Un 75 % menos de masa forestal

Al talar árboles suben la temperatura, el ruido y la contaminación a la ría


Una periodista, y sin embargo muy querida amiga, contemplaba desde su ventana la humanización de su calle y me envió esta semana una foto con un comentario de los que ponen los pelos como escarpias, o deberían: un árbol menos en Vigo, decía. Quizás eso sea lo peor, la sensación de normalidad con la que llevamos ocho años viendo cómo caen uno tras otro, por centenares, quizás miles, nuestros árboles urbanos.

Sabemos, porque los servicios informativos de la alcaldía ofrecen reiteradamente el dato, aunque no se le pregunte ni venga a cuento, los árboles que, dicen, se plantaron en Vigo desde que comenzó el paroxismo humanizador, pero como sin duda un catedrático de economía sabe mejor que nadie, los balances resultan engañosos si solo se contabilizan los ingresos y no las pérdidas. Y ahí, en intentar saber cuántos árboles hemos perdido, no hemos tenido suerte. Ni los ecologistas, ni las entidades vecinales, ni siquiera el Valedor do Cidadán conseguimos, y no fue por falta de perseverancia, obtener respuesta. Deducimos que era una mala pregunta y ya sabemos que solo se responden las buenas preguntas. Es un dato crucial, imprescindible para hacer un balance honesto; pero a falta de ese dato podemos hacer una estimación razonable de las consecuencias de este arboricidio, ahora que estamos en tiempos de balances.

Se podría pensar que cortar un árbol y plantar otro equivale a seguir igual. Pensemos si por ejemplo nos cambiasen un billete de cincuenta euros por uno de cinco; en el fondo no hay diferencia: seguimos teniendo un billete. Pero reconocerán que hay una sensible diferencia. Cambiar árboles por arbolitos se traduce en que hemos sufrido una pérdida neta de un 75 % de nuestra masa forestal urbana, y a partir de aquí, como las fichas del dominó, van cayendo el resto de piezas.

Esa pérdida neta de masa forestal ya se traduce en un incremento de al menos un 10 % de nuestras emisiones de CO2 y gases de invernadero a la atmósfera. Este efecto sobre el cambio climático incide paralelamente en las temperaturas cotidianas, cada vez más extremas. Las calles humanizadas son un poco más frías en invierno y un poco más calurosas en verano aunque solo sea un grado más o menos, lo que incide en los edificios colindantes y se traduce en más calefacción y refrigeración, respectivamente. Podemos añadir el consiguiente incremento del consumo energético a la cuenta de emisiones de CO2.

Pero estas advertencias sobre el cambio climático no se escuchan, quizás por exceso de ruido, que, por cierto, también aumenta en las calles humanizadas, con mediciones que apuntan a incrementos de entre un 5 y un 10 %, porque los árboles mitigan el ruido y su ausencia lo aumenta.

También hemos incrementado la contaminación de la ría. Tenemos la ingenua percepción de considerar como limpia el agua de lluvia, y más o menos casi lo es, pero deja de estarlo en cuanto toca el suelo de la ciudad y arrastra, entre otras cosas, unas decenas de kilos por hora de hidrocarburos a la ría sin tratamiento alguno. Precisamente la vegetación las raíces absorben en parte muchos contaminantes, pues de echo son los riñones del planeta, y cuantas más raíces mejor, especialmente, por ejemplo, esos chopos que, el alcalde díxit, «no valen para nada».

A veces no vemos estos efectos, y deberíamos, porque cada vez tenemos más luz ya que curiosamente la pérdida de masa forestal incrementa la contaminación lumínica de Vigo que nos impide ver las estrellas y que incluso llega hasta las Cíes. No se trata solo de un asunto estético. Ese exceso de luz nocturna afecta nuestros ciclos vitales.

Y finalmente no olvidemos a nuestros conciudadanos alados. Un árbol es un discreto y necesario hogar y refugio para las aves, pero un arbolito es poco recomendable por su exposición a depredadores humanos y de los otros. Es imposible saber cuántas aves urbanas han sido desahuciadas desde que comenzaron las humanizaciones, pero no sería exagerado aventurar que al menos un 15 % de las calles ya sufren una primavera silenciosa en época de cría.

Todos los indicadores apuntan a una posible paradoja: las humanizaciones, en el fondo, reducen nuestra calidad de vida.

Se han sustituido árboles por arbolitos y eso tiene múltiples consecuencias

Las calles humanizadas son más frías en invierno y más calientes en verano

Chus Lago: «Cortar árboles debe ser un sacrilegio»

Ante todo deberíamos pensar que vivimos porque hay árboles, y no seguir contemplando impasibles su tala. Los colectivos ecologistas hacemos lo que podemos, pero estamos desbordados y lo fundamental es romper la indiferencia ciudadana y el fatalismo ante esta plaga forestal que implican las humanizaciones. A continuación tampoco estaría mal algo tan simple como cumplir las leyes. Las ordenanzas municipales de medio ambiente son claras: los árboles urbanos se deben conservar y solamente en casos extremos pueden cortarse, justificadamente y solo cuando sea imposible su traslado con garantías. La competencia en arbolado urbano es municipal, y dudamos que el Concello se autodenuncie por incumplir sus normas, pero argumentar esa justificación enlaza con otra ley, la de acceso a la información ambiental, que deducimos no está en el grupo de las leyes que «están para cumplirse».

Finalmente, recordamos un frase, quizás algo exagerada, pero que en el fondo suscribimos: «Los árboles deberían considerarse sagrados, y cortarlos debería considerarse un sacrilegio». Intenten contener el ataque de risa si les decimos que la autora de la misma es Chus Lago. Por supuesto la dijo antes de ser concejala de medio ambiente.

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