Solo los nazis son nazis


A los políticos se les da muy bien vaciar las palabras de sentido. A un político le das una palabra cualquiera, qué sé yo, transparencia, y el portavoz, el ministro, el asesor en cuarto grado agarra la palabra, la pone sobre sus rodillas y le da unos azotes en el culo hasta que la palabra, exhausta, ya no puede más y escupe su significado sobre la moqueta. Y, zas, transparencia queda hueca. Ya no significa nada.

Lo acabamos de comprobar, sin ir más lejos, en Vigo, donde la concejala Carmela Silva, ni corta ni perezosa, lanzó un tuit al ciberespacio acusando de «nazis» a los manifestantes contra la plantación del barco Bernardo Alfageme en la ahora mundialmente famosa rotonda de Coia: «Nazis [sic] son los antialfageme [sic] que quieren imponer sus opiniones a la mayoría y ejercen la violencia para lograrlo».

El problema de ciertos políticos es que tienen un grave déficit no de atención, como los cativos revoltosos, sino de lecturas y relecturas (de expresión oral, Floriano, hablaremos otra semana). Nuestros dirigentes se han acostumbrado a ver la realidad no a través del culo de una pinta de cerveza negra, como proponía James Joyce, sino a través de encuestas y dosieres de prensa debidamente aliñados en las mazmorras del partido y, en la misma línea de inteligencias múltiples, responden a los acontecimientos de esa realidad con un argumentario prefabricado en los altos hornos del secretario de organización.

Porque, de haber leído un par de libros, estos políticos que tiran por elevación y confunden el tocino con la velocidad, el trasero con las témporas, e incluso a los vecinos de Coia con las juventudes hitlerianas, no emplearían palabras tan gruesas para arremeter contra sus críticos.

Porque nazis, lo que se dice nazis, única y exclusivamente fueron los nazis. Nadie jamás, ni antes ni después, se aproximó ni siquiera a ese mal absoluto que ellos practicaron con implacable perfección y empeño. Por eso, para salvar a Europa en particular y al mundo en general, a los nazis hubo que frenarlos a cañonazos. Pero las moscas, por muy cojoneras que a uno le parezcan, se mantienen a raya con espray, no con la artillería pesada.

Si dejamos que se malgaste la palabra nazi disparándola contra todo lo que se mueve, acabaremos pensando que los sujetos que planificaron el Holocausto no eran en realidad unos sanguinarios exterminadores, sino unos señores algo protestones que se plantaban con su pancarta en una glorieta o que berraban en los plenos municipales. Y tampoco es eso.

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