Historia secreta de los habitantes de la ría

Los antiguos arousanos preferían las laderas medias de Trabanca a la primera línea de playa y marcaban sus grandes sendas con túmulos. Sus restos permanecen ignorados bajo tierra


Vilagarcía / La Voz

No es probable que, cuando hace un par de veranos una multitud se agolpó en lo alto de A Tomada, en Carril, para asistir a la actuación en riguroso directo de las orquestas Olympus y Panorama, alguien se tomase la molestia de reflexionar sobre las excelentes vistas que el lugar ofrece sobre la ría de Arousa. Bajo los pies de la marabunta, enterrados, pueden rastrearse los restos de un asentamiento datado en la prehistoria reciente, un amplio período que se extiende desde el V al II milenio antes de Cristo, justo antes de que los habitantes del Noroeste peninsular decidiesen refugiarse en el interior de amurallados castros de piedra. Sus cabañas eran de madera y no han dejado vestigios monumentales, pero aquellas gentes nos han legado un rico patrimonio de petroglifos y túmulos. A tratar de interpretar aquella antigua sociedad consagra sus esfuerzos Félix González Insua, profesor e investigador de la Universidade de Vigo. Dedicar una mañana de domingo a recorrer con él lugares en apariencia tan anodinos como la perrera municipal y el punto limpio de Vilagarcía, la depuradora de Trabanca-Badiña o el polígono de O Pousadoiro supone una verdadera revelación. A nuestros pies, en cualquier esquina, permanece soterrada la historia de los habitantes de la ría, un patrimonio mal divulgado, en ocasiones destruido y, sobre todo, desaprovechado.

Las cúpulas de piedra

En la dorsal que conforman las elevaciones de Lobeira y Xiabre se alineaban al menos once mámoas. Cuatro fueron destruidas en 1997 por una cantera de áridos hoy inactiva, a pesar de que habían sido catalogadas seis años antes. A un paso de la carretera de O Pousadoiro, en una pequeña elevación entre pinos, la topografía desvela la existencia de un túmulo superviviente. «Se cree que indicaban un camino, una zona natural de paso; cada una de ellas contaba con una coraza pétrea, conformada por piezas de de diferentes tamaños; desde cada una de ellas podía verse la siguiente, así se señalaba esa senda», explica Félix.

Al margen de su condición funeraria, como lugar de enterramiento, las mámoas estaban diseñadas, pues, para ser vistas. Todo lo contrario de lo que sucede hoy. «Es una pena, porque muchas veces bastaría con una roza ligera del monte para poder apreciarlas; el desconocimiento pone en peligro el patrimonio», argumenta el historiador.

El castro más elevado

Pertenece a una etapa posterior, pero sobre el polígono industrial de O Pousadoiro se eleva una colina cuyo aspecto delata un origen artificial. Es el castro de A Xaiba o de Castroagudín, que domina un enclave estratégico, a caballo de la ría de Arousa y el valle de Caldas de Reis. Estamos ya en el I milenio antes de Cristo. «Al principio primaba la función defensiva, de ahí que se habitasen lugares que ofrecían amplias vistas». Esto sucedía también con los poblados de madera del período anterior. Hace cuatro o cinco mil años, los arousanos preferían las laderas de Trabanca-Sardiñeira (su empinada calle central se levanta, por cierto, sobre otro castro), Berdón o Lobeira. Nada de la primera línea de playa. La única excepción sería el asentamiento de Sete Pías -no confundir con el castro, este núcleo, anterior, ha sido sepultado para siempre por el polígono- enorme y privado de vistas estratégicas. Con el tiempo, la proximidad a las tierras de cultivo y pastoreo más fértiles se impuso al criterio defensivo y la vigilancia constante del territorio. Los arousanos bajaron a los valles. Antes, entre Lobeira y Xiabre habrían existido una quicena de aquellas aldeas de madera.

Con dolmen o sin dolmen

Si el viejo castro de A Xaiba es todavía reconocible, algo parecido sucede con la siguiente elevación, en dirección a Fontefría. Bajo ella existe una mámoa en cuya parte central se aprecia una depresión. «Es lo que se conoce como cono de violación, resultado de la autorización generalizada que se concedió en el siglo XVII para saquear todas las mámoas a fin de comprobar si las leyendas eran ciertas y en ellas había oro; pocas de las 10.000 que se calculan en Galicia quedaron íntegras». Algunos de los túmulos poseían un dolmen en su interior, otros no. En Pinar do Rei, exactamente tras el poste que señala el inicio de la ruta de senderismo hacia Bamio, una losa poderosa que se interna en la tierra parece indicar que allí abajo sí hay uno. Difícil encontrar un recurso más accesible y peor aprovechado. Qué costarían un par de paneles.

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