Telma Paz (100 años):
«A vida é moi bonita, pero moi castigada»


Telma recuerda, como si fuera ayer, los momentos más tensos y amargos de la guerra civil. «Estabamos na festa da parroquia, Cabreira, cando vimos chegar un escuadrón da Guarda Civil. Escapamos todos para as casas. Despois eses tres anos dedicámolos a loitar coa guerra, pasando miseria e traballando o dobre», comienza su historia. «O meu marido Ángel Vaqueiro marchou á guerra e, mentras, eu tiven que me dedicar ó contrabando. Levaba un fardo de telas, café, azucre e xabón a pé, dende aquí ata Vigo. Tiñamos que recorrer moitos quilómetros». Dos noches a la semana dejaba a sus cuatro hijos con su madre mientras ella caminaba hasta la ciudad en busca de clientes que le comprasen la mercancía. En una de esas tantas travesías «metinme por un camiño e caín dun valado abaixo. Rompín as costelas. Foi o que gañei aquela noite», ri con sorna. «Quedei a durmir nunha casa duns coñecidos en Budiño e despois, pola mañán, xa me levaron no carro ata a miña casa. Vendáronme unha perna e sen ir ao médico sanei despois dun mes», explica anécdota tras anécdota. Y continúa así recordando un momento crucial en O Porriño, en el que casi la detienen. «Dei a volta rápido e non me colleron. Metínme na casa dunha muller, pero ó saír o carabineiro recoñeceume e paroume. Levaba naquel momento unha tela chea de café e azucre», rememora la centenaria. El guardia la chantajeó para que descubriera a los demás compañeros que se habían escapado. Sin embargo, Telma, que es sumamente inteligente, le dio la vuelta a la tortilla. La fama de facilonas de las contrabandistas no contribuyó a que el incidente se resolviese con celeridad. Sin embargo, ella le explicó que se estaba ganado la vida como podía al faltar su marido en casa. «Non teño quen gañe, quen traballe, por iso estou metida nisto. Pero se ti cres que meténdome puta vou gañar o pan máis honradamente, métome», le espetó al carabinero. Haciéndole avergonzarse por haber pensado mal de ella, consiguió así que la dejara marchar. El guardia se despidió con un «¡Vaya con Dios!», lo que provocó, tanto en aquel entonces como hoy en día, que estuviese un buen rato riéndose de lo sucedido.

«Hai que atreverse», sentencia con una sonrisa que le llega de oreja a oreja. Su vida ha estado ligada al trabajo ya que la abundancia brillaba por su ausencia. «Non había traballo nin cartos. Pasamos moitos días sen pan», sentencia.

Para más desgracia, uno de los hijos de Telma enfermó durante un largo período de tiempo. Eso provocó que se vieran obligados a pagar por el tratamiento médico una elevada suma de dinero, alrededor de 3.000 pesetas de las de entonces. En esta tesitura, afirma, que le han quedado muchas cosas en el tintero como hacerse una casa más grande.

Ahora vive en la residencia de Salceda de Caselas Castrolar, que cuenta con otras dos centenarias.

«Espero que no vuelvan otra vez aquellos tiempos de tanta misera»

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Telma Paz (100 años):
«A vida é moi bonita, pero moi castigada»