiguo cementerio del Picacho hasta finales del siglo, en que fueron trasladados al actual camposanto ubicado en Pereiró.

Durante aquella despedida, el Concello de Vigo pagó 180 pesetas a Ramón Gil por las sesenta libras de cera gastadas; 250 pesetas, a Adolfo Otero Rodríguez por el alquiler de 753 varas de paño negro; 25,50 pesetas «a las señoras viudas de Perea y Coma» por la cinta y letras para la corona ofrecida por el municipio. Los sacerdotes de Santiago de Vigo y Santa María recibieron 95 pesetas por las misas.

«Quedo profundamente agradecida a ese Ylustre Ayuntamiento, albaceas y a todo el pueblo de Vigo», decía el telegrama que envió tres días más tarde Irene Ceballos, la viuda de Policarpo Sanz, que seguía en el balneario de Néris-les-Bains. Era la contestación al que había remitido el gobierno vigués «participándola las grandiosas manifestaciones con que fueron recibidos los restos mortales de su finado esposo».

En la sesión ordinaria del 9 de septiembre de 1891, la corporación acordaba «tributar el homenaje más distinguido de su gratitud no solo a la comisión organizadora de la recepción que obtuvo el cadáver del inolvidable filántropo señor don José Policarpo Sanz sino también a cuantos contribuyeron con sus desinteresadas gestiones al inusitado brillo que ha ofrecido la grandiosa muestra de verdadero duelo que manifestaron todas las clases de la población.

Irene Ceballos sobrevivió a Policarpo Sanz cuarenta y seis años como «única y universal heredera», pero a su fallecimiento debería cumplirse el testamento. El nombre del instituto Santa Irene fue una de las mandas testamentarias de Policarpo Sanz.

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